Mitología Clásica

Mª del Henar Velasco López
con la colaboración técnica de Francisco Cortés Gabaudan
Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo
El objetivo de esta página es proporcionar a los alumnos de las asignaturas de Mitología Clásica y Mitología Clásica II, impartidas dentro del Plan de Estudios de Filología Clásica, material de estudio que les sirva de aprovechamiento en las clases y en la preparación de los temas.
No hay mejor modo de aproximarse a los mitos griegos que leerlos en sus fuentes originarias e intentar situar éstas en el contexto que las vio nacer, merced a los testimonios arqueológicos e iconográficos que hasta nosotros han llegado. Conscientes, no obstante, de la dificultad que muchos alumnos tienen para leer directamente los textos griegos y latinos, hemos optado por ofrecerles tales "viandas" en lengua castellana y acompañarlas de aquellas imágenes que se inspiraron en dichos relatos, desde la Antigüedad hasta nuestros días.
Bienvenidos sean cualesquiera otros comensales que gusten de sentarse a esta mesa y disculpen la demora en servir determinados manjares.
Sección de trabajos de alumnos
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Hesíodo, Teogonía 116 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo. [En el fondo de la tierra de anchos caminos existió el tenebroso Tártaro.] Por último, Eros, el más hermosos entre los dioses inmortales, que afloja los miembros y cautiva de todos los dioses y todos los hombres el corazón y la sensata voluntad en sus pechos.
Del Caos surgieron Érebo y la negra Noche. De la Noche a su vez nacieron el Éter y el Día, a los que alumbró preñada en contacto amoroso con Érebo.
Gea alumbró primero al estrellado Urano con sus mismas proporciones, para que la contuviera por todas partes y poder ser así sede siempre segura para los felices dioses. También dio a luz a las grandes Montañas, deliciosa morada de diosas, las Ninfas que habitan en los boscosos montes. Ella igualmente parió al estéril piélago de agitadas olas, el Ponto, sin mediar el grato comercio.
Gea alzándose de la "tierra", ca. 410 a.C. Antikenmuseen, Berlin
Descendencia de Gea y Urano: Titanes, Cíclopes, Hecatonquiros o Centímanos
Océano y Tethys, mosaico imperial, Gaziantep, Turkía
Hesíodo, Teogonía
133 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
Luego, acostada con Urano, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe de áurea corona y a la amable Tetis. Después de ellos nació el más joven, Cronos de mente retorcida, el más terrible de los hijos y se llenó de un intenso odio hacia su padre.
O. Redon, The Cyclops, ca. 1914

Dio a luz además a los Cíclopes de soberbio espíritu, a Brontes, a Estéropes y al violento Arges, que regalaron a Zeus el trueno y le fabricaron el rayo. Éstos en lo demás eran semejantes a los dioses, [pero en medio de su frente había un solo ojo]. Cíclopes era su nombre por eponimia, ya que, efectivamente, un solo ojo completamente redondo se hallaba en su frente. El vigor, la fuerza y los recursos presidían sus actos.
También
de Gea y Urano nacieron otros tres hijos enormes y violentos cuyo nombre no debe
pronunciarse: Coto, Briareo y Giges, monstruosos engendros. Cien brazos informes
salían agitadamente de sus hombros y a cada uno le nacían cincuenta cabezas de
los hombros, sobre robustos miembros. Una fuerza terriblemente poderosa se
albergaba en su enorme cuerpo.
Aproximación a los Hecatonquiros, K. Joon
Pues bien, cuantos nacieron de Gea y Urano, los hijos más terribles, estaban irritados con su padre desde siempre. Y cada vez que alguno de ellos estaba a punto de nacer, Urano los retenía a todos ocultos en el seno de Gea sin dejarles salir a la luz y se gozaba cínicamente con su malvada acción.
La monstruosa Gea, a punto de reventar, se quejaba en su interior y urdió una cruel artimaña. Produciendo al punto un tipo de brillante acero, forjó una enorme hoz y luego explicó el plan a sus hijos. Armada de valor dijo afligida en su corazón: "¡Hijos míos y de soberbio padre! Si queréis seguir mis instrucciones, podremos vengar el cruel ultraje de vuestro padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."
Así habló y lógicamente un temor los dominó a todos y ninguno de ellos se atrevió a hablar. Mas el poderoso Cronos, de mente retorcida, armado de valor, al punto respondió con estas palabras a su prudente madre: "Madre, yo podría, lo prometo, realizar dicha empresa, ya que no siento piedad por nuestro abominable padre; pues él fue el primero en maquinar odiosas acciones."

Mutilación de Urano por Saturno.
Giorgio Vasari y Gherardi Christofano. s. XVII.
Así habló. La monstruosa Gea se alegró mucho en su corazón y le apostó secretamente en emboscada. Puso en sus manos una hoz de agudos dientes y disimuló perfectamente la trampa.
Vino el poderoso Urano conduciendo la noche, se echó sobre la tierra ansioso de amor y se extendió por todas partes. El hijo, saliendo de su escondite, logró alcanzarle con la mano izquierda, empuñó con la derecha la prodigiosa hoz, enorme y de afilados diente, y apresuradamente segó los genitales de su padre y luego los arrojó a la ventura por detrás.
No en vano escaparon aquéllos de su
mano. pues cuantas gotas de sangre salpicaron, todas las recogió Gea. Y al
completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de
resplandecientes armas, que sostienen en su mano largas lanzas, y a las Ninfas
que se llaman Melias sobre la tierra ilimitada.



Gea ayuda a un Gigante. Museo Arqueológico de Nápoles. ca. 425-375 a.C.
¿Una melíade? M. Baxter St. Claire "Garden fairy"


En cuanto a los genitales, desde el preciso instante en que los cercenó con el acero y los arrojó lejos del continente en el tempestuoso ponto, fueron luego llevados por el piélago durante mucho tiempo. A su alrededor surgía del miembro inmortal una blanca espuma y en medio de ella nació una doncella. Primero navegó hacia la divina Citera y desde allí se dirigió a Chipre rodeada de corrientes.
Chipre, lugar del nacimiento de Afrodita
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Fco. de Goya y Lucientes (1746-1828), "Saturno devorando a uno de sus hijos", Museo del Prado

Hesíodo, Teogonía 454 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
Rea, entregada a Cronos, tuvo famosos hijos: Histia, Deméter,
Hera de áureas sandalias, el poderoso Hades que reside bajo la tierra con
implacable corazón, el resonante
Ennosigeo y el prudente Zeus, padre de dioses y
hombres, por cuyo trueno tiembla la anchurosa tierra.
A los primeros se los tragó el poderoso Cronos según iban
viniendo a sus rodillas desde el sagrado vientre de su madre, conduciéndose así
para que ningún otro de los ilustres descendientes de Urano tuviera dignidad
real entre los Inmortales. Pues sabía por Gea y el estrellado Urano que era su
destino sucumbir a manos de su propio hijo, por poderoso que fuera, víctima de
los planes del gran Zeus.
Rea-Cibeles sobre un león. s. V a.C. Museum of Fine Arts, Boston.
S. Hurtrelle (1648-1724)
, "Saturno devorando uno de sus hijos"
Ovidio, Fastos V 111-121 (Traducción Grupo Tempe)
Comience el trabajo con Júpiter. La primera noche puedo ver la estrella que tiene por misión cuidar la cuna de Júpiter; sale el astro lluvioso de la Cabra Olenia, la cual posee el cielo como premio de la leche que había dado. Cuenta que la náyade Amaltea, famosa en el Ida cretense, ocultó a Júpiter en las selvas. Poseía una cabra que llamaba la atención entre los rebaños dicteos. Dicha cabra le daba leche al dios.
J. Jordaens, Infancia de Zeus, ca. 1640, Museo del Louvre
P. Julien, "Amaltea y la cabra de Júpiter", 1787, Museo del Louvre
P. P. Rubens, 1636-1637, "Saturno devorando a sus hijos" Museo del Prado
Apolodoro, Biblioteca I, 1, 5-7
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
Como Gea y Urano le habían vaticinado que sería depuesto por un hijo suyo,
devoraba su prole al nacer. Devoró a Hestia, la primogénita, luego a Deméter y a
Hera, y tras ellas a Plutón y Posidón. Irritada por ello Rea se dirige a Creta,
estando encinta de Zeus, lo da a luz en una cueva de Dicte y se lo entrega a los
Curetes y a las ninfas Adrastea e Ida, hijas de Meliseo, para que lo críen.
Éstas alimentaban al niño con la leche de
Amaltea; los Curetes, armados,
custodiaban al niño en la cueva y golpeaban los escudos con las lanzas para que
Crono no oyera su voz. Rea dio a Crono una piedra envuelta en pañales para que
la tragase como si fuera el recién nacido.

Hesíodo, Teogonía
497 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
"Primero [Crono] vomitó la piedra, última cosa que se tragó; y Zeus la clavó sobre la anchurosa tierra, en la sacratísima Pito, en los valles del pie del Parnaso, monumento para la posteridad, maravilla para los hombres mortales."
Pelike de figuras rojas, Rea entrega la piedra a Crono, ca. 475 - 425 a.C.
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Pausanias, Descripción de Grecia V 7, 10
(trad. Mª C. Herrero Ingelmo, Madrid, Gredos, 1994)
En relación con el origen de los Juegos Olímpicos
Unos dicen que allí (en Olimpia) combatió Zeus con el propio Crono por el trono,
y otros que él organizó los juegos en honor de su triunfo.
"Zeus y Crono" Fragmento del Frontón del Templo de Ártemis en Corfú, ca. 590 a.C.
Hesíodo, Teogonía 501 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
Libró a sus tíos paternos de sus dolorosas cadenas, <a los Uránidas, Brontes,
Estérope y el vigoroso Arges>, a los que insensatamente encadenó su padre;
aquéllos le guardaron gratitud por sus beneficios y le regalaron el trueno, el
llameante rayo y el relámpago; antes los tenía ocultos la enorme Gea, y con
ellos seguro gobierna a mortales e inmortales.
Zeus lanzando un rayo, Estatua en bronce procedente de Dodona, ca. 470 a.C.
Apolodoro, Biblioteca I, 2, 1
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
Cuando Zeus se hizo adulto, pidió ayuda a Metis, hija de Océano, la cual con un
bebedizo obligó a Crono a vomitar primero la piedra y luego los hijos que había
devorado; Zeus, auxiliado por ellos, hizo la guerra contra Crono y los Titanes.
Después de combatir diez años, Gea vaticinó a Zeus la victoria si se aliaba con
los arrojados al Tártaro. Él, tras matar a Campe, la guardiana, desató sus
ligaduras. Entonces los Cíclopes entregaron a Zeus el trueno, el relámpago y el
rayo, a Plutón el yelmo y a Posidón el tridente.
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Cofre de Limoges, P. Courteys, 2ª mitad s. XVI, Museo del Louvre
Hesíodo,
Teogonía 674 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
Aquéllos (dioses y centímanos) entonces se enfrentaron a los Titanes en funesta
lucha, con enormes rocas en sus robustas manos. Los Titanes, de otra parte,
afirmaron su filas resueltamente. Unos y otros exhibían el poder de sus brazos y
de su fuerza. Terriblemente resonó el inmenso ponto y la tierra retumbó con gran
estruendo; el vasto cielo gimió estremecido y desde su raíz vibró el elevado
Olimpo por el ímpetu de los Inmortales. La violenta sacudida de las pisadas
llegó hasta el tenebroso Tártaro, así como el sordo ruido de la indescriptible
refiega y de los violentos golpes.
Anónimo, Zeus y Titán, s.XVIII
Hesíodo, Teogonía 687 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
Ya no contenía Zeus su furia, sino que ahora se inundaron al punto de cólera sus
entrañas y exhibió toda su fuerza. Al mismo tiempo, desde el cielo y desde el
Olimpo, lanzando sin cesar relámpagos, avanzaba sin detenerse; los rayos, junto
con el trueno y el relámpago, volaban desde su poderosa mano, girando sin parar
su sagrada llama.
Júpiter fulminando a los Titanes, llamado "chenet d'Algarde", según un modelo de A. Algardi para una fuente del Palacio de Aranjuez, anterior a 1654. Museo del Louvre
Hesíodo, Teogonía 717 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
(Los centímanos) (a los titanes) los enviaron bajo la anchurosa tierra y los
ataron entre inexorables cadenas después de vencerlos con sus brazos, aunque
eran audaces, tan hondo bajo tierra como lejos está el cielo de la tierra; [esa
distancia hay desde la tierra hasta el tenebroso Tártaro]. Pues un yunque de
bronce que bajara desde el cielo durante nueve noches con sus días, al décimo
llegaría a la tierra; e igualmente un yunque de bronce que bajara desde la
tierra durante nueve noches con sus días, al décimo llegaría al Tártaro. En
torno a él se extiende un muro de bronce y una oscuridad de tres capas envuelve
su entrada; encima además nacen las raíces de la tierra y del mar estéril. Allí
los dioses Titanes bajo una oscura tiniebla están ocultos por voluntad de Zeus
amontonador de nubes en una región al extremo de la monstruosa tierra; no tienen
salida posible.
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P. P. Rubens, "La caída de los Titanes" 1636-1637.
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Detalle de una
hidria ateniense, ca. 540 a.C. New
York, Metropolitan Museum of Art
Hesíodo, Teogonía 820 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez– A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
Luego que Zeus expulsó del cielo a los Titanes, la monstruosa Gea concibió a su
hijo más joven (pero Himno Homérico III a Apolo es Hera, incorporar),
Tifón, en
abrazo amoroso con Tártaro preparado por la dorada Afrodita. Sus brazos se
ocupaban en obras de fuerza e incansables eran los pies del violento dios. De
sus hombros salían cien cabezas de serpiente, de terrible dragón, adardeando con
sus negras lenguas. De los ojos existentes en las prodigiosas cabezas, bajo las
cejas, el fuego lanzaba destellos y de todas sus cabezas brotaba ardiente fuego
cuando miraba.
Tonos de voz había en aquellas terribles cabezas que dejaban salir un lenguaje
variado y fantástico. Unas veces emitían articulaciones como para entenderse con
dioses, otras un sonido con la fuerza de un toro de potente mugido, bravo e
indómito, otras de un león de salvaje furia, otras igual que los cachorros,
maravilla oírlo, y otras silbaba y le hacían eco las altas montañas.
Y tal vez hubiera realizado una hazaña casi imposible aquel día y hubiera
reinado entre mortales e inmortales, de no haber sido tan penetrante la
inteligencia del padre de hombres y dioses. Tronó reciamente y con fuerza y por
todas partes terriblemente resonó la tierra, el ancho cielo arriba, el ponto,
las corrientes del Océano y los abismos de la tierra. Se tambaleaba el alto
Olimpo bajo sus inmortales pies cuando se levantó el soberano y gemía
lastimosamente la tierra.

Apolodoro, Biblioteca I, 6, 3.
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
Cuando los dioses hubieron vencido a los Gigantes, Gea, aún más encolerizada, se
une a Tártaro y da a luz en Cilicia a Tifón, que tenía naturaleza mixta de
hombre y fiera. En talla y fuerza aventajaba a todos cuantos había parido Gea;
con fuerza humana hasta los muslos y descomunal tamaño que sobrepasaba todos los
montes, su cabeza, a veces, tocaba las estrellas; en cuanto a sus manos, una
alcanzaba el occidente y la otra el oriente; de ellas salían cien cabezas de
dragones. De los muslos, enormes anillos de víboras que, al proyectarse,
llegaban hasta la cabeza emitiendo un fuerte silbido; su cuerpo estaba todo
cubierto de alas; desde la cabeza y el mentón sucios cabellos ondeaban; lanzaba
fuego con los ojos. Tal y tan poderoso era Tifón, que arrojando piedras
ardientes alcanzaba al mismo cielo entre silbidos y gritos; de su boca brotaba
un gran chorro de fuego. Cuando los dioses lo vieron abalanzarse al cielo
huyeron a Egipto y, perseguidos, adoptaron forma animal. Sin embargo Zeus
fulminó a Tifón desde lejos y cuando lo tuvo cerca lo derribó con una hoz de
acero; al huir éste lo persiguió hasta el monte Casio, que se eleva sobre Siria,
y allí viéndolo herido se enzarzó con él. Tifón, enlazando a Zeus con sus
anillos, lo sujetó, le quitó la hoz y le cortó los tendones de manos y pies;
luego lo transportó sobre sus hombros a través del mar hasta Cilicia y al llegar
lo abandonó en la cueva Coricia. Asimismo dejó allí los tendones ocultos en la
piel de un oso y puso como guardián a la dragona Delfine, medio animal, medio
mujer. Pero Hermes y Egipán sin ser vistos robaron los tendones y se los
aplicaron a Zeus. Éste recobró su fuerza, e inmediatamente, transportado desde
el cielo en un carro de caballos alados, persiguió con sus rayos a Tifón hasta
el monte llamado Nisa, donde las Moiras engañaron al fugitivo, que, persuadido
de que así se fortalecería, comió los frutos efímeros. De nuevo acosado llegó a
Tracia y combatiendo cerca del Hemo arrojó montes enteros, que al rebotar sobre
él a causa del rayo le hicieron derramar abundante sangre en la montaña: por
ello dicen que la montaña se llama Hemo. Cuando intentaba huir a través del mar
Sículo, Zeus le echó encima el monte Etna, en Sicilia, que es enorme; se cree
que aún hoy exhala fuego a causa de los rayos entonces arrojados. Pero de esto
nada más os diré.
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Gustav Klimt (1862-1918):
Beethovenfries: 'Die
feindlichen Gewalten' 1902 Wien
A la izquierda las Gorgonas, el centro
Tifón
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Hesíodo, Teogonía 182 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
Pues cuantas gotas de sangre (de Urano mutilado por Crono) salpicaron, todas las recogió Gea. Y al completarse un año, dio a luz a las poderosas Erinias, a los altos Gigantes de resplandecientes armas, que sostienen en su mano largas lanzas, y a las Ninfas que llaman Melias sobre la tierra ilimitada.
Gigantomaquia en un ánfora de figuras rojas, ca. 400- 390 a.C. Museo del Louvre
Apolodoro, Biblioteca I, 6, 1-2
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
Gea irritada a causa de los Titanes, procrea con Urano a
los Gigantes: insuperables por su tamaño e invencibles por su fuerza, mostraban
temible aspecto, con espesa pelambre pendiente de la cabeza y el mentón, y
escamas de dragón como pies. Habían nacido según unos en Flegra, según otros en
Palene. Arrojaban al cielo encinas encendidas y piedras. Aventajaban a todos
Porfirio y Alcioneo –que era inmortal mientras combatiera en su tierra nativa;
éste expulsó de Eritía las vacas de Helios. A los dioses se les había vaticinado
que no podrían aniquilar a ningún gigante a menos que un mortal combatiera a su
lado. Conociendo esto Gea busca una droga para que no pudieran ser vencidos ni
por un mortal. Pero Zeus prohibió aparecer a Eos, Selene y Helios y,
adelantándose, él mismo destruyó la sustancia y por medio de Atenea llamó a
Heracles en su ayuda. Éste primero disparó su arco contra Alcioneo, quien al
caer en tierra se reanimó. Por consejo de Atenea,
Heracles lo arrastró fuera de Palene y de este modo acabó con él. En la batalla Porfirio
atacó a Heracles y a
Hera. Zeus le inspiró deseo por Hera, y cuando Porfirio le desgarró los vestidos
queriendo forzarla y ella pidió ayuda, fue fulminado por Zeus y asaeteado por
Heracles.
Píndaro, Nemea I 67 ss.
(trad. E. Suárez de la Torre, Madrid, Cátedra, 2000)
(Tiresias revela el futuro de Heracles:)
“Que cuando los dioses en la llanura de Flegra con los gigantes trabasen
batalla, éstos, alcanzados por sus flechas, por tierra habrían de cubrir de
polvo sus luminosas cabelleras predijo”.
Detalle del centro de la imagen anterior
Apolodoro, Biblioteca I, 6, 2
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
En cuanto a los demás gigantes, Apolo flechó a Efialtes en el ojo izquierdo y Heracles en el derecho. Dioniso mató a Éurito con el tirso, Hécate a Clitio con Teas, y Hefesto a Mimante lanzándole hierros candentes. Atenea arrojó sobre Encélado fugitivo la isla de Sicilia, y habiendo arrancado la piel a Palante, con ella protegió su propio cuerpo en el combate. Polipotes llegó a Cos perseguido a través del mar por Posidón; éste desgajó la parte de la isla llamada Nísiro y se la echó encima. Hermes, cubierto con el casco de Hades durante la lucha, mató a Hipólito, Ártemis a Gratión, las Moiras, armadas con mazas de bronce a Agrio y Toante, y a los demás los destruyó Zeus alcanzándolos con sus rayos. Heracles remató con sus flechas a todos los moribundos.
Atenea se enfrenta a un gigante
Detalle del frontón del antiguo templo de Atenea en la Acrópolis, ca. 520 a.C., embellecido por los hijos de Pisístrato. Atenas, Museo de la Acrópolis

Atenea agarrando por el pelo al gigante Alcioneo, Gigantomaquia del Gran Altar de Pérgamo, ca 180-175 a.C.
Eurípides, Ión 205 ss.
(trad. J. L. Calvo Martínez, Madrid, Gredos, 2000)
(El coro examina la fachada del templo délfico)
-Por todas partes hago girar mis pupilas. Contempla la lucha, en los muros
pequeños, de los Gigantes.
-Amigas, ya estoy mirando.
-Entonces, ¿ves a Palas contra Encélado blandiendo su escudo con la Gorgona?
-Veo a Palas, mi diosa.
-¿Y qué? ¿Ves el rayo inflamado potente en las certeras manos de Zeus?
-Lo veo, está abrasando con su fuego al cruel Mimante.
-También Bromio está matando a otro hijo de la tierra con su bastón de hidra no
guerrero, Baco.
Gigantomaquia en un friso del Tesoro de los
Sifnios (525 a.C.) en Delfos, Museo Arqueológico de Delfos

Eurípides, Heracles 177 ss.
(trad. J. L. Calvo Martínez, Madrid, Gredos, 2000)
(Habla Anfitrión:)
"Yo apelo al rayo de Zeus y a la cuadriga en la que subido clavó sus alados
dardos en los costados de los Gigantes y celebró un hermoso himno de victoria en
compañía de los dioses".
Zeus en la Gigantomaquia del Gran Altar de Pérgamo, ca 180-175 a.C.

Friso este del Gran altar de Pérgamo
Friso norte del Gran altar de Pérgamo
Visiones alegóricas de la Gigantomaquia
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Interpretación política en clave alegórica:
Júpiter fulminando a los Gigantes
representa el triunfo de Carlos V
sobre los príncipes rebeldes
Giulio
Romano (=Giulio Pippi = Giulio di Pietro De Gianuzzi), ca. 1499-1546
"Sala de los Gigantes", Palacio del Té, Mantua, 1531-1536

Antepecho de la Galería exterior del Claustro del Edificio Histórico, Universidad de Salamanca (Fotografía: S. Ua Súilleabháin)
A la izquierda es visible un monstruo con cuerpo humano y triple cabeza, de lobo, león y perro. La cartela dice lacerabit et conteret et irridebit "herirá, triturará y reirá".
Se trata de Crono identificado con el Tiempo, representación de pasado (el lobo ya devorado a la izquierda), presente (el león, poderoso, en el centro) y futuro (el perro, más bondadoso a la derecha). Una serpiente, que se muerde la loca, rodea a Crono. Es Serapis, divinidad egipcia que encarna los ciclos anuales y se funde con la serpiente de la prudencia, también identificada con el Tiempo.
A la derecha el águila jupiterina mantiene bajo sus garras a dos monstruos vencidos, Tipheo y Briareo. Alegoría del triunfo de Júpiter, símbolo de Carlos V a quien no faltaron gigantes rebeldes en la propia Salamanca. La divisa, tu nihil invita dices faciesve Minerva "no hagas ni digas nada contra Minerva" es polivalente, bien se entiende tanto por el papel tan destacado que tuvo Atenea en la gigantomaquia, bien en el sentido de "no hagas ni digas nada contra la razón".
P. Gabaudan, El mito imperial. Programa iconográfico de la Universidad de Salamanca, Valladolid, 1998, p. 125 ss.
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Zeus con el cetro y el rayo en una ánfora
panatenaica, ca. 480 a.C.
Hesíodo, Teogonía 881 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
"Luego que los dioses bienaventurados terminaron sus fatigas y por la fuerza decidieron con los Titanes sus privilegios, ya entonces por indicación de Gea animaron a Zeus Olímpico de amplia mirada para que reinara y fuera soberano de los Inmortales. Y él les distribuyó bien las dignidades"
Homero, Ilíada XV, 187 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
(Habla Posidón:) "Tres somos los hermanos nacidos de Rea y de Cronos: Zeus, yo y el tercero Hades, que reina en los infiernos. El universo se dividió en tres partes para que cada cual imperase en la suya. Yo obtuve por suerte habitar siempre en el espumoso y agitado mar, tocáronle a Hades las tinieblas sombrías, correspondió a Zeus el anchuroso cielo en medio del éter y las nubes; pero la tierra y el alto Olimpo son de todos. Por tanto, no obraré según lo decida Zeus; y éste, aunque sea poderoso, permanezca tranquilo en la tercia parte que le pertenece. No pretenda asustarme con sus manos como si tratase con un cobarde. Mejor fuera que con esas vehementes palabras riñese a los hijos e hijas que engendró, pues éstos tendrían que obedecer necesariamente lo que les ordenare."
Caravaggio, Júpiter,Neptuno y Plutón, ca. 1599
Estatua de Zeus en Olimpia, obra de Fidias, templo de Olimpia ca. 433 a.C.
Pausanias, Descripción de Grecia V,
11, 1-11
(trad. Mª C. Herrero Ingelmo, Madrid, Gredos, 1994)
"El dios está sentado sobre un trono y está hecho de oro y marfil. Sobre su cabeza hay una corona que imita ramas de olivo. En la mano derecha lleva una Nike, también ésta de marfil y oro, que tiene una cinta y una corona en la cabeza. En la mano izquierda del dios hay un cetro adornado con toda clase de metales, y el pájaro que está sobre el cetro es el águila. Las sandalias del dios también son de oro e igualmente su túnica...
El trono está artísticamente trabajado... Hay cuatro Nikes bailando, una en cada pie del trono, y otras dos están en el extremo de cada pie. En cada uno de los pies de delante están niños tebanos raptados por esfinges y, bajo las esfinges, Apolo y Ártemis están disparando flechas a los hijos de Níobe....
El trono es sostenido no solamente por los pies, sino también por igual número de columnas colocadas entre ellos... hay construidas barreras a modo de muros [entre dichas columnas]... En ellas está Atlas sosteniendo el cielo y la tierra, y Heracles está a su lado queriendo recibir el peso de Atlas, y además Teseo, Pirítoo, Hélade y Salamina, teniendo en su mano el mascarón de proa de un barco. También está el trabajo de heracles contra el león de Nemea, el ultraje de Áyax a Casandra, Hipodamía, la hija de Enómao, con su madre, Prometeo, todavía sujeto por las cadenas y Heracles que se ha elevado hasta él, pues también hay una leyenda sobre que Heracles dio muerte al águila que atormentaba a Prometeo en el Cáucaso y quitó al propio Prometeo las cadenas. Finalmente, en la pintura está Pentesilea exhalando su alma y Aquiles sosteniéndola. Dos Hespérides llevan los rebaños cuya vigilancia se dice que les fue encomendada....
En la parte más alta del trono, Fidias hizo, encima de la cabeza de la imagen, a un lado, tres Cárites, y a otro tres Horas. En la poesía épica se dice, en efecto, que éstas también eran hijas de Zeus. Homero en la Ilíada dice que a las Horas se les confió el cielo como guardias de un palacio real. El escabel bajo los pies de Zeus llamado thraníon en el Ática, tienes leones de oro y en relieve la batalla de Teseo contra las Amazonas, la primera acción valiente de los atenienses contra hombres de distinta raza.
En la basa que sostiene el trono y en todos los adornos en torno a Zeus hay trabajos de oro: Helio subido a un carro, Hera, Hefesto y, junto a él, una Cárite. A continuación está Hermes, y después Hestia. Después de Hestia está Eros, acogiendo a Afrodita cuando sale del mar, y Peito [Persuasión] corona a Afrodita. En relieve está Apolo con Ártemis, Atenea y Heracles, y en el extremo de la basa Anfitrite, Posidón y Selene, que conduce, en mi opinión, un caballo. Algunos han dicho que la diosa iba sobre un mulo y no un caballo...
Dicen que el propio dios ha sido testigo del arte de Fidias. En efecto, cuando la imagen estaba terminada, Fidias rogó al dios que diera señales acerca de si la obra era a su gusto. Y dicen que inmediatamente cayó un rayo en la parte del suelo donde, todavía en mi tiempo, estaba colocada la hidria de bronce...
Zeus manejando el rayo con
la mano derecha y un águila en la izquierda,
ánfora ca. 470 a.C.
Homero, Ilíada XII, 251 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
Zeus, que se complace en lanzar rayos, enviando desde los montes ideos un viento borrascoso, levantó gran polvareda en las naves, abatió el ánimo de los aqueos, y dio gloria a los teucros y a Héctor, que fiados en las prodigiosas señales del dios y en su propio valor, intentaban romper la gran muralla aquea...
Cuan espesos
caen los copos de nieve cuando en el invierno Zeus decide nevar, mostrando sus
armas a los hombres, y adormeciendo a los vientos, nieva incesantemente hasta
que cubre las cimas y los riscos de los montes más altos, las praderas cubiertas
de loto y los fértiles campos cultivados por el hombre, y la nieve se extiende
por los puertos y playas del espumoso mar, y únicamente la detienen las olas,
pues todo lo restante queda cubierto cuando arrecia la nevada de Zeus: así, tan
espesas, volaban las piedras por ambos lados, las unas hacia los teucros y las
otras de éstos a los aqueos y el estrépito se elevaba sobre todo el muro.
Zeus en la asamblea de los dioses, crátera ca. 550-530 a.C.
Homero, Ilíada VIII, 1 ss.
((Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
"Eos [Aurora], de azafranado velo, se esparcía por toda la tierra, cuando Zeus, que se complace en lanzar rayos, reunió la junta de dioses en la más alta de las muchas cumbres del Olimpo. Y así les habló, mientras ellos atentamente le escuchaban:
-¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que en el pecho mi corazón me dicta! Ninguno de vosotros, sea varón o hembra, se atreva a transgredir mi mandato, antes bien, asentid todos, a fin de que cuanto antes lleve al cabo lo que me propongo. El dios que intente separarse de los demás y socorrer a los teucros o a los dánaos, como yo lo vea, volverá afrentosamente golpeado al Olimpo; o cogiéndole, lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos en lo más progundo del báratro debajo de la tierra -sus puertas son de hierro y el umbral, de bronce, y su profundidad desde el Hades como del cielo a la tierra- y conocerá enseguida cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades. Y si queréis, haced esta prueba, oh diosees, para que os convenzáis. Suspended del cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas, de la misma, y no os será posible arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por mucho que os fatiguéis, mas si yo me resolviese a tirar de aquella os levantaría con la tierra y el mar, ataría un cabo de la cadena en la cumbre del Olimpo, y todo quedaría en el aire. Tan superior soy a los dioses y a los hombres."
Ingres, Jean-Auguste-Dominique "Júpiter y Tetis", 1811

Homero, Ilíada I, 493 ss.
((Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Cuando, después de aquel día, apareció la duodécima aurora, los sempiternos dioses volvieron al Olimpo con Zeus a la cabeza. Tetis no olvidó entonces el encargo de su hijo: saliendo de entre las olas del mar, subió muy de mañana al gran cielo y al Olimpo, y halló al longividente Cronión sentado aparte de los demás dioses en la más alta de las muchas cumbres del monte. Acomodóse junto a él, abrazó sus rodillas con la mano izquierda, tocóle la barba con la diestra y dirigió esta súplica al soberano Jove Cronión:
—¡Padre Zeus! Si alguna vez te fui útil entre los inmortales con palabras u obras, cúmpleme este voto: Honra a mi hijo, el héroe de más breve vida, pues el rey de hombres Agamemnón le ha ultrajado, arrebatándole la recompensa que todavía retiene. Véngale tú, próvido Zeus Olímpico, concediendo la victoria a los teucros hasta que los aqueos den satisfacción a mi hijo y le colmen de honores.
De tal suerte habló Zeus, que amontona las nubes, nada contestó, guardando silencio un buen rato. Pero Tetis, que seguía como cuando abrazó sus rodillas, le suplicó de nuevo:
—Prométemelo claramente asintiendo, o niégamelo —pues en ti no cabe el temor— para que sepa cuán despreciada soy entre todas las deidades.
Zeus, que amontona las nubes,
respondió afligidísimo:
— ¡Funestas acciones! Pues harás que me malquiste con Hera cuando me zahiera con
injuriosas palabras. Sin motivo me riñe siempre ante los inmortales dioses,
porque dice que en las batallas favorezco a los teucros. Pero ahora vete, no sea
que Hera advierta algo; yo me cuidaré de que esto se cumpla. Y si lo deseas, te
haré con la cabeza la señal de asentimiento para que tengas confianza. Este es
el signo más seguro, irrevocable y veraz para los inmortales; y no deja de
efectuarse aquello a que asiento con la cabeza.
Dijo el Cronión, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del soberano inmortal, y a su influjo estremecióse el dilatado Olimpo.
cf. Esquilo, Suplicantes 382-387 (Traducción Grupo Tempe)
(Las Danaides suplican al rey de Argos en nombre de Zeus): "Atiende al que mira desde arriba -custodios de mortales doloridos- al que ve a quien, al buscar en su prójimo una ayuda, no logra la justicia que es legal. El encono de Zeus protector del suplicante aguarda a los que no se ablandan con las súplicas, cuando él ya ha sufrido con sus lamentos.
Nike, Hera y Zeus. Friso del Partenón, 438-432 a.C.
Homero, Ilíada I, 531 ss.
((Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
"Después de deliberar así, se separaron [Zeus y Tetis]; ella saltó al profundo mar desde el resplandeciente Olimpo, y Zeus volvió a su palacio. Los dioses se levantaron al ver a su padre, y ninguno aguardó a que llegase, sino que todos salieron a su encuentro. Sentóse Zeus en el trono; y Hera, que, por haberlo visto no ignoraba que Tetis, la de argentados pies, hija del anciano del mar con él departiera, dirigió enseguida injuriosas palabras a Jove Cronión:
-¿Cuál de las deidades, oh doloso, ha conversado contigo? Siempre te es grato, cuando estás lejo de mi, pensar y reolver algo clandestinamente, y jamás te has dignado decirme una sola palabra de lo que acuerdas.
Respondió el padre de los hombres y los dioses. -¡Hera! ¡No esperes conocer todas mis decisiones, pues te resultará difícil aun siendo mi esposa. Lo que pueda decirse, ningún dios ni hombre lo sabrá antes que tú; pero lo que quiera resolver sin contar con los dioses no lo preguntes ni procures averiguarlo."

Temis y Egeo, Kylix de figuras rojas ca. 430 a.C.
Hesíodo, Teogonía 901 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
"En segundo lugar, [Zeus, después de haber tomado a Metis, madre de Atentea], se llevó a la brillante Temis que parió a las Horas, Eunomía, Dike y la floreciente Eirene, las cuales protegen las cosechas de los hombres mortales, y a las Moiras, a quienes el prudente Zeus otorgó la mayor distinción, a Cloto, Láquesis y Átropo, que conceden a los hombres mortales el ser felices y desgraciados"

Temis sentada sobre una piedra aconseja a Zeus, flanqueado por Hermes y Atenea, mientras Nike (Victoria) revolotea sobre su cabeza. Pelike de época clásica
Hesíodo, Trabajos y Días 256 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
"Y he aquí que existe una virgen, Dike [Justicia], hija de Zeus, digna y respetable para los dioses que habitan el Olimpo y siempre que alguien la ultraja injuriándola arbitrariamente, sentándose al punto junto a su padre Zeus Cronión, proclama a voces el propósito de los hombres injustos para que el pueblo pague la loca presunción de los reyes que, tramando mezquindades, desvían en mal sentido su veredictos con retorcidos parlamentos."
Zeus con el cetro y una copa atendido por una figura alada, ca. 460 a.C.
Hesíodo, Trabajos y Días 3 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
"A él [Zeus] se debe que los mortales sean oscuros y célebres; y por voluntad del poderoso Zeus son famosos y desconocidos. Pues Zeus altitonante que habita encumbradas mansiones fácilmente confiere el poder, fácilmente hunde al poderoso, fácilmente rebaja al ilustres y engrandece al ignorado y fácilmente endereza al torcido y humilla al orgulloso."
Homero, Ilíada II, 100 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
"Entonces se levantó el rey Agamemnón, empuñando el cetro que Hefesto hiciera para el soberano Jove Cronión —éste lo dio al mensajero Argifontes; Hermes lo regaló al excelente jinete Pélope, quien, a su vez, lo entregó a Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir lo legó a Tiestes, rico en ganado, y Tiestes lo dejó a Agamemnón para que reinara en muchas islas y en todo el país de Argos."
Las Moiras en el Frontón del Partenón, obra de Fidias, s. V a.C.

Fragmento anónimo (PMG 1018) (Trad. Fco. Rodríguez Adrados, Lírica, Madrid, Gredos, 1982 p. 470)
"Escuchad, Moiras, vosotas que, sentadas junto al trono de Zeus más cerca que ninguno de los dioses, tejéis con vuestras lanzaderas de acero santos e inesquivables pensamientos con toda clase de secretos.
Esa, Cloto y Láquesis, hijas de bellos brazos de la Noche, oíd a los que os suplican, oh diosas celestes y subterráneas muy temibles: enviadnos a Eunomía [Buen gobierno] de seno de rosas y a sus hermanas de trono esplendente, Dike [Justicia] e Irene [Paz] coronada, y a esta ciudad hacedla olvidar sus desgracias que causan pesadumbre".
Hipno [Sueño] y Tánato [Muerte] guiados por Hermes conducen el cuerpo de Sarpedón, crátera ca. 515 a.C.

Homero, Ilíada XVI, 426 ss.
((Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
[Sarpedón] saltó del carro al suelo sin dejar las armas. A su vez Patroclo, al verlo, se apeó del suyo. Como dos buitres de corvas uñas y combado pico riñen, dando chillidos, sobre elevada roca, así aquellos se acometieron vociferando. Viólos el hijo del artero Cronos, y compadecido, dijo a Hera, su hermana y esposa: —¡Ay de mi! El hado dispone que Sarpedón, a quien amo sobre todos los hombres, sea muerto por Patroclo Menetíada. Entre dos propósitos vacila en mi pecho el corazón: ¿lo arrebataré vivo de la luctuosa batalla, para dejarlo en el opulento pueblo de la Licia, o dejaré que sucumba a manos del Menetíada?
Respondióle Hera
veneranda, la de los ojos grandes:
—¡Terribilísimo Cronión, qué palabras proferiste! ¿Una vez más quieres librar de
la muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado condenó a
morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos. Otra cosa voy a
decirte que fijarás en la memoria: Piensa que si a Sarpedón le mandas vivo a su
palacio, algún otro dios querrá sacar a su hijo del duro combate pues muchos
hijos de los inmortales pelean en torno de la gran ciudad de Príamo, y harás que
sus padres se enciendan en terrible ira. Pero si Sarpedón te es caro y tu
corazón le compadece, deja que muera a manos de Patroclo en reñido combate; y
cuando el alma y la vida le abandonen, ordena a la Muerte y al dulce Hipno que
lo lleven a la vasta Licia, para que sus hermanos y amigos le hagan exequias y
le erijan un túmulo y un cipo, que tales son los honores debidos a los
muertos.Así dijo. El padre de los hombres y de los dioses no desobedeció, e hizo
caer sobre la tierra sanguinolentas gotas para honrar al hijo amado, a quien
Patroclo había de matar en la fértil Troya, lejos de su patria.
Hera, Zeus sobre cuya cabeza sobrevuela Nike, Atenea y Heracles, crátera ca. 400 a.C.

Homero, Ilíada XXII, 167 ss.
((Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Y Zeus, padre de los hombres y de los dioses, comenzó a decir:
-¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón perseguido en torno del muro. Mi corazón se compadece de Héctor que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio en las cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino Aquileo le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Ea, deliberar, oh dioses, y decidid si le salvaremos de la muerte o dejaremos que, a pesar de ser esforzado, sucumba a manos del Pelida Aquileo.
Respondióle Atenea, la diosa de los brillantes ojos: -¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De nuevo quieres librar de la muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo ha que el hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos."

Detalle de Zeus con el cetro, crátera, ca. 340 a.C.
Tito Livio, Historia de Roma I 12, 5-7
(Traducción Grupo Tempe)
(Súplica de Rómulo a Júpiter en la guerra contra los sabinos)
"Pero tú, padre de los dioses y de los hombres, al menos de aquí aparta al enemigo; libera del pánico a los romanos y detén esta huida vergonzosa. Yo prometo levantar en este lugar un templo a Júpiter Stator [que detiene], que recuerde a la posteridad que Roma se salvó gracias a tu ayuda protectora."
Zeus y Hera en el cortejo de las Bodas de Tetis y Peleo,
detalle del
Vaso François ca. 570 a.C.
Apolodoro, Biblioteca III, 13, 5
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
[Peleo] más tarde se casó con Tetis, hija de Nereo; Zeus y Posidón habían rivalizado por ella, pero cuando Temis vaticinó que el hijo de Tetis sería más fuerte que su padre, desistieron. Algunos afirman que cuando Zeus iba a unirse a ella, Prometeo había declarado que el hijo que naciera reinaría en el cielo; otro, en cambio, que Tetis no quiso yacer con Zeus por haber sido criada por Hera, y que Zeus, indignado, la obligó a convivir con un mortal... Peleo se casó con ella en el Pelión, y allí los dioses celebraron la boda con banquetes y cantos. Quirón regaló a Peleo una lanza de fresno, y Posidón los caballos Balio y Janto, que eran inmortales.
Amoríos de Zeus
Zeus e Ío
Antonio Allegri, il Corregio,
Júpiter e Io, 1531

Ovidio, Metamorfosis I, 582 ss. (trad. E. Leonetti Jungl, Madrid, Espasa Calpe, 199417)
...El (río) Ínaco.., retirado en lo más profundo de su cueva, acrece con sus lágrimas el caudal de sus aguas y llora la pérdida de su hija Ío; no sabe si está viva o si se encuentra entre los muertos, pero al no encontrarla en ningún sitio piensa que no está en ninguna parte, y en su corazón teme lo peor.
Júpiter la había visto cuando regresaba desde el río de su padre, y le había dicho: "Oh virgen digna de Júpiter, que harás dichoso con tus nupcias a no sé qué mortal, busca la sombra de aquellos profundos bosques (y le había mostrado las sombras de los bosques) ahora que el calor aprieta y el sol se encuentra en su punto más alto, en mitad de su recorrido. Y si acaso temes encaminarte tú sola entre las guaridas de las fieras, piensa que cuando penetres en los lugares recónditos del bosque estarás a salvo, protegida por un dios; y no un dios plebeyo, sino yo, que llevo en mi poderosa mano el cetro del cielo y arrojo los errantes rayos. ¡No huyas de mí!". En efecto, ella huía. Y ya había dejado atrás los pastos de Lerna y los campos del Lirceo plantados de árboles, cuando el dios, extendiendo un vasto manto de niebla que recubrió la región, puso fin a su fuga y le robó la virginidad.
Entretanto, Juno había dirigido su mirada hacia el centro de la Argólida, y sorprndiéndose de que una niebla voladora hubiese traído en pleno día la oscuridad de la noche, comprendio que no se trataba de la niebla de un río ni de la humedad que se desprende del suelo. Así que miró a su alrededor, puesto que conocía bien las tretas de su marido, al que tantas veces había sorprendido ya.
Zeus, Hera, Ío convertida en vaca, Argos el de los múltiples ojos, Hermes, hidria ática, ca. 460 a.C.

Ovidio, Metamorfosis I, 609 ss. (Traducción Ana Pérez Vega)
(Júpiter) de su esposa la llegada había presentido, y en una lustrosa novilla la apariencia de la Ináquida había mutado él -de res también hermosa es-: la belleza la Saturnia (Juno) de la vaca aunque contrariada aprueba, y de quién, y de dónde, o de qué manada era, de la verdad como desconocedora, no deja de preguntar. Júpiter de la tierra engendrada la miente, para que su autor deje de averiguar: la pide a ella la Saturnia de regalo.. Su rival ya regalada no en seguida se despojó la divina de todo miedo, y temió de Júpiter, y estuvo ansiosa de su hurto hasta que al Arestórida para ser custodiada la entregó a Argos.
De cien luces ceñida su cabeza Argos tenía, de donde por sus turnos tomaban, de dos en dos, descanso, los demás vigilaban y en posta se mantenían. Como quiera que se apostara miraba hacia Ío...
(Júpiter) a su hijo llama (a Hermes), al que la lúcida Pléyade de su vientre había parido, y que a la muerte dé, le impera, a Argos. Pequeña la demora es la de las alas para sus pies, y la vara somnífera para su potente mano tomar, y el cobertor para sus cabellos.
Dánae y la lluvia de Oro
Dánae y la lluvia de oro, detalle de una vasija ateniense, ca. 500-450 a.C. St. Petersburg, State Hermitage Museum ST1723 © State Hermitage Museum

Crátera, ca. 450-425 a.C. Museo del Louvre

Ovidio, Metamorfosis VI, 110 ss. (Trad. Grupo Tempe)
(Acrisio) tampoco admitía, por cierto que fuese hijo de Júpiter Perseo, a quien Dánae había concebido de oro de lluvia.
Tiziano, Dánae 1545 (Museo del Prado) y 1554 (Museo
del Hermitage, San Petersburgo).


Rembrandt,
Dánae,1636
Dánae (ca. 1531) Antonio Allegri called Correggio. Galleria Borghese

Sir Edward Burne-Jones - 1887-1888, "Danae and the Brazen Tower"
Apolodoro, Biblioteca II, 4, 1
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
Cuando Acrisio preguntó al
oráculo cómo tendría hijos varones, el dios le
contestó que de su hija había de nacer un hijo que lo
mataría. Acrisio, temiendo esto, construyó una cámara subterránea de
bronce y allí encerró a Dánae. Pero, según algunos, la sedujo Preto, a causa
de lo cual se suscitó una reyerta entre ambos hermanos;
G. Klimt, Dánae, 1907-1908

según otros, Zeus, transformado en lluvia de oro, se unió a ella, cayendo hasta el seno de Dánae a través del techo. Cuando más tarde Acrisio supo que había dado a luz a Perseo, no creyendo que hubiera sido poseída por Zeus, puso a su hija y al niño en un arca y la arrojó al mar; al arribar el barco a Sérifos, Dictis recogió y crió al niño.
Detalle de una vasija de figuras rojas, ca. 450-440 a.C. © Boston, Museum of Fine Arts

Simónides, PMG 543 (trad. Fco. Rodríguez Adrados, Lírica. Poemas corales y monódicos, 700-300 A.C., Madrid, 2006 p. 267 s.)
... en el arca trabajada con arte el viento que soplaba y el agitado mar, la (?) sacudían; y con mejillas no sin humedecer ceñía en torno a Perseo en su mano maternal y dijo:
"¡Hijo, qué sufrimiento tengo!; y tú duermes en tanto y con tu ser de niño que mama aún sigues dormido en este leño inhóspito de broncíneos clavos, brillante dentro de la noche - tendido tú en esta negra oscuridad; y no te cuidas de la espuma profunda sobre tu pelo de la ola que pasa, ni del sonar del viento, recostado con tu ropa de púrpura, bello rostro. Pero si para ti fuera terrible lo que es terrible, tu oreja delicada aplicarías a mis palabras. Yo te lo pido, duerme, niño, y duerma el mar y duerma la desgracia sin medida; y venga un cambio, padre Zeus, de ti. Y la palabra que o demasiado audaz o fuera de justicia yo pronuncio, perdóname por ella."

La posibilidad alegórico-cristiana: prefiguración de La Anunciación. GOSSAERT, Jan (Mabuse), Dánae, 1527

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Estatua de Posidón (o Zeus)
encontrada en el Cabo Artemision, 460-450 a.C.
Apolodoro, Biblioteca I 2, 1
(Traducción: Grupo Tempe)
Los Cíclopes entregaron a Zeus el trueno, el relámpago y el rayo, a Plutón el yelmo y a Posidón el tridente. Así armados vencen a los Titanes. Ellos echaron a suertes el poder y a Zeus le correspondió el dominio del cielo, a Posidón el del mar y a Plutón el del Hades.

Himnos Homéricos II, a Posidón (Trad. Grupo Tempe)
"Por Posidón, el gran dios, comienzo a cantar, el que agita la tierra y el límpido mar, el marino. Doble fue el honor que los dioses te atribuyeron: de los corceles ser el domador y, a la vez, salvador de naves. ¡Salve, Posidón conductor del carro subterráneo, el de oscura cabellera! y, feliz, con corazón benévolo, ampara a los navegantes.

Diodoro Sículo, Biblioteca
Histórica V, 55 (Trad. Grupo Tempe)
La isla llamada Rodas la habitaron los Telquines, que eran hijos del mar, y que en compañia de una hija del mar llamada Cafira criaron a Posidón, a quien Rea había puesto a su cuidado.
Posidón y Anfitrite, detalle de la procesión nupcial de las Bodas de Tetis y Peleo, ca. 580 a.C.
Anfitrite, Nike (Victoria) y Posidón
Hesíodo, Teogonía 454 ss.
(trad. A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez, Madrid, Gredos, 2000)
"De Anfitrite y del resonante Ennosigeo nació el fornido y enorme Tritón que, en las profundidades del mar, junto a su madre y soberando padre, habita palacios de oro, terrible dios."
G.
Bernini, "Neptuno y Tritón", 1620.
Apolodoro, Biblioteca I, 1, 5-7
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda,
Madrid, Gredos, 1985)
"Posidón se unió a Anfitrite, hija de Oceáno, y nacieron Tritón y Rode, a la que desposó Helios"
Pausanias IX 21, 1
(trad. Mª C. Herrero Ingelmo,
Madrid, Gredos, 1985)
"... Los Tritones presentan este aspecto: tienen en la cabeza pelo como las ranas de las lagunas y no sólo en cuanto al color, sino también en que no se puede separar un pelo de los otros. El resto de su cuerpo está erizado con finas escamas como el pez lija. Tienen branquias bajo las orejas y nariz de hombre, pero una boca más ancha y dientes de animal. Sus ojos, según creo, son claros, y tienen manos, dedos y uñas parecidas a las conchas marinas. Debajo del pecho y del vientre tienen una cola como la de los delfines en lugar de pies."
N. Poussin, "Triunfo de Neptuno y Anfitrite", 1634

Fragmento lírico anónimo, PMG 939 (trad. Fco. Rodríguez Adrados, Lírica. Poemas corales y monódicos, 700-300 A.C., Madrid, 2006 p. 462 s.)
Oh el más excelso de los dioses, marinero, tridente de oro, Posidón que abrazas la tierra... con tus branquias, en torno a ti estas bestias acuáticas danzan en círculo, saltando ligeras con el rápido movimiento de sus pies, chatos cachorros rápidos de cuello áspero, delfines amantes de las Musas, ganado marino de las doncellas Nereidas, las diosas que dio a luz Anfitrita; vosotros que me llevasteis a la tierra de Pélope, al cabo Ténaro, a mí que erraba por el mar de Sicilia, transportándome en vuestros lomos redondos cortandos el surco de la llanura de Nereo, camino nunca hollado; cuando unos hombres traicioneros me arrojaron desde la lisa nave que surca el mar al agua espumante del ponto.

Higino, Fábulas 188, 1-4
(Traducción: Grupo Tempe)
Neptuno tomó [a Teófane] y se la llevó a la isla
de Crumisa. Al saber los pretendientes [de aquélla] que vivía allí, botaron una
nave y se dirigieron a Crumisa. Neptuno para engañarlos transformó a Teófane en
una hermosísima oveja, así mismo en un carnero y a los habitantes de Crumisa en
un rebaño.
Cuando los pretendientes llegaron allí y no encontraron ningún ser
humano, comenzaron a sacrificar ovejas y a comer su carne. Cuando Neptuno vio
que los que habían sido transformados en ovejas eran devorados, convirtió a los
pretendientes en lobos. Él mismo, como era un carnero, se unió a Teófane y de
ellos nació un carnero de vellón dorado, que llevó a
Frixo a la Cólquide y cuya
piel depositó Eetes en el santuario de Marte y hurtó Jasón.
Francesco Xanto Avelli, Neptuno raptando a Teófane, 1532
Posidón persigue a Amimone. Lebes gamikos, ca 480 - 460 BC

Apolodoro, Biblioteca II, 1, 4-5 (Trad. Grupo Tempe)
Desde aquí (Dánao) se dirigió a Argos. Pero, como careciera de agua la comarca, ya que Posidón había desecado incluso las fuentes, envió (Dánao) a sus hijas a buscar agua. Entonces una e ellas, Amimone, cuando andaba buscando agua disparó una flecha contra un ciervo y fue a dar a un sátiro que se hallaba durmiendo, y éste al despertarse pretendió violarla. Sin embargo, al aparecer Posidón el sátiro se dio a la fuga. Entonces Amimone hizo el amor con el dios y éste le reveló las fuentes de Lerna. Amimone concibió de Posidón a Nauplio.
Fuente de Neptuno. Jardines de La Granja (Segovia)

Esquilo, Los Siete contra Tebas 304-11 (Trad. Grupo Tempe)
¿Qué asiento de la tierra vais a tomar a cambio que éste mejor, al enemigo este suelo dejando de hondas glebas y el agua de la fuente Dirce, que es el más nutricio de entre los licores cuantos hace que broten Posidón, esposo sacro de la Tierra, y las hijas de Tetis?
J. Jordaens, "Neptuno crea el caballo", 1640-1650.

Apolodoro, Biblioteca III, 6, 8 (Trad. Grupo Tempe)
Tan sólo a Adrasto lo salvó su caballo Arión, al que había engendrado Deméter, cuando ella durante el coito había tomado la apariencia de una Erinia.

Lecito atribuido al pintor Diosphos, ca 500 - 450 a.C.:
Perseo escapa después de haber cortado la cabeza a Medusa, de cuya herida nace el caballo alado, Pegaso.
Higino, Fábulas 151, 2 (Trad. Grupo Tempe)
De Medusa, hija de Górgona, y de Neptuno, nacieron Crisáor y el caballo Pegaso.
Neptune's Horses por Walter Crane (1845-1915)

Aristófanes, Los caballeros 561-569
(Traducción Grupo Tempe)
"¡Soberano hípico Posidón, a quien el retumbar de los caballos de broncíneo galope y sus relinchos regocija, y las trirremes de azulado espolón, ven aquí al coro, dios del áureo tridente"
Neptuno calmando la tempestad, P.P. Rubens, 1635

Homero, Odisea
I, 60 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
(Habla Atenea)
¿Y a ti, Zeus Olímpico? ¿No se te conmueve el corazón? ¿No te era grato Odiseo cuando sacrificaba junto a las naves de los argivos? ¿Por que así te has airado contra él, Zeus?
Contestóle
Zeus, que amontona las nubes:
—¡Hija mía! ¡Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes? ¿ Cómo
quieres que ponga en olvido al divinal Odiseo, que por su inteligencia se señala
sobre los demás mortales y siempre ofreció muchos sacrificios a los inmortales
dioses que poseen el anchuroso cielo? Pero Poseidón, que ciñe la tierra, le
guarda vivo y constante rencor porque cegó al ciclope, al deiforme Polifemo; que
es el más fuerte de todos los ciclopes y nació de la ninfa Toosa, hija de Forcis,
que impera en el mar estéril, después que esta se unió con Poseidón en honda
cueva. Desde entonces Poseidón, que sacude la tierra, si bien no intenta matar a
Odiseo, hace que vaya errante lejos de su patria. Mas ¡ea! tratemos todos
nosotros de la vuelta del mismo y del modo como haya de llegar a su patria; y
Poseidón depondrá la cólera, que no le fuera posible contender, solo y contra la
voluntad de los dioses, con los inmortales todos.
Polifemo cegado por Ulises. Detalle de un vaso ático, mediados s.VII a.C.
© Archeological Receipts Fund, Athens.
Y detalle de un oinocoe ático ca. 510-490 a.C.

Homero, Odisea IX 375 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Entonces metí la estaca debajo del abundante rescoldo, para
calentarla, y animé con mis palabras a todos los compañeros: no fuera que
alguno, poseído de miedo, se retirase. Mas cuando la estaca de olivo, con ser
verde, estaba a punto de arder y relumbraba intensamente, fui y la saqué del
fuego; rodeáronme mis compañeros, y una deidad nos infundió gran audacia. Ellos,
tomando la estaca de olivo, hincáronla por la aguzada punta en el ojo del
Cíclope; y yo, alzándome, hacíala girar por arriba.
De la suerte que cuando un
hombre taladra con el barreno el mástil de un navío, otros lo mueven por debajo
con una correa, que asen por ambas extremidades, y aquél da vueltas
continuamente: así nosotros, asiendo la estaca de ígnea punta, la hacíamos girar
en el ojo del Ciclope y la sangre brotaba alrededor del ardiente palo. Quemóle
el ardoroso vapor párpados y cejas, en cuanto la pupila estaba ardiendo y sus
raíces crepitaban por la acción del fuego. Así como el broncista, para dar el
temple que es la fuerza del hierro, sumerge en agua fría una gran segur o un
hacha que rechina grandemente, de igual manera rechinaba el ojo del Ciclope en
torno de la estaca de olivo. Dió el Ciclope un fuerte y horrendo gemido, retumbó
la roca, y nosotros, amedrentados,
huimos prestamente; mas él se arrancó
la estaca, toda manchada de sangre, arrojóla furioso lejos de sí y se puso a
llamar con altos gritos a los Ciclopes que habitaban a su alrededor, dentro de
cuevas, en los ventosos promontorios.
Ulises escapa de Polifemo. Detalle de stamnos ático c. 490 BC. New York, Market (Sotheby's) © Sotheby's

Homero, Odisea IX 420 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Mas yo
meditaba cómo pudiera aquel lance acabar mejor y si hallaría algún arbitrio para
librar de la muerte a mis compañeros y a mí mismo. Revolví toda clase de engaños
y de artificios, como que se trataba de la vida y un gran mal era inminente, y
al fin parecióme la mejor resolución la que voy a decir. Había unos carneros
bien alimentados, hermosos, grandes, de espesa y obscura lana; y, sin desplegar
los labios, los até de tres en tres, entrelazando mimbres de aquellos sobre los
cuales dormía el monstruoso e injusto Cíclope: y así el del centro llevaba a un
hombre y los otros dos iban a entre ambos lados para que salvaran a mis
compañeros.
Tres carneros llevaban por tanto, a cada varón; mas yo viendo que había otro
carnero que sobresalía entre todas las reses, lo así por la espalda, me deslicé
al vedijudo vientre y me quedé agarrado con ambas manos a la abundantísima lana,
manteniéndome en esta postura con ánimo paciente. Así, profiriendo suspiros,
aguardamos la aparición de la divina Aurora.

Neptuno calma la tempestad, L. S. Adam, 1737
Homero, Odisea V 282 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
El
poderoso Poseidón, que sacude la tierra, regresaba entonces del país de los
etíopes y vio a Odiseo de lejos, desde los montes Solimos, pues se le apareció
navegando por el ponto. Encendióse en ira la deidad y, sacudiendo la cabeza,
habló entre sí de semejante modo:
—¡Oh dioses! Sin duda cambiaron las deidades sus propósitos en orden a Odiseo,
mientras yo me hallaba entre los etíopes. Ya está junto a la tierra de los
feacios, donde es fatal que se libre del cúmulo de desgracias que le han
alcanzado. Creo, no obstante, que aún habrán de cargar sobre él no pocos males.
Dijo; y, echando mano al tridente, congregó las nube, y turbó el mar; suscitó
grandes torbellinos de toda clase de vientos; cubrió de nubes la tierra y el
ponto, y la noche cayó del cielo. Soplaron a la vez el Euro, el Noto, el
impetuoso Céfiro y el Bóreas que, nacido en el éter, levanta grandes olas.
Entonces desfallecieron las rodillas y el corazón de Odiseo.
Ulises y Polifemo. J. M.
W. Turner

Homero, Odisea IX 507 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
(Cíclope).—¡Oh dioses! Cumpliéronse los antiguos pronósticos. Hubo aquí un adivino excelente y grande, Telémaco Aurímida, el cual descollaba en el arte adivinatoria y llegó a la senectud profetizando entre los ciclopes; éste, pues, me vaticinó lo que hoy sucede: que sería privado de la vista por mano de Odiseo. Mas esperaba yo que llegase un varón de gran estatura, gallardo, de mucha fuerza; y es un hombre pequeño, despreciable y menguado quien me cegó el ojo, subyugándome con el vino. Pero, ea, vuelve, Odiseo, para que te ofrezca los dones de la hospitalidad y exhorte al ínclito dios que bate la tierra, a que te conduzca a la patria; que soy su hijo y él se gloria de ser mi padre. Y será él, si te place, quien me curará y no otro alguno de los bienaventurados dioses ni de los mortales hombres.
Habló, pues, de esta suerte; y le contesté (Ulises) diciendo:
—¡Así pudiera quitarte el alma y la vida, y enviarte a la morada de Hades, como ni el mismo dios que sacude la tierra te curará el ojo!
Así dije. Y el Ciclope oró en seguida al soberano Poseidón alzando las manos al estrellado cielo:
—¡Oyeme, Poseidón que ciñes la tierra, dios de cerúlea cabellera! Si en verdad soy tuyo y tú te glorias de ser mi padre, concédeme que Odiseo, asolador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Itaca, no vuelva nunca a su palacio. Mas si le está destinado que ha de ver a los suyos y volver a su bien construida casa y a su patria, sea tarde y mal, en nave ajena, después de perder todos los compañeros, y se encuentre con nuevas cuitas en su morada!
Así dijo rogando, y le oyó el dios de cerúlea cabellera. Acto seguido tomó el Ciclope un peñasco mucho mayor que el de antes, lo despidió, haciendo voltear con fuerza inmensa, arrojóse detrás de nuestro bajel de azulada proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco, y las olas, empujando la embarcación hacia adelante, hiciéronla llegar a tierra firme.
Neptuno
en su carro guiado por hipocampos. Mosaico romano. Época Imperial. Túnez
Luciano, Diálogos de los
dioses del mar 2, 1, 2-4 (trad. Grupo Tempe)
Cíclope. -Padre, ¡qué sufrimiento he padecido por culpa de ese maldito extranjero! Me emborrachó y luego me cegó, atacándome mientras dormía.
Posidón.- ¿Y quién fue el que tuvo tal atrevimiento, Polifemo?
Cíclope.-Al principio se llamaba Nadie; pero una vez que huyó y estuvo fuera de tiro, dijo llamarse Odiseo. Y lo que más me indignó fue que me insultaba por mi desgracia, diciéndome: Ni tu padre, Posidón, podrá curarte.
Posidón.-Ánimo, hijo mío, que yo lo castigaré, para que sepa que, si para mí es imposible curar la privación de la vista, al menos en mis manos está la suerte de los navegantes, el salvarlos o el perderlos, y él navega todavía.
Posidón rodeado de seres marinos. Ostia. Roma

Homero, Odisea XIII, 128 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Posidón. —¡Padre Zeus! Ya no seré honrado nunca entre los inmortales dioses, puesto que no me honran en lo más mínimo ni tan siquiera los mortales, los feacios, que son de mi propia estirpe. No dejaba de figurarme que Odiseo tornaría a su patria, aunque a costa de multitud de infortunios, pues nunca le quité del todo que volviese, por considerar que con tu asentimiento se lo habías prometido; mas los feacios, llevándole por el ponto en velera nave, lo han dejado en Itaca, dormido, después de hacerle innumerables regalos: bronce, oro en abundancia vestiduras tejidas, y tantas cosas como nunca sacara de Troya si volviese indemne y después de lograr la parte que del botín le correspondiera.
Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
—¡Ah, poderoso dios que bates la tierra! ¡Qué dijiste! No te desprecian los dioses, que sería difícil herir con el desprecio al más antiguo y más ilustre. Pero si deja de honrarte alguno de los hombres, por confiar en sus fuerzas y en su poder, está en tu mano tomar venganza. Obra, pues, como quieras y a tu ánimo le agrade.
Contestóle Poseidón, que sacude la tierra:
—Al punto hubiera obrado como me aconsejas, oh dios de las sombrías nubes, pero me espanta tu cólera y procuro evitarla. Ahora quiero que naufrague en el obscuro ponto la bellísima nave de los feacios que vuelve de conducir a aquél -con el fin de que en adelante se abstengan y cesen de llevar a los hombres- y cubrir luego la vista de la ciudad con una gran montaña.
Repuso Zeus, que amontona las nubes:
—¡Oh querido! Tengo para mi que lo mejor será que, cuando los ciudadanos están mirando desde la población cómo el barco llega, lo tornes un Peñasco, junto a la costa, de suerte que guarde la semejanza de una velera nave, para que todos los hombres se maravillen, y cubras luego la vista de la ciudad con una gran montaña.
Apenas lo oyó Poseidón, que sacude la tierra, fuese a Esqueria, donde viven los feacios, y allí se detuvo. La nave, surcadora del ponto, se acercó con rápido impulso, y el que sacude la tierra, saliéndole al encuentro, la tornó un peñasco y de un puñetazo hizo que echara raíces en el suelo, después de lo cual fuése a otra parte.
J. S. Copley, El retorno de Neptuno

Virgilio, Eneida I, 133ss. (trad. Grupo Tempe)
¿Ya revolvéis el cielo y la tierra sin mi permiso, vientos, y os atrevéis a levantar moles tan grandes? Marchaos ya de aquí y decid esto a vuestro rey: el gobierno del mar y el cruel tridente no a él, sino a mí los confió la suerte; que se jacte Éolo en la cerrada cárcel de los vientos.
Así habla, y antes de decirlo aplaca el mar hinchado y dispersa el montón de nubes y vuelve a traer el sol, serena el mar y recorre la cresta de las olas con sus ruedas ligeras.
DOMENICHINO and assistants, 'Apollo and Neptune advising Laomedon on the Building of Troy', 1616-18. The National Gallery of London

Higino (Fábulas 89, 1-2). Trad. Grupo
Tempe
"Se dice que Neptuno y Apolo rodearon Troya con una muralla. El rey Laomedonte prometió solemnemente que inmolaría en su honor todo el ganado que naciese ese año en su reino. No cumplió esa promesa por avaricia. Por este motivo. Neptuno envió un monstruo marino que arruinara Troya, a causa de lo cual el rey envió a consultar el oráculo de Apolo. Apolo, irritado, respondió que la epidemia tendría fin si las doncellas de los troyanos eran ofrendadas al monstruo marino.
Posidón, Apolo y Ártemis, friso este del Partenón. 448–429 a.C. Museo de la Acrópolis
Homero,
Ilíada
7, 445-463
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Los dioses sentados a la vera de Zeus fulminador contemplaban la grande obra de los aqueos de broncíneas corazas: y Poseidón que sacude la tierra, empezó a decirles:
—¡Padre Zeus! ¿Cuál de los mortales de la vasta tierra consultará con los dioses sus pensamientos y proyectos? ¿No ves que los aqueos, de larga cabellera, han construido delante de las naves un muro con su foso, sin ofrecer a los dioses hecatombes perfectas? La fama de este muro se extenderá tanto como la luz de la aurora; y se echará en olvido el que labramos Febo Apolo y yo, cuando con gran fatiga construimos la ciudad para el héroe Laomedonte.
Zeus, que amontona las nubes, respondió indignado:
— ¡Oh dioses! ¡Tú, prepotente batidor de la tierra, qué palabras proferiste! A
un dios muy inferior en fuerza, y ánimo podría asustarle tal pensamiento; pero
no a ti, cuya fama se extenderá tanto como la luz de la aurora. Ea, cuando los
aqueos, de larga cabellera, regresen en las naves a su patria, derriba el muro,
arrójalo entero al mar, y enarena otra vez la espaciosa playa para que
desaparezca la gran muralla aquiva.
Neptuno
a caballo, Werner Jacobsz. Van Den Valckert
Homero,
Ilíada
12, 10-33
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Mientras vivió Héctor, estuvo Aquileo irritado y la ciudad del rey Príamo no fue expugnada, la gran muralla de los aqueos se mantuvo firme. Pero cuando hubieron muerto los más valientes teucros, de los argivos, unos perecieron y otros se salvaron, la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año, y los argivos se embarcaron para regresar a su patria; Poseidón y Apolo decidieron arruinar el muro con la fuerza de los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo, el Careso, el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el Simois, en cuya ribera cayeron al polvo muchos cascos, escudos de boyuno cuero y la generación de los hombres semidioses.—Febo Apolo desvió el curso de los ríos y dirigió sus corrientes a la muralla por espacio de nueve días, y Zeus no cesó de llover para que más presto se sumergiese en el mar. Iba al frente de aquellos el mismo Poseidón que bate la tierra, con el tridente en la mano, y tiró a las olas los cimientos de troncos y piedras que con tanta fatiga echaron los aquivos, arrasó la orilla del Helesponto de rápida corriente, enarenó la gran playa en que estuvo el destruido muro, y volvió los ríos a los cauces por donde discurrían sus cristalinas aguas.

Stamnos
Ático, atribuido al pintor Troilo, ca. 500-475 a.C.
Homero, Odisea IV 495 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Ayante sucumbió con sus naves de largos remos: primeramente acercóle Poseidón a las grandes rocas Giras, sacándole incólume del mar; y se librara de la muerte, aunque aborrecido de Atenea, si no hubiese soltado una expresión soberbia que le ocasionó gran daño: dijo que, aun a despecho de los dioses, escaparía del gran abismo del mar. Poseidón oyó sus jactanciosas palabras, y, al instante, agarrando con las robustas manos el tridente, golpeó la roca Girea y partióla en dos: uno de los pedazos quedó allí, y el otro, en el cual hubo de sentarse Ayante anteriormente para recibir gran daño, cayó en el piélago y llevóse al héroe al inmenso y undoso ponto. Y allí murió, después de engullir la salobre agua del mar.
J.-Ch. J. Rémond, Neptune's Grotto, Tivoli. 1833

Pausanias VII 24,
5-6
(Trad. Grupo Tempe)
Allí estuvo situada la ciudad de Hélice y los jonios tienen un santuario muy sagrado de Posidón Heliconio. Algún tiempo después, los aqueos arrancaron del santuario a unos suplicantes y les dieron muerte, pero no se demoró la cólera de Posidón, sino que inmediatamente un seísmo destruyó la región e hizo desaparecer los edificios y con ellos los cimientos mismos de la ciudad para la posteridad.
Muerte de Hipólito por Sir Lawrence Alma Tadema, 1860

Eurípides, Hipólito 887-898 (Trad. Grupo Tempe)
Teseo.-¡Oh padre Posidón, mata a mi hijo y que no escape a este día, si las maldiciones que me concediste eran claras!
Corifeo.-¡Señor, por los dioses, retira esa maldición!
Teseo.-Imposible. Y además le expulsará de esta tierra y recibirá el golpe de uno de estos dos destinos: o Posidón le enviará muerto a las moradas de Hades, por consideración a mis súplicas o, errante por un país extranjero, soportará una vida miserable.
Apolodoro, Epítome I, 19 (Trad. M. Rodríguez de Sepúlveda)
Así, cuando éste (Hipólito) corría guiando su carro cerca del mar. Posidón hizo surgir del oleaje un toro y al espantarse los caballos el carro se estrelló. Hipólito, enredado con las riendas, murió arrastrado.
Noël HALL,
Disputa
entre Minerve y Neptune,1748.
Museo del Louvre. París
Apolodoro,
Biblioteca III, 14, 1 (Trad. Grupo Tempe)
Los dioses decidieron ocupar las ciudades en las que cada cual iba a recibir un culto especial. Así Posidón fue el primero en llegar al Ática y de un golpe de su tridente hizo aparecer en medio de la acrópolis el mar. Tras él llegó Atenea y plantó el olivo. Al producirse una disputa entre ambos a propósito de la región, Zeus los separó y les puso como árbitros a los dioses. De acuerdo con su veredicto, se adjudicó la región a Atenea, la primera en plantar el olivo. Posidón, lleno de cólera en su corazón, inundó la llanura Triasia y sumergió el Ática bajo el mar.

Véanse otras versiones de la disputa y el comentario pertinente
Atenea y Posidón
Detalle de un ánfora, ca 540 - 530 a.C.
Portada del reciente libro de P. Vidal-Naquel, La Atlántida (Madrid, Akal, 2006)

Platón, Critias 113 b-113e (Trad. Grupo Tempe)
Tal como se ha dicho, los dioses se distribuyeron la tierra en lotes mayores o más pequeños. Posidón, que obtuvo en sorteo la isla de la Atlántida, estableció en ella a los descendientes suyos que había engendrado en una mujer mortal. Cerca del mar había una llanura, la más hermosa por su excelencia y suficiente por su fertilidad. A su vez cerca de la llanura había un monte de altitud media, su habitante era uno de los hombres que nacieron de la tierra llamado Evénor y vivía con una mujer llamada Leucipe. Los dos engendraron únicamente a Clío. Cuando ya estaba en edad de recibir a varón, murieron su madre y su padre y entonces Posidón entró en deseo de ella y se le unió. Entonces la colina en que vivía el dios la convirtió n un cercado que la rodeaba por completo, un lugar inaccesible para los hombres porque todavía no había barcos ni navegación; él lo arregló en el centro de la isa sin esfuerzo como dios que era e hizo venir de debajo de la tierra dos fuentes, una de agua caliente y otra fría, y él ofreció de esa manera alimento de toda clase en cantidad suficiente.
Teseo en el Palacio de Posidón ca 480 - 470 a.C.
Dóride, Nereo, Posidón, Teseo y Anfitrite.

Eurípides, Hipólito 887-898 (Traducción: Grupo Tempe)
Teseo.-¡Oh padre Posidón, mata a mi hijo y que no escape a este día, si las maldiciones que me concediste eran claras!
Corifeo.-¡Señor, por los dioses, retira esa maldición!
Teseo.-Imposible. Y además le expulsará de esta tierra y recibirá el golpe de uno de estos dos destinos: o Posidón le enviará muerto a las moradas de Hades, por consideración a mis súplicas o, errante por un país extranjero, soportará una vida miserable.
Hebe o Iris en el centro, a la izquierda Posidón con un pescado, Kýlix, ca. 500 a.C.

Homero, Ilíada XV 158 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
(Habla Zeus)
—¡Anda, ve, rápida Iris! Anuncia esto al soberano Poseidón y no seas mensajera falaz. Mándale que, cesando de pelear y combatir, se vaya a la mansión de los dioses o al mar divino. Y si no quiere obedecer mis palabras y las desprecia, reflexione en su mente y en su corazón si, aunque sea poderoso, se atreverá a esperarme cuando me dirija contra él; pues le aventajo mucho en fuerza y edad, por más que en su ánimo se crea igual a mí, a quien todos temen.
De este modo habló. La veloz Iris, de pies veloces como el viento, no desobedeció; y bajó de los montes ideos a la sagrada Ilión... Así le dijo:
—Vengo, oh Poseidón, el de cerúlea cabellera, a traerte un mensaje de parte de Zeus, que lleva la égida. Te manda que, cesando de pelear y combatir, te vayas a la mansión de los dioses o al mar divino. Y si no quieres obedecer sus palabras y las desprecias, te amenaza con venir a luchar contigo y te aconseja que evites sus manos; porque dice que te supera mucho en fuerza y edad, por más que en tu ánimo te creas igual a él, a quien todos temen.
Respondióle muy indignado el ínclito Poseidón, que bate la tierra:
—¡Oh dioses! Con soberbia habla, aunque sea valiente, si dice, que me sujetará
por fuerza y contra mi querer, a mí, que disfruto de sus mismos honores. Tres
somos los hermanos nacidos de Rea y de Cronos: Zeus, yo y el tercero Hades, que
reina en los infiernos. El universo se dividió en tres partes para que cada cual
imperase en la suya. Yo obtuve por suerte habitar siempre en el espumoso y
agitado mar, tocáronle a Hades las tinieblas sombrías, correspondió a Zeus el
anchuroso cielo en medio del éter y las nubes; pero la tierra y el alto Olimpo
son de todos. Por tanto, no obraré según lo decida Zeus; y éste, aunque sea
poderoso, permanezca tranquilo en la tercia parte que le pertenece. No pretenda
asustarme con sus manos como si tratase con un cobarde. Mejor fuera que con esas
vehementes palabras riñese a los hijos e hijas que engendró, pues éstos tendrían
que obedecer necesariamente lo que les ordenare.
Replicó la veloz Iris, de pies veloces como el viento:
—¿He de llevar a Zeus, oh Poseidón, el de cerúlea cabellera, una respuesta tan
dura y fuerte? ¿No querrías modificarla? La mente de los sensatos es flexible.
Ya sabes que las Erinies se declaran siempre por los de más edad.
Contestó Poseidón, que sacude la tierra:
—¡Diosa Iris! Muy oportuno es cuanto acabas de decir. Bueno es que el mensajero
comprenda lo que es conveniente. Pero el pesar me llega al corazón y al alma,
cuando aquél quiere increpar con iracundas voces a quien el hado hiciera su
igual en suerte y destino. Ahora cederé, aunque estoy irritado. Mas te diré otra
cosa y haré una amenaza: si a despecho de mí, de Atenea, que impera en las
batallas, de Hera, de Hermes y del rey Hefesto, conservare la excelsa Ilión e
impidiere que, destruyéndola, alcancen los argivos una gran victoria, sepa que
nuestra ira será implacable.
Posidón e Iris, ca. 475 a.C.
Cuando esto hubo dicho, el dios que bate la tierra desamparó a los aqueos y se sumergió en el mar; pronto los héroes aquivos le echaron de menos.
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Detalle de un vaso ca. 525-475 BC © Museo Nazionale Tarquiniese

Himno Homérico a Afrodita 21-32
(Traducción Alberto Bernabé Pajares)
Tampoco a la veneranda virgen le agradan las acciones de Afrodita, a Hestia, a la que engendró la primera Crono, el de curva hoz, y después la última, según el designio de Zeus egidífero; la augusta deidad a la que pretendían Posidón y Apolo. Pero ella no consentía en absoluto, sino que los rechazó con firmeza y pronunció un solemne juramento, que, en efecto, se ha cumplido, tocando la cabeza del padre Zeus egidífero: que sería virgen el resto de sus días, divina entre las diosas. El padre Zeus le concedió un hermoso privilegio en vez de las bodas, así que ella se asentó en el centro del hogar, recibiendo así la grasa de las ofrendas. En todos los templos de los dioses es objeto de honor y entre todos los mortales se la tiene por la más venerable entre las diosas.
Francisco
de Goya, El Sacrificio Vesta 1771. Colección privada
Píndaro, Nemeas XI 1-9
(Traducción Grupo Tempe)
Hija de Rea, que tutelas las pritanías, Hestia, hermana del excelso Zeus y de Hera, con él entronizada, dispensa buena acogida en tu santuario a Aristágoras, y buena asimismo, junto a tu espléndido cetro, a sus compañeros que, mientras te honran, con rectitud guardan Ténedos.
A menudo con libaciones te veneran, como la primera entre las diosas, y a menudo también con el humo de los sacrificios; en tu honor resuenan la lira y el canto y se observa la ley de Zeus hospitalario en mesas siempre provistas.
Ruinas del Templo de Vesta en Roma

Ovidio, Fastos VI, 291-298
(Traducción Grupo Tempe)
Vesta no es otra que la llama viva,
y ya ves cómo
de la llama no nace ningún cuerpo. Con todo derecho es, pues, ella una virgen,
que ni recibe ni proporciona simiente alguna, y a quien le gusta tener
compañeras de su virginidad. Durante mucho tiempo, ¡tonto de mí!, he creído que
existían imágenes de Vesta. Después me he enterado de que bajo la curvada cúpula
de su templo no había ninguna. Lo que en el santuario se oculta es el fuego
inextinguible: ni el fuego ni Vesta tienen imagen alguna.
Tiziano. Una alegoría, quizás del Matrimonio, con Vesta e Hymen como protectores y consejeros de la unión de Venus y Marte

Virgilio, Geórgicas IV, 384-386 (Trad. Grupo Tempe)
... por tres veces salpicó a la ardiente Vesta con el claro néctar, por tres veces la llama ascendió y brilló en lo alto del techo.
Virgilio, Eneida V, 743-745 (Trad. Grupo Tempe)
Esto diciendo aviva la ceniza y los fuego dormidos, y al Lar de Pérgamo y los sagrarios de la canosa Vesta venera suplicante con harina piadosa y un incensario lleno
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El camino a Eleusis
Fotos, cortesía de Aítor Blanco, Verano 2007. Véase otro viaje a Eleusis

Himno a Deméter 90 ss. (Traducción de Alberto Bernabé Pajares)
Pero a ella un dolor más cruel y más perro le llegó al ánimo. Irritada contra el Cronión, amontonador de nubarrones, tras apartarse en seguida de la asamblea de los dioses y del grande Olimpo, marchó a las ciudades de los hombres y a sus pingües cultivos, desfigurando por mucho tiempo su aspecto. Ninguno de los hombres ni de las mujeres de ajustada cintura la reconocían al verla, hasta cuando llegó a la morada del prudente Céleo, que era por entonces señor de Eleusis, fragante de Incienso.

Se sentó a la vera del camino, afligida en su corazón, en el pozo Partenio, de donde sacaban agua los de la ciudad. A la sombra, pues por encima de ella crecía la espesura de un olivo, y con el aspecto de una anciana muy vieja, que está ya lejos del parto y de los dones de Afrodita amante de las coronas, como son las nodrizas de los hijos de los reyes que dictan sentencias, y las despenseras en sus moradas llenas de ecos.
La vieron las hijas de Céleo, el Eleusínida, cuando iban a por el agua cómoda de sacar, para llevársela en broncíneas cántaras a las moradas de su padre...

...la diosa puso sus pies sobre el umbral (de la casa de Céleo) y su cabeza tocó el techo. Llenó las puertas con su divino resplandor. Le cedió su sitial (Metanira, la esposa de Céleo) y la invitó a sentarse. Mas no quiso Deméter, dispensadora de las estaciones, la de espléndidos dones, sentarse sobre el resplandeciente sitial, sino que permanecía taciturna, fijos en tierra sus bellos ojos, hasta que la diligente Yambe dispuso para ella un bien ajustado asiento y lo cubrió por encima con un vellón blanco como la plata.

Sentada allí, se echó el velo por delante con sus manos. Largo rato, silenciosa, apesadumbrada, estuvo sentada sobre su asiento y a nadie se dirigió ni de palabra ni con su gesto. Sin una sonrisa, sin probar comida ni bebida, se estuvo sentada, consumida por la nostalgia de su hija de ajustada cintura, hasta que la diligente Yambe, con sus chanzas y sus muchas bromas, movió a la sacra soberana a sonreír, a reír y a tener un talante propicio, ella que también luego, más adelante, agradó a su modo de ser.

Metanira le dio una copa de vino dulce como la miel, una vez que la llenó. Pero ella rehusó, pues decía que no le era lícito beber rojo vino. Le instó, en cambio, a que le sirviera para beber harina de cebada y agua, después de mezclarla con tierno poleo.
Y ella, tras preparar el ciceón, se lo dio a la diosa como le había encargado. Al aceptárselo, inauguró el rito la muy augusta Deó. Y entre ellas comenzó a hablar Metanira...
(Habla Deméter) -De tu hijo (del de Metanira) me ocuparé de buen grado, como me encargas. Lo criaré y no le hará daño, por negligencias de su nodriza, espero, el maleficio ni la hierba venenosa. Pues conozco un antídoto mucho más poderoso que el cortador de hierba y conozco un excelente amuleto contra el muy penoso maleficio.
Metanira:

-¡Hijo mío, Demofoonte! ¡La extranjera te oculta en un gran fuego y me sume en llanto y en crueles preocupaciones!
Así dijo, angustiada, y la oyó la divina entre las diosas. Irritada contra ella, Deméter, la de hermosa corona, al hijo amado al que ella había engendrado, inesperado, en el palacio, lo dejó con sus manos inmortales lejos de sí, en el suelo, tras sacarlo del fuego, terriblemente encolerizada en su ánimo. Y al tiempo le dijo a Metanira, la de hermosa cintura:
-¡Hombres ignorantes, ofuscados para prever el destino de lo bueno y lo malo que os acucia. También tú, efectivamente, por tus insensateces has causado un desastre irreparable. Sépalo, pues, el agua inexorable de la Éstige, por la que los dioses juran. Inmortal y desconocedor por siempre de la vejez iba a hacer a tu hijo, e iba a concederle un privilegio imperecedero. Mas ahora no es posible que escape a la muerte y al destino fatal.
Con todo, un privilegio imperecedero tendrá por siempre, a causa de que estuvo subido en mis rodillas y se durmió en mis brazos. En las debidas estaciones, cuando los años cumplan su ciclo, los hijos de los eleusinos trabarán en su honor un combate y una lucha terrible entre sí por siempre, por el resto de sus días.

Soy Deméter, la venerada, que proporciona el mayor provecho y alegría a inmortales y mortales. Pero ¡ea!, que todo el pueblo me erija un gran templo y un altar dentro de él, al pie de la ciudadela y del elevado muro, por cima del Calícoro, sobre una eminencia de la colina. Los ritos, los fundaré yo misma, para que en lo sucesivo, celebrándolos piadosamente, aplaquéis mi ánimo.
Dicho esto, la diosa cambió de estatura y de aspecto, rechazando la vejez. En su torno y por doquier respiraba belleza. Un aroma encantador de su fragante templo se esparcía. De lejos brillaba la luminosidad del cuerpo inmortal de la diosa. Sus rubios cabellos cubrían sus hombros, y la sólida casa se llenó de un resplandor como el de un relámpago.
....Ellos de inmediato obedecieron, y prestaban oído a lo que decía; así que lo construyeron como había ordenado, y fue progresando según la voluntad de la diosa.
...Mientras, la rubia Deméter, sentada allí aparte de los Bienaventurados todos, permanecía consumida por la nostalgia de su hija de ajustada cintura.
Hizo que aquel fuera el año más espantoso para los hombres sobre la tierra fecunda, y el más perro de todos, pues la tierra ni siquiera hacía medrar semilla alguna, ya que las ocultaba Deméter, la bien coronada. Muchos corvos arados arrastraban en vano los bueyes sobre los labrantíos y mucha cebada blanca cayó, inútil, a tierra.
De seguro habría hecho perecer a la raza toda de los hombres de antaño por la terrible hambre, y habría privado del magnífico honor de las ofrendas y sacrificios a los que ocupan olímpicas moradas, si Zeus no se hubiese percatado y lo hubiera meditado en su ánimo.

(Después de haber recuperado a Perséfone, Zeus envía a Iris, la mensajera de los dioses, quien dirige estas palabras a Deméter)
-¡Aquí, hija! Te llama Zeus tonante, cuya voz se oye de lejos, para que vayas junto a las estirpes de los dioses. Prometió que te daría las honras que quisieras entre los dioses inmortales. Accedió asimismo a que tu hija permaneciera la tercera parte del transcurso del año bajo la nebulosa tiniebla, <pero las otras dos junto a ti y a los demás> inmortales. <Aseguró que esto se cum>plirá y lo confirmó con una señal de su cabeza. Así que ven, hija mía, y obedécele. No sigas constantemente irritada, fuera ya de lugar, contra el Cronión amontonador de nubarrones, sino haz crecer en seguida el fruto que da vida a los hombres.
Así habló. Y no desobedeció la bien coronada Deméter. En seguida hizo surgir el fruto de los labrantíos de glebas fecundas. La ancha tierra se cargó toda de frondas y flores.
Ruinas del Telesterion, donde se celebraban los Misterios

Y ella se puso en marcha y enseñó a los reyes que dictan sentencias, a Triptólemo, a Diocles, fustigador de corceles, al vigor de Eumolpo, y a Céleo, caudillo de huestes, el ceremonial de los ritos y les reveló los hermosos misterios, misterios venerables que no es posible en modo alguno trasgredir, ni averiguar, ni divulgar, pues una gran veneración por las diosas contiene la voz.
¡Feliz
aquel de entre los hombres que sobre la tierra viven que llegó a contemplarlos!
Mas el no iniciado en los ritos, el que de ellos no participa, nunca tendrá un
destino semejante, al menos una vez muerto, bajo la sombría tiniebla.
Así pues, cuando los hubo instruido en todo la divina entre las diosas, se pusieron en marcha hacia el Olimpo a la asamblea de los demás dioses. Allí habitan, junto a Zeus, que se goza con el rayo, augustas y venerables.
¡Muy feliz aquel de los hombres que sobre la tierra viven a quien ellas benévolamente aman! ¡En seguida le envían a su gran morada, para que se asiente en su hogar, a Pluto, que concede a los mortales la riqueza!
Pero, ¡ea!, vosotras que poseéis el pueblo de Eleusis fragante de incienso, Paros, ceñida por el oleaje y la rocosa Antrón: augusta soberana de hermosos dones, Deó, dispensadora de las estaciones, tú y tu hija, la bellísima Perséfone, concededme, benévolas, en pago de mi canto la deseada prosperidad, que yo me acordaré también de otro canto y de ti.


"¡Dichoso el que contempla aquello y luego va bajo tierra! Conoce ya el fin de la vida y conoce su comienzo, que Zeus da" (Píndaro, Fr. 131. Trad. E. Suárez de la Torre)
"Tres veces felices son aquellos de los mortales que habiendo visto tales ritos parten al Hades, pues solamente para ellos hay seguridad de llevar allí una vida verdadera. Para el resto todo allí es maligno" (Sófocles, Fr. 837).
Deméter, Triptólemo y Core

Apolodoro, Biblioteca I, 5 (Traducción de Julia García Moreno)

A Triptólemo, el mayor de los hijos de Metanira, le procuró un carro de dragones alados y le entregó trigo, con el que, remontándose a través del cielo, sembró toda la tierra habitada. Sin embargo, Paniasis asegura que Triptólemo es hijo de Eleusis, pues afirma que Deméter se unió a él. En cambio Ferécides dice que es hijo de Océano y Gea.
Deméter entrega las semillas a Triptólemo
Triptólemo en el carro
Cicerón, Verrinas IV, 48 y 49 (Traducción Grupo Tempe)
Es una vieja creencia que descansa en escritos y monumentos antiquísimos de los griegos el que toda la isla de Sicilia está consagrada a Ceres y Líbera. Y así, creen que las citadas diosas nacieron en aquellos lugares y que los cereales se encontraron en aquella tierra por primera vez y que Líbera, a la que llaman igualmente Prosérpina, fue raptada del bosque de los henenses, un lugar que, por estar situado en el centro de la isla, se le conoce como el ombligo de Sicilia. Al querer Ceres seguirle la pista, recorrió todo el orbe de las tierras.
Debido a la antigüedad de esta creencia, existe un extraordinario culto de Ceres Henense en toda Sicilia, privada y públicamente. Parece que además de habitar esta isla, la habita y custodia.
Ante el templo de Ceres hay dos estatuas, una de Ceres y otra de Triptólemo, muy bellas y grandes.
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Detalle de un vaso ático, ca. 440 a.C. © Antikensammlungen, Munich Licence
Tablilla de Pilo (PY Tn 316.8s.)
(Traducción Grupo Tempe)
En Pilo: para Hermes Areias, un vaso de oro, un hombre. Se celebra una consagración en el santuario de Zeus, se portan presentes y se conducen víctimas. Para Zeus, un vaso de oro, un hombre; para Hera, un vaso de oro, una mujer.
Hera sentada, ca. 500 a.C. - 475 a.C.

Himno Homérico XII a Hera
(Traducción de A. Bernabé)
Canto a Hera, la de áureo trono, a la que engendró Rea, a la reina inmortal, dotada de suprema hermosura, de Zeus tonante hermana y esposa, la gloriosa, a la que honran reverentes todos los Bienaventurados por el vasto Olimpo, por igual que a Zeus, que se goza con el rayo.
Hereon en Argos (Pausanias II 17, 1, 4-5)
(Traducción M. C. Herrero Ingelmo)
A la izquierda de Micenas, a una distancia de quince estadios, está el Hereo,
La imagen de Hera está sentada en un trono, es de
gran tamaño, de oro y marfil, y obra de Policleto; encima tiene una corona con
las Cárites y las Horas labradas, y en una mano lleva una granada y en la otra
un cetro. Voy a dejar de lado lo relativo a la granada –pues es una historia de
la que no se puede hablar–. En cuanto al cuco que está sentado en el cetro, lo
explican diciendo que Zeus, estando enamorado de Hera cuando era virgen, se
transformó en este pájaro, y que ella lo cazó como juguete.

Esta leyenda y todas las cosas semejantes que se dicen acerca de los dioses las refiero aunque no las acepto, pero, sin embargo, las escribo.
Se dice que la imagen que está junto a Hera es Hebe, obra de Naucides, también ésta de oro y marfil, y al lado de ella está sobre una columna una imagen antigua de Hera. La más antigua está hecha de madera de peral silvestre y fue ofrendada en Tirinte por Piraso, hijo de Argos, pero los argivos, cuando destruyeron Tirinte, se la llevaron al Hereo; yo mismo la vi: es una imagen pequeña sedente.
Hereon en Samos (Pausanias VII 4, 4)
(Traducción Grupo Tempe)
Hay quienes dicen que el santuario de Hera en Samos lo fundaron los que navegaban en la Argo, y que ellos llevaron la imagen de Argos. Pero los samios consideran que la diosa nació en la isla, junto al río Ímbraso y al pie de la mimbrera que crece todavía en mi tiempo en el Hereo. Este santuario está entre los más antiguos, sobre todo a juzgar por la imagen.
Estatua de Hera procedente de Samos, ca. 560 a.C.
Hera y Zeus. Templo de Hera en Selinunte, ca 470-460 a.C.
Homero, Ilíada
I, 560 ss.
(Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
Contestó Zeus, que amontona las nubes:
— ¡Ah desdichada! Siempre sospechas y de ti no me oculto. Nada, empero, podrás
conseguir sino alejarte de mi corazón; lo cual todavía te será más duro. Si es
cierto lo que sospechas, así debe de serme grato. Pero, siéntate en silencio;
obedece mis palabras. No sea que no te valgan cuantos dioses hay en el Olimpo,
si acercándome te pongo encima las invictas manos.
Tal dijo. Hera veneranda, la de los grandes ojos, temió; y refrenando el coraje, sentóse en silencio. Indignáronse en el palacio de Zeus los dioses celestiales. Y Hefesto, el ilustre artífice, comenzó a arengarles para consolar a su madre Hera, la de los níveos brazos:
—Funesto e insoportable será lo que ocurra, si vosotros disputáis así por los mortales y promovéis alborotos entre los dioses; ni siquiera en el banquete se hallará placer alguno, porque prevalece lo peor. Yo aconsejo a mi madre, aunque ya ella tiene juicio, que obsequie al padre querido, para que éste no vuelva a reñirla y a turbarnos el festín. Pues si el Olímpico fulminador quiere echarnos del asiento... nos aventaja mucho en poder. Pero halágale con palabras cariñosas y pronto el Olímpico nos será propicio.
De este modo habló, y tomando una copa doble,
ofrecióla a su madre, diciendo:
—Sufre, madre mía, y sopórtalo todo aunque estés afligida; que a ti, tan
querida, no te vean mis ojos apaleada, sin que pueda socorrerte, porque es
difícil contrarrestar al Olímpico. Ya otra vez que te quise defender, me asió
por el pie y me arrojó de los divinos umbrales. Todo el día fui rodando y a la
puesta del sol caí en Lemnos. Un poco de vida me quedaba y los sinties me
recogieron tan pronto como hube caído.
Juno, Rembrandt, Harmenszoon van Rijn, 1660-1665

Homero, Ilíada IV, 50 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
Contestó Hera veneranda, la de los grandes ojos:
—Tres son las ciudades que más quiero: Argos, Esparta y Micenas, la de anchas
calles; destrúyelas cuando las aborrezca tu corazón, y no las defenderé, ni me
opondré siquiera. Y si me opusiere y no te permitiere destruirlas, nada
conseguiría, porque tu poder es muy superior. Pero es preciso que mi trabajo no
resulte inútil. También yo soy una deidad, nuestro linaje es el mismo y el
artero Cronos engendróme la más venerable, por mi abolengo y por llevar el
nombre de esposa tuya de ti, que reinas sobre los inmortales todos. Transijamos,
yo contigo y tú conmigo, y los demás dioses nos seguirán. Manda presto a Atenea
que vaya al campo de la terrible batalla de los teucros y los aqueos; y procure
que los teucros empiecen a ofender, contra lo jurado, a los envanecidos aqueos.
Homero, Ilíada XIV, 214 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
(Afrodita) desató del pecho el cinto bordado, de variada labor, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Púsolo en las manos de Hera, y pronunció estas palabras:
—Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que te propongas.
….Hera subió ligera al Gárgaro, la cumbre más alta del Ida; Zeus, que amontona las nubes, la vio venir; y apenas la distinguió, enseñoreóse de su prudente espíritu el mismo deseo que cuando gozaron las primicias del amor, acostándose a escondidas de sus padres. Y así que la tuvo delante, le habló diciendo:
—¡Hera! ¿A dónde vas, que tan presurosa vienes del Olimpo, sin los caballos y el carro que podrían conducirte?
Respondióle dolosamente la venerable Hera:
— Voy a los confines de la fértil tierra, a ver a Océano, padre de los dioses, y
a la madre Tetis, que me recibieron de manos de Rea y me criaron y educaron en
su palacio. Iré a visitarlos para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se
privan del amor y del tálamo, porque la cólera anidó en sus corazones. Tengo al
pie del Ida los corceles que me llevarán por tierra y por mar, y vengo del
Olimpo a participártelo; no fuera que te enfadaras si me encaminase, sin
decírtelo, al palacio del Océano, de profunda corriente.
Hera seduce a Zeus en el Monte Ida (James Barry, 1741-1806)

Contestó Zeus, que amontona las nubes:
— ¡Hera! Allá se puede ir más tarde. Ea, acostémonos y gocemos del amor. Jamás
la pasión por una diosa o por una mujer se difundió por mi pecho, ni me avasalló
como ahora: nunca he amado así, ni a la esposa de Ixión, que parió a Parítoo,
consejero igual a los dioses; ni a Dánae, la de bellos talones, hija de Acrisio,
que dio a luz a Perseo, el más ilustre de los hombres, ni a la celebrada hija de
Fénix, que fue madre de Minos y de Radamantis, igual a un dios; ni a Semele, ni
a Alemena en Tebas, de la que tuve a Heracles, de ánimo valeroso, y de Semele a
Dióniso, alegría de los mortales: ni a Deméter, la soberana de hermosas trenzas,
ni a la gloriosa Leto, ni a ti misma: con tal ansia te amo en este momento y tan
dulce es el deseo que de mí se apodera.
Replicóle dolosamente la venerable Hera:
— ¡Terribilísimo Cronión! ¡Qué palabras proferiste! ¡Quieres acostarte y gozar
del amor en las cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué ocurriría si alguno
de los sempiternos dioses nos viese dormidos y lo manifestara a todas las
deidades? Yo no volvería a tu palacio al levantarme del lecho; vergonzoso fuera.
Mas si lo deseas y a tu corazón es grato, tienes la cámara que tu hijo Hefesto
labró cerrando la puerta con sólidas tablas que encajan en el marco. Vamos a
acostarnos allí, ya que folgar te place.
Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
— ¡Hera! No temas que nos vea ningún dios ni hombre: te cubriré con una nube
dorada que ni el Sol, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría
atravesar para mirarnos.
Dijo el Cronión, y estrechó en sus brazos a la esposa. La tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo. Acostáronse allí y cubriéronse con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío.
Tan tranquilamente dormía el padre sobre el alto Gárgaro...
Correggio. The Punishment of Juno. View of the ceiling (detail). c.1519. Fresco. San Paolo Camera, Parma, Italy.
Homero, Ilíada
XV, 1 ss. (Traducción
de Luis Segalá y Estalella)
...En aquel instante despertó Zeus en la cumbre del Ida, al lado de Hera, la de áureo trono. Levantóse y vio a los teucros perseguidos por los aqueos, que los ponían en desorden; y entre éstos, al soberano Poseidón. Vio también a Héctor tendido en la llanura y rodeado de amigos, jadeante, privado de conocimiento, vomitando sangre; que no fue el más débil de los aqueos quien le causó la herida. El padre de los hombres y de los dioses, compadeciéndose de él miró con torva y terrible faz a Hera, y así le dijo:
—Tu engaño, Hera maléfica
e incorregible, ha hecho que Héctor dejara de combatir y que sus tropas se
dieran a la fuga. No sé si castigarte con azotes, para que seas la primera en
gozar de tu funesta astucia. ¿Por ventura no te acuerdas de cuando estuviste
colgada en lo alto y puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos áureas e
irrompibles esposas? Te hallabas suspendida en medio del éter y de las nubes,
los dioses del vasto Olimpo te rodeaban indignados, pero no podían desatarte —si
entonces llego a coger a alguno, le arrojo de estos umbrales y llega a la tierra
casi sin vida—, y yo no lograba echar del corazón el continuo pesar que sentía
por el divino Heracles, a quien tú, produciendo una tempestad con el auxilio del
Bóreas arrojaste con perversa intención al mar estéril y llevaste luego a la
populosa Cos, allí le libré de los peligros y le conduje nuevamente a la Argólide, criadora de caballos, después que hubo padecido muchas fatigas. Te lo
recuerdo para que pongas fin a tus engaños y sepas si te será provechoso haber
venido de la mansión de los dioses a burlarme con los goces del amor.
Hera con un caballito, s. VI a.C.
Pausanias IX 2, 7 – 3, 1-8 (Traducción de M. C. Herrero Ingelmo)
...Dicen que Hera, irritada con Zeus por el motivo que fuera, se retiró a Eubea, y que Zeus, como no podía persuadirla, fue a ver a Citerón, que era señor entonces de Platea y no era inferior en sabiduría a nadie. Citerón aconsejó a Zeus que hiciera una imagen de madera y la llevara cubierta sobre una yunta de bueyes, y que dijera que se casaba con Platea, hija de Asopo. Él actuó siguiendo el consejo de Citerón. Hera en seguida se enteró y llegó en seguida; y en cuanto se acercó al carro y rompió el vestido de la imagen, se puso contenta con el engaño al encontrar una imagen de madera en lugar de una novia, e hizo las paces con Zeus. Por esta reconciliación celebraron las fiestas Dédalas, porque antiguamente llamaban a las imágenes de madera “dédalas” y las llamaban así, según creo, antes incluso de que Dédalo, hijo de Palamón, naciese en Atenas, y después creo que éste tomó su nombre de las “dédalas”, pero no le fue puesto desde su nacimiento.
Pues bien, los plateenses celebran las fiestas Dédalas cada siete años... Hay dispuestas catorce imágenes de madera... (que son repartidas a sorteo entre las distintas ciudades). Llevan la imagen al Asopo y la ponen sobre un carro, colocando sobre él una novia. De nuevo sortean en qué disposición harán volver la procesión, Después conducen los carros desde el río hasta la cumbre del Citerón. Tienen preparado en la cima del monte un altar, que hacen de la siguiente manera: uniendo leños cuadrados los colocan juntos de la misma manera que si hicieran una construcción de piedras, y elevándolos hasta una altura, ponen leña encima.
Las ciudades y sus magistrados sacrifican cada una una vaca a Hera y un toro a Zeus y queman las víctimas empapadas de vino e incienso y las “dédalas” al mismo tiempo sobre el altar y los que sacrifican los ricos como los particulares. Los menos pudientes acostumbran a sacrificar los ganados más pequeños, y queman todas las víctimas de la misma manera, y con ellas el fuego alcanza el propio altar y lo consume totalmente. Sé que este fuego se eleva muchísimo y se ve desde muy lejos.
G. Moreau, El pavo real acompañando a Juno, 1881

Escolios a Teócrito, Idilios XV 64 (Traducción Grupo Tempe)
Aristóteles en su escrito sobre los templos de Hermíone cuenta una historia que le es propia sobre la boda de Zeus y Hera. Cuenta que Zeus planeó unirse a Hera cuando la vio alejada de los demás dioses y que en su afán de ser invisible y que ella no lo viera cambió su figura por la de un cuclillo y fue a posarse en un monte que se llamaba primero Trónax y luego Cuclillo; que Zeus aquel día hizo que hubiera una terrible lluvia y que Hera que caminaba solitaria llegó junto al monte y se sentó en él en el lugar donde ahora está el santuario de Hera que preside los matrimonios. El cuclillo tenía frío y temblaba y descendió volando al monte y fue a posarse en las rodillas de aquélla, Hera lo vio, se compadeció de él y lo cubrió con el vestido y Zeus inmediatamente cambió de forma y se apoderó de Hera. Esa unión fue criticada a Hera por su madre y Zeus prometió hacerla su esposa; y los de Argos, que son los más poderosos helenos, honran a esa diosa, y la estatua de Hera en su templo está sentada en su trono y lleva en su mano un cetro en el que hay un cuclillo.

Mural con Júpiter, Juno y danzante. Fco. Hayez
Hesíodo, Teogonía 922 s. (Trad. Grupo Tempe)
Por último, (Zeus) tomó por esposa a la floreciente Hera, y ésta alumbró a Hebe, a Ares y a Ilitía, uniéndose al rey de los dioses y hombres.
Ilitías presiden el nacimiento de Atenea, s. VI a.C.

Ilíada XIX, 106 ss. (Traducción de L. Segalá y Estalella)
Respondióle (a Zeus) con astucia la venerable
Hera:
—Mientes, y no cumplirás lo que dices. Y si no ea, Zeus Olímpico, jura
solemnemente que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la
familia de los hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy a los pies de una
mujer.
—Tal dijo: Zeus, no sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le había de ser. Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa ilustre de Esténelo Perseida. Y como ésta se hallara encinta de siete meses cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo a Jove Cronión, diciendo:
—¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Perseida, descendiente tuyo. No es indigno de reinar sobre aquéllos.
Tales fueron sus palabras y un agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado en su corazón, cogió a Ate por los nítidos cabellos y prestó solemne juramento de que Ate, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo estrellado. Y volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Ate a los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le impusiera.
Hera dando de mamar a Heracles. Lecito. Ca. 360 a.C. British Museum, Londres.

Eratóstenes de Cirene, Catasterismos 34 Galaxia
(trad. M. Sanz Morales)
"Ésta, a la que, dícese, llaman Galaxia, forma parte de los círculos visibles. No les era posible a los hijos de Zeus ser partícipes del honor del cielo a no ser que alguno de ellos mamase del pecho de Hera. Y dicen que por eso Hermes tomó a Heracles recién nacido, lo acercó al pecho de Hera, y Heracles mamó. Mas Hera, cuando se dio cuenta, lo echó de un empellón y, al derramarse así la leche sobrante, se formó el círculo llamado Galaxia (Vía Láctea)".
J. Reynolds (1723-1792), Heracles niño estrangula las serpientes enviadas por Hera

Píndaro, Nemeas I, 33-47 (trad. Grupo Tempe)
Pero yo me siento compenetrado con Heracles, al avivar una vieja leyenda entre las excelsas cimas de sus proezas; cómo el hijo de Zeus, en el instante en que de las entrañas de su madre llegó a la asombrosa luz del día, escapado del dolor del parto con su hermano gemelo, no le ocultó a Hera de áureo trono. Cuando acostaron a Heracles de azafranados pañales, la reina de los dioses, a impulsos de su cólera, le envió de inmediato unas serpientes. Éstas, a través de las puertas que se habían abierto, penetraron en el interior espacioso de la alcoba, ávidas de enroscar sus fauces ansiosas en los niños. Pero Heracles alzó bien derecha su cabeza y se aventuró por primera vez al combate, tras de agarrar ambas serpientes por el cuello con sus dos manos de las que no había escapatoria, y el tiempo hizo que ahogadas exhalaran de sus cuerpos monstruosos su último aliento.
Hebe escancia néctar para Hera, pelike, ca. 450 -400 a.C.

Ilíada IV, 1 ss. (Traducción de L. Segalá y Estalella)
Sentados en el áureo
pavimento a la vera de Zeus,
los dioses celebraban consejo. La venerable Hebe escanciaba néctar, y ellos
recibían sucesivamente la copa de oro y contemplaban la ciudad de Troya.
Zeus, Hera y Hebe, ánfora, ca. 500 a.C.
Homero, Ilíada
V 719 ss. (Traducción L. Segalá)
Dijo, y Atenea, la diosa de los brillantes ojos, no desobedeció. Hera, deidad veneranda, hija del gran Cronos, aparejó los corceles con sus áureas bridas, y Hebe puso diligentemente en el férreo eje, a ambos lados del carro, las corvas ruedas de bronce que tenían ocho rayos. Era de oro la indestructible pina, de bronce las ajustadas admirables llantas, y de plata los torneados cubos. El asiento descansaba sobre tiras de oro y de plata, y un doble barandal circundaba el carro. Por delante salía argéntea lanza, en cuya punta ató la diosa un yugo de oro con bridas de oro también; y Hera, que anhelaba el combate y la pelea, unció los corceles de pies ligeros.
Detalle de las Bodas de Hebe y Heracles, vid. vasija completa infra.

Homero, Odisea XI, 269 -272 (trad. Grupo Tempe)
Después de ellos vi a Heracles el fuerte, mas sólo en su sombra, ya que él de los dioses al lado se goza en festines con su Heba de lindos tobillos, que el máximo Zeus engendrara con Hera inmortal de doradas sandalias.

Bodas de Hebe, hija de Hera, y Heracles, ca. 350 a.C.
Apolodoro, Biblioteca II 7, 7,
(Traducción Grupo Tempe)
Mientras la pira ardía, una nube se situó a sus pies y entre los truenos lo alzó [a Hércules] hasta el cielo. Desde ese momento obtuvo la inmortalidad y, reconciliándose con Hera, se casó con su hija Hebe, de la que tuvo dos hijos, Alexiares y Aniceto.
Dos Ilitías, diosas del alumbramiento, frente y tras del trono de Zeus, presiden el Nacimiento de Atenea, ca. 570 a.C.

Ilíada XI, 264-272
(Traducción de L. Segalá y Estalella)
Entróse luego Agamemnón por las filas de otros guerreros, y combatió con la lanza, la espada y grandes piedras mientras la sangre caliente brotaba de la herida; mas así que ésta se secó y la sangre dejó de correr, agudos dolores debilitaron sus fuerzas. Como los dolores agudos y acerbos que a la parturiente envían las Ilitías, hijas de Zeus, las cuales presiden los alumbramientos y disponen de los terribles dolores del parto; tales eran los agudos dolores que debilitaron las fuerzas del Atrida.
Océano y Tetys acuden a las bodas de Tetis y Peleo, tras ellos Hefesto e Ilitía, Dinos por Sófilos ca. 580 a.C.

Himno Homérico III a Apolo 91ss (Traducción de A. Bernabé)
Durante nueve días y nueve noches estuvo Leto traspasada por indecibles dolores de parto. En la isla se hallaban todas las diosas... salvo Hera de níveos brazos...
La única que no se había enterado era Ilitía, provocadora de las angustias del parto, pues se hallaba sentada en la cima del Olimpo, bajo nubes de oro, por las artimañas de Hera de níveos brazos. Ésta la mantenía alejada por envidia, porque Leto, la de hermosos bucles, iba a parir entonces un hijo irreprochable y poderoso.
Pero ellas enviaron a Iris desde la isla de hermosas edificaciones, para que trajera a Ilitía, prometiéndole una gran guirnalda entretejida con hijos de oro, de nueve codos. Y la exhortaban a que la llamara a espaldas de Hera de níveos brazos, no fuera que aquella, con sus palabras, la disuadiera de venir.
Así pues, cuando hubo oído tal ruego, la rauda Iris de pies como el viento echó a correr y rápidamente recorrió todo el trayecto. Y cuando llegó a la excelsa sede de los dioses, el Olimpo, llamó en seguida a Ilitía de la sala a puertas afuera y le dijo en aladas palabras todo exactamente como se lo habían ordenado las poseedoras de olímpicas moradas. Naturalmente le convenció el ánimo en el pecho, así que se pusieron en camino a pie, semejantes en sus andares a palomas temerosas.
Fue entonces, en cuanto llegó a Delos Ilitía, provocadora de las angustias del parto, cuando a Leto le sobrevivno el parto y sintió deseos de dar a luz. En torno a la palmera echó ambos brazos y apoyó las rodillas en el blando prado. Sonreía la tierra bajo ella. Salió él fuera a la luz y las diosas gritaron todas a una.
Davies, Arthur Bowen (1862-1928)
Juno and the Three Graces 1902

Ovidio, Fastos III 243-247, 251, 253-258
(Traducción Grupo Tempe)
Con razón las madres del Lacio celebran la estación de la fecundidad. Las mujeres latinas erigieron ese día un templo en honor de Juno. Mi madre ama a las mujeres casadas. Llevadle flores a la diosa; es una divinidad a la que le gustan las plantas floridas; ceñíos de tiernas flores la cabeza y decid: “Tú, Lucina, nos has dado la luz”. Decid también: “Escucha la súplica de las parturientas”. Si alguna se encuentra encinta, que eleve sus plegarias después de soltarse blandamente el cabello, para que Juno-Lucina le suelte también el fruto de sus entrañas.
Juno recibe la cabeza de Argos, J. Amigoni, 1730-1732. Moor Park, Rickmansworth, Hertfordshire
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Ovidio, Metamorfosis I, 713-723
Tales cosas cuando iba a decir ve el Cilenio (Hermes) que todos los ojos (de Argos) se habían postrado, y cubiertas sus luces por el sueño.

Mercurio y Argos. Diego de Velázquez, 1659
Apaga al instante su voz y afirma su sopor, sus lánguidas luces acariciando con la ungüentada vara. Y, sin demora, con su falcada espada mientras cabeceaba le hiere por donde al cuello es confín la cabeza, y de su roca, cruento, abajo lo lanza, y mancha con su sangre la acantilada peña.
Argos, yaces, y la que para tantas luces luz tenías extinguido se ha, y cien ojos una noche ocupa sola. Los recoge, y del ave suya la Saturnia (Juno) en sus plumas los coloca, y de gemas consteladas su cola llena.
Venus, Ceres y Juno. Detalle de la Loggia de Psique de Rafael

Ovidio, Fastos VI, 11-64 (trad. Grupo Tempe)
Meditaba yo sobre su nombre (mes de junio), cuando de pronto he aquí que aparecen ante mis ojos unas diosas, aunque no aquellas que viera el preceptor de la labranza cuando seguía a las ovejas de Ascra; ni tampoco aquellas cuya belleza comparó el hijo de Príamo en los valles del Ida abundante en agua. Allí se encontraba una de ellas, la que es hermana de su propio marido... me dijo: "Poeta, cantor del calendario romano, para que no continúes ignorándolo y no te dejes arrastrar por el error vulgar, debes saber que junio deriva su nombre del mío. Algún beneficio habrá de reportar estar casada con Júpiter y de Júpiter ser hermana: no sé si me enorgullece más tenerlo por hermano o por esposo. Si se tiene en cuenta mi ascendencia, yo fue la primera a quien Saturno debió su nombre de padre; fui yo el primer hijo que el destino le concedió a Saturno. En otros tiempos Roma fue denominada Saturnia, nombre derivado del de mi padre.... El propio Marte me dijo: "Bajo tu protección pongo estas murallas. Tú llegarás a ser poderosa en la ciudad de mi nieto"... Roma sí que era obra de mi nieto.
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Marte por Diego de Velázquez

Ovidio, Fastos V, 230-259 (trad. Grupo Tempe)
(Habla Flora)
"Marte, si no lo sabes, nació gracias a mi arte. Ruego a Júpiter siga sin saberlo, como hasta ahora. La sagrada Juno sintió que Júpiter no hubiese precisado su colaboración cuando Minerva nació sin madre. Quise prometerle ayuda tres veces, tres veces quedó agarrotada mi lengua; la razón de mi gran miedo era la cólera de Júpiter. "Préstame auxilio, por favor -dijo-, no descubriré al autor y pondré por testigo a la divinidad del agua estigia." "Lo que deseas -le dije- te lo proporcionará una flor que te enviaré de los huertos olenios: es flor única en mi jardín". Inmediatamente, corté con mis dedos la flor resistente. Toqué a Juno y ella se quedó en estado cuando le toqué el vientre. Y ya embarazada entró por Tracia y las costas de la izquierda de la Propóntide; sus deseos se hicieron realidad y había nacido Marte".

Estatua en bronce,
Gaziantep
Museum, Gaziantep, Turkey
(Tablillas de Cnoso, KN Fp 14+27+28+fragmentos. Traducción Grupo Tempe)
Una medida de aceite... a todos los dioses, a Ares.
Marte, esculpido en hierro, es viva furia en medio de la lucha; por los aires revuelan las hoscas Erinas; pasan gozosa la Discordia, roto el manto, y con sangriento látigo Belona.
Ares. Fresco procedente de Pompeya

Himno Homérico VIII a Ares,
(Traducción A. Bernabé)
“Ares más que poderoso, abrumadora carga del carro de guerra, el de áureo yelmo, de intrépido corazón, portador de escudo, salvador de ciudades, revestido de bronce, brazo poderoso, infatigable, ardida lanza, valladar del Olimpo, padre de la Victoria , que concluye con bien la guerra, auxiliador de la Justicia, dictador para tus adversarios, guía de los varones más justos. Poseedor del cetro de la hombría, haces girar tu esfera de ígneo resplandor entre los prodigios de los siete caminos del éter, donde los potros flamígeros te conducen por siempre más allá de la tercera órbita.
...¡Que pueda yo rechazar de mi cabeza la amarga cobardía, doblegar en mi interior la pasión que engaña el alma y contener la penetrante fuerza del bélico ardor, que me instiga a caminar por la batalla glacial! Concédeme en cambio, bienaventurado, el valor para permanecer dentro de las normas inviolables de la paz, huyendo del fragor de los enemigos y de violentos destinos de muerte.
Ares se enfrenta al gigante Mimon, ca. 410-400 a.C.

Homero Ilíada V, 846 ss. (Traducción de L. Segalá y Estalella).
Cuando Ares, funesto a los mortales, los vio venir, dejando al gigantesco Perifante tendido donde le matara, se encaminó hacia el divino Diomedes, domador de caballos. Al hallarse a corta distancia, Ares, que deseaba acabar con Diomedes, le dirigió la broncínea lanza por cima del yugo y las riendas; pero Atenea, cogiéndola y alejándola del carro, hizo que aquél diera el golpe en vano. A su vez Diomedes, valiente en el combate, atacó a Ares con la broncínea pica, y Palas Atenea, apuntándola a la ijada del Dios, donde el cinturón le ceñía, hirióle, desgarró el hermoso cutis y retiró el arma. El férreo Ares clamó como gritarían nueve o diez mil hombres que en la guerra llegaran a las manos; y temblaron, amedrentados, aquivos y teucros. ¡Tan fuerte bramó Ares, insaciable de combate!
Cual vapor sombrío que se desprende de las nubes
por la acción de un impetuoso viento abrasador, tal le parecía a Diomedes Tidida
el férreo Ares cuando, cubierto de niebla, se dirigía al anchuroso cielo. El
dios llegó en seguida al alto Olimpo, mansión de las deidades; se sentó, con el
corazón afligido, a la vera del Cronión Jove; mostró la sangre inmortal que
manaba de la herida, y suspirando dijo
estas
aladas palabras:
—¡Padre Zeus! ¿No te indignas al presenciar tan atroces hechos? Siempre los dioses hemos padecido males horribles que recíprocamente nos causamos para complacer a los hombres; pero todos estamos airados contigo, porque engendraste una hija loca, funesta, que sólo se ocupa en acciones inicuas. Cuantos dioses hay en el Olimpo te obedecen y acatan; pero a ella no la sujetas con palabras ni con obras, sino que la instigas, por ser tú el padre de esa hija perniciosa que ha movido al insolente Diomedes, hijo de Tideo, a combatir, en su furia, con los inmortales dioses. Primero hirió a Ciprina en el puño, y después, cual si fuese un dios, arremetió contra mí. Si no llegan a salvarme mis ligeros pies, hubiera tenido que sufrir horrores entre espantosos montones de cadáveres, o quedar inválido, aunque vivo, a causa de las heridas que me hiciera el bronce.
Ares o Marte Ludovisi

Photo. Anderson 1942 © Museo Nazionale Romano
Ilíada V, 888 ss. (Traducción de L. Segalá y Estalella)
Mirándole con torva faz, respondió Zeus, que
amontona las nubes:
— ¡Inconstante! No te lamentes, sentado a mi vera,
pues me eres más odioso que ningún otro de los
dioses del Olimpo. Siempre te han gustado las riñas, luchas y peleas y tienes el
espíritu soberbio, que nunca cede, de tu madre Hera, a quien apenas puedo
dominar con mis palabras. Creo que cuanto te ha ocurrido lo debes a sus
consejos. Pero no permitiré que los dolores te atormenten, porque eres de mi
linaje y para mí te parió tu madre. Si, siendo tan perverso, hubieses nacido de
algún otro dios, tiempo ha que estarías en un abismo más profundo que el de los
hijos de Urano.
Dijo, y mandó a Peón que lo curara. Este le sanó, aplicándole drogas calmantes; que nada mortal en él había. Como el jugo cuaja la blanca y líquida leche cuando se le mueve rápidamente con ella; con igual presteza curó aquél al furibundo Ares, a quien Hebe lavó y puso magníficas vestiduras. Y el dios se sentó al lado del Cronión Jove, ufano de su gloria.
Ares. Leagros Group, ca 515-500 a.C.

Homero, Ilíada XIII, 295-303 (Traducción E. Crespo Güemes)
Así habló, y Meríones, émulo del impetuoso Ares, con presteza cogió de la tienda una broncínea pica y fue tras Idomenio sin otro interés que el del combate.
Como Ares, estrago para los mortales, va en busca de combate, y le acompaña la Huida, su esforzada e intrépida hija, que pone en fuga incluso al guerrero más contumaz; los dos parten de Tracia armados... y he aquí que sin atender ni a unos ni a otros dan la gloria a uno de los dos bandos.
Detalle de un vaso ático, ca. 570 a.C. © Museo Archeologico Etrusco, Florence Licence Plate 11 UK 1007 116

Fragmento de lírica arcaica (Tradución Grupo Tempe)
¡Oh Bromio armado de lanza, Enialio del grito de guerra!
Cf. epítetos más usuales: ‘homicida’, ‘asesino’, ‘sanguinario’, ‘funesto para los mortales’, ‘impetuoso’, ‘violento’, ‘vigoroso’, ‘poderoso en la guerra’, ‘broncíneo’.
Homero, Ilíada V, 29-37 (Traducción E. Crespo Güemes)
...Entonces la ojizarca Atenea cogió de la mano y dijo estas palabras al impetuoso Ares:
“Ares, Ares, estrago de mortales, manchado de crímenes, salteador de murallas! ¿No sería mejor dejar a troyanos y aqueos batirse, sean unos u otros a quienes Zeus padre tienda la gloria, y que nosotros nos repleguemos y evitemos la cólera de Zeus?”
Tras hablar así, sacó de la lucha al impetuoso Ares. Y lo hizo sentarse sobre el Escamandro, de elevadas orillas, y los dánaos hicieron replegarse a los troyanos.
Ares se enfrenta a Atenea, ánfora arcaica, ca. 410-500 a.C.

Homero Ilíada XXI, 385-427 (Traducción de Luis Segalá y Estalella).
Pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces entre los demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron a las manos con fuerte estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó como una trompeta.... el primero, Ares, que horada los escudos, acometiendo a Atenea con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras le decía:
—¿Por qué de nuevo, oh desvergonzada, promueves la contienda entre los dioses con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto te mueve? ¿Acaso no te acuerdas de cuando incitabas a Diomedes Tidida a que me hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente pica la enderezaste contra mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que ahora pagarás cuanto me hiciste.
Apenas acabó de hablar, dio un bote en el escudo floqueado, horrendo, que ni el rayo de Zeus rompería; allí acertó a dar Ares, manchado de homicidios, con la ingente lanza. Pero la diosa, volviéndose, aferró con su robusta mano una gran piedra negra y erizada de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los antiguos como linde de un campo; e hiriendo con ella al furibundo Ares, dejóle sin vigor los miembros. Vino a tierra el dios y ocupó siete yugadas, el polvo manchó su cabellera y las armas resonaron.

Rióse Palas Atenea; y gloriándose de la victoria, profirió estas aladas palabras:
—¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más fuerte y osas oponer tu furor al mío. Así padecerás cumpliéndose las imprecaciones de tu airada madre, que maquina males contra ti porque abandonaste a los aqueos y favoreces a los orgullosos teucros.
Cuando esto hubo dicho, volvió a otra parte los ojos refulgentes. Afrodita, hija de Zeus, asió por la mano a Ares y le acompañaba; mientras el dios daba muchos suspiros y apenas podía recobrar el aliento. Pero la vio Hera, la diosa de los níveos brazos, y al punto dijo a Atenea estas aladas palabras:
—¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus que lleva la égida! ¡Indómita deidad! Aquella desvergonzada vuelve a sacar del dañoso combate, por entre el tumulto, a Ares, funesto a los mortales. ¡Anda tras ella!
De tal modo habló. Alegrósele el alma a Atenea, que corrió hacia Afrodita, y alzando la robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho. Desfallecieron las rodillas y el corazón de la diosa, y ella y Ares quedaron tendidos en la fértil tierra.
Ares y Afrodita con un pequeño Eros, ánfora procedente del Louvre, ca. 400-390 a.C.

Hesíodo, Teogonía 933-937
(Traducción A. Pérez Jiménez – A. Martínez Díez)
A su vez, con
Ares, perforador de escudos, Citerea
concibió a los terribles Miedo y Terror,
que ponen en
confusión las compactas falanges de varones en la guerra sangrienta junto con
Ares destructor de ciudades; y también a Harmonía, a quien el muy esforzado
Cadmo hizo su esposa.
Fobos, "Terror", en un mosaico procedente de Halicarnaso, s. IV d.C.
Amazonas. Detalle de un vaso ático, ca. 550 a.C. © Boston, Museum of Fine Arts, Licence Plate 11 UK 1007 108

Apolonio Rodio, Argonáuticas II 990-994 (Traducción M. Valverde Sánchez)
Las Amazonas... no eran muy acogedoras ni respetuosas de las leyes, sino que las ocupaba la deplorable violencia y las obras de Ares; pues en efecto eran de la estirpe de Ares y de la ninfa Harmonía, la cual le alumbró a Ares unas hijas belicosas.
Hipólita entrega el cinturón a Heracles. LIMC V 2461 © LIMC
Apolodoro, Biblioteca II, 5, 9 (Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda)
Como noveno trabajo (Euristeo) ordenó a Heracles conseguir el cinturón de Hipólita. Ésta era la reina de las amazonas, que habitaban cerca del río Termodonte, pueblo sobresaliente en la guerra, pues practicaban las costumbres viriles; y cada vez que, a causa de relaciones sexuales, tenían hijos, criaban sólo a las hembras y les comprimían el pecho derecho para que no les estorbara al lanzar la jabalina, mientras que les dejaban el izquierdo para amamantar. Hipólita ostentaba el cinturón de Ares, símbolo de su soberanía.
Vista de la Colina del Areópago desde la Acrópolis.

Apolodoro, Biblioteca III, 14, 2 (Trad. M. Rodríguez de Sepúlveda)
…De Agraulo y Ares, nació Alcipe. A ésta trató de violarla Halirrotio, hijo de Posidón y de la ninfa Éurite, pero fue descubierto y muerto por Ares. Posidón lo acusó, y Ares, juzgado en el Areópago por los doce dioses, fue absuelto.
Pausanias I, 28, 5 (Trad. M. C. Herrero Ingelmo)
Está también una colina llamada Areópago porque Ates fue juzgado allí por primera vez, y ya he expuesto la leyenda de que mató a Halirrotio y por qué; dicen que después fue juzgado Orestes por el asesinato de su madre. Hay un altar de Atenea Area, que consagró cuando fue absuelto. A las piedras no labradas sobre las que están en pie los acusados y los acusadores, a una la llaman Hibris (‘Ultraje’) y a la otra Anedea (‘Resentimiento’).
P. P. Rubens, Marte y Rea Silvia, 1620

Ovidio, Fastos III 11-25, 73-80 (Traducción Grupo Tempe)
Silvia, la vestal, fue una mañana en busca de agua con que lavar los objetos sagrados. Se sentó cansada en el suelo y se puso a tomar el aire con el pecho descubierto, y se arregló el pelo alborotado. Sentada como estaba, le produjeron sueño los sauces sombríos y los pájaros cantores y el murmullo ligero del agua. Marte la vio, sintió deseos de ella y la poseyó como la había deseado, y con sus divinos recursos disimuló su ultraje. Desapareció el sueño y ella quedó embarazada; es de saber que a partir de entonces estaba en sus entrañas el fundador de la ciudad de Roma.

Dijo el padre de la ciudad eterna: “Árbitro de las armas, de cuya sangre se me tiene por nacido, a partir de ti damos comienzo al año romano; el primer mes llevará el nombre de mi padre”. Confirmó sus palabras llamando al mes por el nombre del padre. Cuentan que este detalle de amor filial fue del agrado del dios.
Mosaico con Marte como Martes, segundo día de la semana. Villa at Orbe-Bosceaz, Orbe, Switzerland. s. III d.C.
Templo de Marte en el Foro de Augusto. Roma

Ovidio, Fastos V 550-578 (Traducción Grupo Tempe)
Había llegado Marte y al llegar había dado señales de guerra. El propio Vengador había descendido del cielo a recibir sus honores y el templo que se divisa en el foro de Augusto. El dios es grande y su monumento también: no de otro modo debía habitar Marte en la ciudad de su hijo. [Augusto] extendiendo las manos, dijo las siguientes palabras: “Ven, Marte, y sacia de sangre criminal la espada, y que tu favor se incline por la causa mejor. Tendrás un templo, y si venzo yo, serás llamado el Vengador”. Lo había prometido y regresó contento de derrotar al enemigo.
Fresco romano con representación de una suovetaurilia

Catón, Agricultura CXLI 109
(Traducción Grupo Tempe)
Padre Marte, te suplico y te ruego que seas benevolente y propicio para mí, para mi casa y mi familia; con esta intención he mandado que un suouetaurilia [cerdo, oveja y toro] desfile en torno a mi campo, mi tierra, mi heredad, para que tú apartes las enfermadades visibles e invisibles, la esterilidad y la destrucción, las calamidades y las inclemencias del tiempo; que permitas que mis cosechas y mis trigos, mis viñas y mis plantaciones florezcan y lleguen a la sazón; que guardes a mis pastores y que des salud y fortaleza a mí, a mi casa y a mi familia; con esta intención, para purificar y hacer un sacrificio expiatorio en favor de mi heredad, mi tierra y mi campo, dígnate aceptar la inmolación de este suouetaurilia de crías lechales.
Ares y Afrodita, vaso arcaico. Museo Nazionale Tarquiniese, Tarquinia, Italy

Homero, Odisea VIII, 256-327 (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
Así dijo el deiforme Alcínoo. Levantóse el heraldo y fue a traer del palacio del rey la hueca cítara. Alzáronse también nueve jueces, que habían sido elegidos entre los ciudadanos y cuidaban de todo lo relativo a los juegos; y al instante allanaron el piso y formaron un ancho y hermoso corro. Volvió el heraldo y trajo la melodiosa cítara a Demódoco; éste se puso en medio, y los adolescentes hábiles en la danza, habiéndose colocado a su alrededor, hirieron con los pies el divinal circo. Y Odiseo contemplaba con gran admiración los rápidos y deslumbradores movimientos que con los pies hacían.
Mas el aedo, pulsando la cítara, empezó a cantar hermosamente los amores de Ares y Afrodita, la de bella corona: cómo se unieron a hurto y por vez primera en casa de Hefesto, y cómo aquel hizo muchos regalos e infamó el lecho marital del soberano dios.
D. Velázquez, La Fragua de Vulcano. 1630

Helios, que vio el amoroso acceso, fue en seguida a contárselo a Hefesto; y éste, al oír la punzante nueva, se encaminó a su fragua, agitando en lo íntimo de su alma ardides siniestros, puso encima del tajo el enorme yunque, y fabricó unos hilos inquebrantables para que permanecieran firmes donde los dejara. Después que, poseído de cólera contra Ares, construyó esta trampa, fuese a la habitación en que tenía el lecho y extendió los hilos en círculo y por todas partes alrededor de los pies de la cama y colgando de las vigas; como tenues hilos de araña que nadie hubiese podido ver, aunque fuera alguno de los bienaventurados dioses, por haberlos labrado aquél con gran artificio. Y no bien acabó de sujetar la trampa en torno de la cama, fingió que se encaminaba a Lemnos, ciudad bien construida, que es para él la más agradable de todas las tierras.
Marte, Venus y pequeño Eros por Paris Bordon

No en balde estaba al acecho Ares, que usa áureas riendas; y cuando vio que Hefesto, el ilustre artífice, se alejaba, fuese al palacio de este ínclito dios, ávido del amor de Citerea, la de hermosa corona. Afrodita, recién venida de junto a su padre, el prepotente Cronión, se hallaba sentada; y Ares, entrando en la casa, tomóla de la mano y así le dijo:
"Ven al lecho, amada mía, y acostémonos; que ya Hefesto no está entre nosotros, pues partió sin duda hacia Lemnos y los sinties de bárbaro lenguaje"
Afrodita y Ares. Fresco pompeyano

Así se expresó; y a ella parecióle grato acostarse. Metiéronse ambos en la cama, y se extendieron a su alrededor los lazos artificiosos del prudente Hefesto, de tal suerte que aquéllos no podían mover ni levantar ninguno de sus miembros; y entonces comprendieron que no había medio de escapar. No tardó en presentárseles el ínclito Cojo de ambos pies, que se volvió antes de llegar a la tierra de Lemnos, porque Helios estaba en acecho y fue a avisarle. Encaminóse a su casa con el corazón triste, detúvose en el umbral y, poseído de feroz cólera, gritó de un modo tan horrible que le oyeron todos los dioses:
Venus y Marte aprisionados por Vulcano, L. Giordano, 1670

"¡Padre Zeus, bienaventurados y sempiternos dioses! Venid a presenciar estas cosas ridículas e intolerables: Afrodita, hija de Zeus, me infama de continuo, a mi, que soy cojo, queriendo al pernicioso Ares porque es gallardo y tiene los pies sanos, mientras que yo nací débil; mas de ello nadie tiene la culpa sino mis padres, que no debieron haberme engendrado. Veréis cómo se han acostado, en mi lecho y duermen, amorosamente unidos, y yo me angustio al contemplarlo. Mas no espero que les dure el yacer de este modo, ni siquiera breves instantes, aunque mucho se amen: pronto querrán entrambos no dormir, pero los engañosos lazos los sujetarán hasta que el padre me restituya íntegra la dote que le entregué por su hija desvergonzada. Que ésta es hermosa, pero no sabe contenerse." Así dijo; y los dioses se juntaron en la morada de pavimento de bronce. Compareció Poseidón, que ciñe la tierra; presentóse también el benéfico Hermes; llegó asimismo el soberano Apolo, que hiere de lejos. Las diosas quedáronse, por pudor, cada una en su casa. Detuviéronse los dioses, dadores de los bienes, en el umbral; y una risa inextinguible se alzó entre los bienaventurados númenes al ver el artificio del ingenioso Hefesto.
La lectura alegórica: Afrodita, "El Amor", vence a Ares, encarnación de la violencia y la guerra.
Sandro Botticelli, Venus y Marte, ca. 1485

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Dioniso, Hefesto, Ménade, hidria ca. 530 a.C.
Himno Homérico
III a Apolo, 311-320
(Traducción Grupo Tempe)
“-¡Oídme todos los dioses y todas las diosas, cómo Zeus, el que amontona las nubes, comienza por deshonrarme el primero, después de que me hizo su diligente esposa! Ahora engendró sin mí a Atenea, la de ojos de lechuza, que destaca entre todos los dioses bienaventurados, mientras que se quedó lisiado entre todos los dioses, tullido de los pies, mi hijo Hefesto, al que yo misma parí. Enseguida, cogiéndolo con mis manos lo arrojé al ancho ponto, pero la hija de Nereo, Tetis, la de argénteos pies, lo acogió y lo cuidó junto con sus hermanas.”
Piero di Cosimo,
The Finding of Vulcan on Lemnos. 1495-1505

Ilíada I, 584-594 (trad. L. Segalá y Estalella)
De este modo habló
(Hefesto), y tomando una copa doble, ofrecióla a su madre, diciendo:
—Sufre, madre mía, y sopórtalo todo aunque estés afligida; que a ti, tan
querida, no te vean mis ojos apaleada, sin que pueda socorrerte, porque es
difícil contrarrestar al Olímpico. Ya otra vez que te quise defender, me asió
por el pie y me arrojó de los divinos umbrales. Todo el día fui rodando y a la
puesta del sol caí en Lemnos. Un poco de vida me quedaba y los sinties me
recogieron tan pronto como hube caído.
Escena del Retorno de Hefesto. Hera apresada en su trono. Ca. 430 - 420 a.C.

Pausanias 1, 20, 3 (Traducción de Mª C. Herrero Ingelmo)
[En Atenas, parte meridional de la Acrópolis]
El santuario más antiguo de Dioniso está junto al teatro. Dentro del recinto hay dos templos y dos Dionisos: el Eleutéreo y el que hizo Alcámenes de marfil y oro. Allí mismo hay pinturas de Dioniso llevando a Hefesto al cielo. Los griegos dicen también esto, que Hera arrojó a Hefesto cuando nació, y él, que le guardaba rencor, le envió como regalo un trono de oro que tenía unos lazos invisibles, y que ella, cuando se sentó, quedó atada, y que de los otros dioses a ninguno quiso Hefesto obedecer, pero Dioniso –pues era en el que Hefesto más confiaba– emborrachándole lo condujo al cielo. Esto es lo que está pintado, y también Penteo y Licurgo pagando la pena por los ultrajes que infligieron a Dioniso, Ariadna dormida, Teseo haciéndose a la mar y Dioniso llegando para raptar a Ariadna.
Tetis pide a Hefesto armas para Aquiles. Kylix, ca. 480 a.C.

Homero Ilíada XVIII, 368-461 (Traducción de Luis Segalá y Estalella).
…Tetis, la de los argentados pies, llegó al palacio imperecedero de Hefesto, que brillaba como una estrella, lucía entre los de las deidades, era de bronce y habíalo edificado el Cojo en persona. Halló al dios bañado en sudor y moviéndose en torno de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la pared del bien construido palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa. ¡Cosa admirable! Estaban casi terminados, faltándoles tan sólo las labradas asas, y el dios preparaba los clavos para pegárselas. Mientras hacía tales obras con sabia inteligencia, llegó Tetis, la diosa de los argentados pies. La bella Caris, que llevaba luciente diadema y era esposa del ilustre Cojo, viola venir, salió a recibirla, y, asiéndola por la mano, le dijo:
—¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Pero sígueme, y te ofreceré los dones de la hospitalidad.
Dichas estas palabras, la divina entre las diosas
introdujo a Tetis y la hizo sentar en un hermoso trono labrado, tachonado con
clavos de plata y provisto de un escabel para los pies. Y llamando a Hefesto,
ilustre artífice, le dijo:
— ¡Hefesto! Ven acá, pues Tetis te necesita.
Tetis sobre un hipocampo. Mosaico helenístico procedente de Eretria

Respondió el ilustre Cojo de ambos pies:
— Respetable y veneranda es la diosa que ha venido a este palacio. Fue mi
salvadora cuando me tocó padecer, pues vine arrojado del cielo y caí a lo lejos
por la voluntad de mi insolente madre, que me quería ocultar a causa de la
cojera. Entonces mi corazón hubiera tenido que soportar terribles penas, si no
me hubiesen acogido en el seno del mar Tetis y Eurínome, hija del refluente
Océano. Nueve años viví con ellas fabricando muchas piezas de bronce —broches,
redondos brazaletes, sortijas y collares— en una cueva profunda, rodeada por la
inmensa murmurante y espumosa corriente del Océano. De todos los dioses y los
mortales hombres sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las mismas que antes me
salvaron. Hoy que Tetis, la de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo que
pagarle el beneficio de haberme conservado la vida. Sírvele hermosos presentes
de hospitalidad, ínterin yo recojo los fuelles y demás herramientas.
Tetis en el taller de Hefesto. Fresco pompeyano
Dijo;
y levantóse de cabe al yunque el gigantesco e infatigable numen, que al andar
cojeaba arrastrando sus gráciles piernas. Apartó de la llama los fuelles y puso
en un arcón de plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse con una
esponja el sudor del rostro, de las manos, del vigoroso cuello y del velludo
pecho; vistió la túnica, tomó el fornido cetro, y salió cojeando, apoyado en dos
estatuas de oro que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues tenían
inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras propias de los
inmortales dioses. Ambas sostenían cuidadosamente a su señor, y éste, andando,
se sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la deidad, y le
dijo:
—¿ Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón me impulsa a realizarlo, si puedo y es hacedero.
Hefesto y Tetis. Ánfora, época clásica temprana, ca. 480 a.C.

Respondióle Tetis, derramando lágrimas:
—¡Oh Hefesto! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo que haya sufrido en su
ánimo tantos y tan graves pesares como a mí me ha enviado el Cronión Jove? De
las ninfas del mar, únicamente a mí me sujetó a un hombre, a Peleo Eácida, y
tuve que tolerar, contra toda mi voluntad, el tálamo de un mortal que yace en el
palacio rendido a la triste vejez. Ahora me envía otros males: concedióme que
pariera y alimentara a un hijo insigne entre los héroes que creció semejante a
un árbol, le crié como a una planta en terreno fértil y lo mandé a Ilión en las
corvas naves para que combatiera con los teucros y ya no le recibiré otra vez
porque no volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Mientras vive y ve la luz
del sol está angustiado, y no puede, aunque a él me acerque, llevarle socorro.
Los aqueos le habían asignado como recompensa una moza y el rey Agamemnón se la
quitó de las manos. Apesadumbrado por tal motivo, consumía su corazón; pero los
teucros acorralaron a los aqueos junto a los bajeles y no les dejaban salir del
campamento, y los próceres argivos intercedieron con Aquileo y le ofrecieron
espléndidos regalos. Entonces, aunque se negó a librarles de la ruina, hizo que
vistiera sus armas Patroclo y enviólo a la batalla con muchos hombres.
Combatieron todo el día en las puertas Esceas; y los aqueos hubieran tomado la
ciudad, a no haber sido por Apolo, el cual mató entre los combatientes
delanteros al esforzado hijo de Menetio, que tanto estrago causara, y dio gloria
a Héctor. Y
yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo, cuya vida ha de
ser breve, escudo, casco, hermosas grebas ajustadas con broches, y coraza; pues
las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir a manos de los teucros, y
Aquileo yace en tierra con el corazón afligido.
Contestóle
el ilustre Cojo de ambos pies:
—Cobra ánimo y no te preocupes por las armas. Ojalá pudiera ocultarlo a la
muerte horrísona cuando la terrible Parca se le presente, como tendrá una
hermosa armadura que admirarán cuantos la vean.
Así habló; y dejando a la diosa, encaminóse a los fuelles, los volvió hacia la llama y les mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avivaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra lo requería. El dios puso al fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.
Diagrama de los dibujos basado en: Willcock, Malcolm M., A Companion to the Iliad, University of Chicago Press, Chicago, 1976.

Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.
Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; allí las estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la única que deja de bañarse en el Océano.
Escudo de Aquiles. Reconstrucción

Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En la una se celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas. — Los hombres estaban reunidos en el foro, pues se había suscitado una contienda entre dos varones acerca de la multa que debía pagarse por un homicidio: el uno declarando ante el pueblo, afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro, negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos que aplaudían sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro publicaban el juicio que habían formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían darse al que mejor demostrara la justicia de su causa.

La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes armaduras, no estaban acordes; los del primero deseaban arruinar la plaza y los otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la hermosa población. Pero los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada. Mujeres, niños y ancianos, subidos en la muralla, la defendían. Los sitiados marchaban, llevando al frente a Ares y a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras, hermosos, grandes, armados y distinguidos, como dioses; pues los hombres eran de estatura menor. Luego, en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas de un río y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las ovejas y de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores que se recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados los veían venir, corrían a su encuentro, se apoderaban de los rebaños de bueyes y de los magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas del río una batalla, en la cual heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un guerrero con vida aún, pero recientemente herido, dejaba ileso a otro y arrastraba, asiéndole de los pies, por el campo de la batalla a un tercero que la muerte recibiera; y el ropaje que cubría su espalda estaba teñido de sangre humana. Movíanse todos como hombres vivos, peleaban y retiraban los muertos.
Made for George IV's coronation banquet. The Royal Collection © 2007,Her Majesty Queen Elizabeth II
Representó
también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto que se labraba por
tercera vez: acá y allá muchos labradores guiaban las yuntas, y al llegar al
confín del campo, un hombre les salía al encuentro y les daba una copa de dulce
vino; y ellos volvían atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro
extremo del noval profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y
parecía labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía una singular maravilla.
Grabó asimismo un campo de crecidas mieses que los jóvenes segaban con hoces afiladas: muchos manojos caían al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavillas los atadores. Tres eran éstos y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban abrazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida de los trabajadores haciendo abundantes puches de blanca harina.
También entalló una hermosa viña de oro cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos pensando en cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la armoniosa cítara y entonaba con tenue voz el hermoso canto de Lino, y todos le acompañaban cantando profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.
Escudo de Aquiles. Detalle

Representó luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y estaño y salían del establo mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río junto a un flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perceguíanlos mancebos y perros. Pero los leones lograban desgarrar la piel del animal y tragaban los intestinos y la negra sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca: rehuían el encuentro de las fieras.
Hizo también el ilustre Cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.
El ilustre Cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos y doncellas hermosas, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero aplica su mano al torno y lo prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile, y se holgaba en contemplarlo. Un divino aedo cantaba, acompañándose con la cítara; y en cuanto se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.
Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquileo una coraza más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño. Cuando el ilustre Cojo de ambos pies hubo fabricado las armas, entrególas a la madre de Aquileo. Y Tetis saltó, como un gavilán, desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente armadura que Hefesto había construido.
Tetis en un hipocampo con las armas, Pelike, ca. 425 a.C.

Homero Ilíada II, 100-108 (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
Entonces se levantó el rey Agamemnón, empuñando el cetro que Hefesto hiciera para el soberano Jove Cronión —éste lo dio al mensajero Argifontes; Hermes lo regaló al excelente jinete Pélope, quien, a su vez, lo entregó a Atreo, pastor de hombres; Atreo al morir lo legó a Tiestes, rico en ganado, y Tiestes lo dejó a Agamemnón para que reinara en muchas islas y en todo el país de Argos—.
Venus en la fragua de Vulcano. J. van Kessel. Museo del Hermitage. 1662

Virgilio, Eneida VIII, 370-415 (www.bibliotecasvirtuales.com)
Venus entonces, madre asustada en su corazón no sin motivo, llevada de las amenazas de los laurentes y el duro tumulto se dirige a Vulcano y así comienza en el tálamo áureo de su esposo, infundiéndole divino amor con sus palabras:
«Mientras los reyes de Argos Pérgamo devastaban, que se les debía, y las torres que habían de caer bajo el fuego enemigo, ni armas ni auxilio alguno demandé para los desgraciados de tu arte y tus mañas, ni quise, queridísimo esposo, que inútilmente ejercitaras tu trabajo aunque mucho debía a los hijos de Príamo y a menudo lloré la esforzada tarea de Eneas. Hoy anda en las riberas de los rútulos por mandato de Jove; así que, la misma, vengo suplicante y te pido, madre para mi hijo, armas, numen sagrado. A ti pudo la hija de Nereo, la esposa de Titono pudo con sus lágrimas ablandarte. Mira qué pueblos se reúnen, qué murallas afilan el hierro tras sus puertas cerradas contra mí y los míos.»
Anthony van Dyck. Venus pide a Vulcano armas para Eneas. Museo del Louvre, París.

Así dijo con sus brazos de nieve aquí y allá la diosa anima al que duda en abrazo suave. Él, sorprendido, recibió la conocida llama, y un calor familiar penetró sus médulas y corrió por sus huesos derretidos, no de otro modo que cuando, rota por el trueno corusco, la chispa de fuego brillando recorre con su luz las nubes; lo notó, satisfecha de su maña y segura la esposa de su belleza. Habla entonces el padre vencido por amor eterno:
«¿Por qué buscas lejos las causas? ¿A dónde fue, diosa, tu confianza en mí? Si tu cuidado hubiera sido semejante, aun entonces se nos habría permitido armar a los teucros; ni el padre todopoderoso ni los hados vetaban que Troya siguiera levantada y Príamo viviera otros diez años. Y ahora, si quieres combatir y ésa es tu voluntad cuanto cuidado puedo prometer en mi arte, cuanto puede sacarse del hierro o el líquido electro, cuanto valen los fuegos y las forjas, no dudes, en tus fuerzas para lograrlo.»
Con esas palabras le dio los ansiados abrazos y derretido en el regazo de su esposa buscó el plácido sopor en sus miembros. Luego, cuando el descanso primero había expulsado al sueño, en el centro ya del curso de la noche avanzada, justo cuando la mujer, a quien se ha impuesto pasar la vida con la delicada Minerva y la rueca, las cenizas aviva y el fuego dormido sumando la noche a sus tareas, y a la lámpara fatiga con pesado trabajo a sus sirvientes para casto guardar el lecho del esposo y poder criar a sus hijos pequeños: no de otro modo el señor del fuego ni en esa ocasión más perezoso salta del blando lecho a su trabajo de artesano.
Venus en la Fragua de Vulcano. Hermanos Le Nain. 1641.Musée Saint-Denis, Reims

Virgilio, Eneida VIII, 416 ss. (www.bibliotecasvirtuales.com)
Junto a la costa sicana y a la Lípara eolia una isla se alza erizada de peñascos humeantes, bajo la cual truenan la gruta y de los Cíclopes los antros etneos corroídos de chimeneas y se oyen los golpes que arrancan gemidos a los yunques y en las cavernas rechinan las barras de los cálibes y el fuego respira en los hornos, de Vulcano morada y tierra de Vulcano por su nombre.
Aquí baja entonces el señor del fuego de lo alto del cielo. El hierro trabajaban los Cíclopes en su vasta guarida, Brontes y Estéropes y Piragmón con el cuerpo desnudo. Ocupados estaban en terminar, en parte ya pulido, un rayo de los muchos que lanza el padre por todo el cielo a la tierra; otra parte estaba aún sin acabar. Habían añadido tres puntas retorcidas de lluvia, tres de nube de agua, tres del rojo fuego y del alado Austro. Fulgores horríficos y trueno y espanto añadían ahora a su trabajo y las iras a las llamas tenaces. En otro lado preparaban a Marte su carro y las ruedas veloces, con las que a las ciudades provoca y a los hombres; y la égida terrible, arma de la enojada Palas, se esforzaban en cubrir de escamas de serpientes y de oro, y las culebras enlazadas y la misma Gorgona en el pecho de la diosa haciendo girar sus ojos sobre el cuello cortado.
Fr. Boucher. Hefesto entrega a Venus las armas para Eneas. 1757

«Retirad todo -dijo-, dejad los trabajos empezados, Cíclopes del Etna, y atención prestadme: armas hay que hacer para un hombre valiente. Ahora precisa es la fuerza, ahora las rápidas manos y el arte magistral. Evitad todo retraso.»
Y nada más dijo, y ellos raudos se pusieron al trabajo distribuyendo la tarea a suertes. Mana el bronce en arroyos y el metal del oro y se licua el acero mortal en la vasta fragua. Forjan un escudo enorme, que sólo se valga contra todos los dardos de los latinos, y unen con fuerza las siete capas. Unos en fuelles de viento las auras cogen y devuelven, otros los estridentes bronces templan en un lago: gime la caverna con el batir de los yunques. Ellos alternadamente con mucha fuerza levantan con ritmo los brazos y hacen girar la masa con segura tenaza.
Hefesto en el nacimiento de Atenea. Ca. 560- 550 a.C.

Luciano, Diálogos de los dioses VIII (Traducción Grupo Tempe)
Hefesto: Aunque sea contra mi voluntad, daré el golpe. ¿Qué otra cosa puedo hacer, si tú lo ordenas?... ¿Qué es esto? ¿Una doncella armada? Grande era el mal que tenías en la cabeza, Zeus. Con razón estabas tan irritable, puesto que bajo tu cerebro estabas engendrando una doncella tan grande, y armada por añadidura. Sin que tú lo supieras, tenías un campamento por cabeza. Y ella salta, y baila danzas pírricas, agita el escudo, blande la lanza y está llena de furor divino. Y, lo que es más importante, en poco tiempo se ha puesto bellísima y ha llegado a la flor de la edad. Es cierto que tiene los ojos verdes, pero también esto la embellece, haciendo juego con el casco. Por todo ello, Zeus, dámela en matrimonio como pago por mis servicios de comadrona.
Atenea y Hefesto en el Friso Panatenaico. Partenón. Museo Británico

Higino, Fábulas 166, 3
(Trad. Grupo Tempe)
Neptuno, que era enemigo de Minerva, instigó a Vulcano a pedir en matrimonio a Minerva. Habiéndolo conseguido, cuando llegó al tálamo, Minerva defendió su virginidad con las armas, siguiendo el consejo de Júpiter. Mientras luchaban entre sí, cayó a tierra el semen de Vulcano, del cual nació un niño que tenía la parte inferior de serpiente. Al niño lo llamaron Erictonio.

Hefesto y Atenea presencian el nacimiento de Erictonio. Stamnos. Ca. 460 a.C.
Apolodoro, Biblioteca III, 14, 6 (Trad. Grupo Tempe)
Respecto a éste unos dicen que era hijo de Hefesto y de Átide, la hija de Cránao, y otros que de Hefesto y Atenea de la siguiente manera: Atenea había acudido a Hefesto para que le fabricase unas armas, pero él, que había sido abandonado por Afrodtita, sucumbió de deseo por Atenea y comenzó a perseguirla, pero ella se escapaba. Cuando tras mucho esfuerzo, pues era cojo, consiguió acercársele, intentó poseerla, pero ésta, que era casta y virgen, no se dejó, y Hefesto eyaculó en la pierna de la diosa; ella asqueada lo limpió con un copo de lana y lo tiró al suelo. Atenea salió huyendo y del semen caído en el suelo nació Erictonio. Lo crió a escondidas de los dioses, deseosa de hacerlo inmortal.
Hefesto crea a Pandora. Crátera ca. 475 -425 a.C.

Hesíodo, Trabajos y días 60 ss.
(www.inicia.es/de/diego_reina/filosofia/filo/hesiodo_trabajos_y_dias. htm)
Ordenó (Zeus) al muy ilustre Hefesto mezclar cuanto antes tierra con agua,
infundirle voz y vida humana y hacer una linda y encantadora figura de doncella
semejante en rostro a las diosas inmortales.

Luego encargó a Atenea que le enseñara sus labores, a tejer la tela de finos encajes. A la dorada Afrodita le mandó rodear su cabeza de gracia, irresistible sensualidad y halagos cautivadores; y a Hermes, el mensajero Argifonte, le encargó dotarle de una mente cínica y un carácter voluble.

Dio estas órdenes y aquéllos obedecieron al soberano Zeus Crónida. [Inmediatamente modeló de tierra el ilustre patizambo una imagen con apariencia de casta doncella por voluntad del Crónida. La diosa Atenea de ojos glaucos le dio ceñidor y la engalanó. Las divinas Gracias y la augusta Persuasión colocaron en su cuello dorados collares y las Horas de hermosos cabellos la coronaron con flores de primavera. Palas Atenea ajustó a su cuerpo todo tipo de aderezos]; y el mensajero Argifonte configuró en su pecho mentiras, palabras seductoras y un carácter voluble por voluntad de Zeus gravisonante. Le infundió habla el heraldo de los dioses y puso a esta mujer el nombre de Pandora porque todos los que poseen las mansiones olímpicas le concedieron un regalo, perdición para los hombres que se alimentan de pan.
Atenea y Hefesto en el nacimiento de Pandora, ca. 470 a.C.
Pandora. J. W. Waterhouse ca. 1896

Luego que remató su espinoso e irresistible engaño, el Padre despachó hacia Epimeteo al ilustre Argifonte con el regalo de los dioses, rápido mensajero. Y no se cuidó Epimeteo de que le había advertido Prometeo no aceptar jamás un regalo de manos de Zeus Olímpico, sino devolverlo acto seguido para que nunca sobreviniera una desgracia a los mortales. Luego cayó en la cuenta el que lo aceptó, cuando ya era desgraciado.
En efecto, antes vivían sobre la tierra las tribus de hombres libres de males y exentas de la dura fatiga y las penosas enfermedades que acarrean la muerte a los hombres. Pero aquella mujer, al quitar con sus manos la enorme tapa de una jarra los dejó diseminarse y procuró a los hombres lamentables inquietudes.
Sólo permaneció allí dentro la Espera, aprisionada entre infrangibles muros bajo los bordes de la jarra, y no pudo volar hacia la puerta; pues antes cayó la tapa de la jarra [por voluntad de Zeus portador de la égida y amontonador de nubes]. Mil diversas amarguras deambulan entre los hombres: repleta de males está la tierra y repleto el mar. Las enfermedades ya de día ya de noche van y vienen a su capricho entre los hombres acarreando penas a los mortales en silencio, puesto que el providente Zeus les negó el habla. Y así no es posible en ninguna parte escapar a la voluntad de Zeus.
Retorno de Hefesto, Kylix, ca. 525 a.C.

Homero Ilíada XXI, 326 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
Las purpúreas ondas del río, que las celestiales lluvias alimentan, se mantenían levantadas y arrastraban al Pelida. Pero Hera, temiendo que el gran río derribara a Aquileo, gritó, y dijo en seguida a Hefesto su hijo amado:
—¡Sus,
Hefesto, hijo querido!; pues creemos que el Janto voraginoso es tu igual en el
combate. Socorre pronto a Aquileo haciendo aparecer inmensa llama. Voy a
suscitar con el Céfiro y el veloz Noto una gran borrasca, para que viniendo del
mar extienda el destructor incendio y se quemen las cabezas y las armas de los
teucros. Tú abrasa los árboles de las orillas del Janto, haz que arda el mismo
río y no te dejes persuadir ni con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu
furia hasta que yo te lo diga gritando; y entonces apaga el fuego infatigable.
Tal fue su orden. Hefesto, arrojando una abrasadora llama, incendió primeramente
la llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros a quienes había muerto Aquileo;
secóse el campo, y el agua cristalina dejó de correr. Como el Bóreas seca en el
otoño un campo recién inundado y se alegra el que lo cultiva; de la misma
suerte, el fuego secó la llanura entera y quemó los cadáveres. Luego Hefesto
dirigió al río la resplandeciente llama y ardieron, así los olmos, los sauces y
los tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que en abundancia habían
crecido junto a la corriente hermosa. Anguilas y peces padecían y saltaban acá y
allá, en los remolinos o en la corriente, oprimidos por el soplo del ingenioso
Hefesto. Y el río, quemándose también, así hablaba:
—¡Hefesto! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar contigo ni con tu
llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el divino Aquileo arroje de la
ciudad a los troyanos. ¿Qué interés tengo en la contienda ni en auxiliar a
nadie?
Vulcano y Maya. B. Spranger. 1575-1580

Aulo Gelio, Noches Áticas, XIII, 23, 1-2
(trad. Grupo Tempe)
Rogativas a los dioses inmortales, que según el rito romano se hacen, han sido expuestas en los libros de los sacerdotes del pueblo romano y en muchas oraciones antiguas. En ellos se ha escrito: Maya de Vulcano
N. Poussin. Paisaje con Hércules y Caco, 1658-1659. The Pushkin Museum of Fine Art, Moscú.

Virgilio, Eneida VIII, 193-199
(trad. Grupo Tempe)
Aquí estuvo la gruta, escondida en vasto abrigo, que la figura terrible del medio humano Caco ocupaba inaccesible del sol a los rayos; y siempre estaba tibio el suelo de sangre reciente, y de sus soberbias puertas pendían cabezas humanas, pálidas de triste podredumbre. Era Vulcano el padre de este monstruo: con inmensa mole avanzaba arrojando sus negras llamas por la boca.
D. van Baburen, "Prometeo
encadenado por Hefesto", 1623, Rijksmuseum, Amsterdam

Hesíodo, Teogonía 613 ss. (trad. Grupo Tempe)
No es posible engañar ni transgredir la voluntad de Zeus, pues ni siquiera el Japetónida, el benefactor Prometeo, se escapó de su pesada cólera, sino que por la fuerza una gran cadena le retuvo, a pesar de ser muy sabio.
Venus, Vulcano y Cupido por J. R. Tintoretto, S. XVI

Servio, Comentarios a Eneida I, 664 (trad. Grupo Tempe)
Otros (dicen) que es hijo de ella (Venus) y de Marte; otros de ella (Venus) y de Vulcano.
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Nacimiento de Afrodita. A. Cabanel, 1863

Hesíodo, Teogonía 154 ss. (trad. Grupo Tempe)
Cuantos nacieron de Gea y Urano estaban irritados con su padre desde el comienzo, pues cada vez que iba a nacer uno de éstos, Urano los ocultaba en el seno de Gea sin dejarlos salir... La monstruosa Gea en su interior se lamentaba oprimida y tramó una malvada artimaña. Tras haber creado al punto una especie de blanco acero fabricó una gran hoz y explicó el plan a sus hijos... Vino el poderoso Urano, se echó sobre Gea y se extendió por todas partes. Su hijo desde la emboscada lo alcanzó con la mano izquierda, a la vez que con la derecha tomó la monstruosa hoz, larga, de agudos dientes, y a toda prisa segó los genitales de su padre y los arrojó hacia atrás... Fueron llevados por el mar durante mucho tiempo; a ambos lados, blanca espuma surgía del inmortal miembro y en medio de aquélla una muchacha se formó.
Nacimiento de Afrodita. Trono Ludovisi. Ca. 470- 460 a.C.

Nacimiento de Afrodita. Fresco Pompeyano

Lucrecio, Naturaleza de las cosas I, 4-20 (Traducción Grupo Tempe)
Gracias a ti toda especie viviente es concebida y surge a contemplar la luz del sol: ante ti huyen las nubes, la tierra te extiende una alfombra de flores, las llanuras del mar te sonríen y un plácido resplandor se difunde por el cielo. Pues en cuanto la primavera descubre su faz, te saludan primero las aves del aire y anuncian tu llegada; después, fieras y rebaños retozan por los lozanos pastos y cruzan los rápidos ríos: así, prendidos de tu hechizo, te siguen todos afanosos. En fin, por mares y montes y arrebatados torrentes, por las frondosas moradas de las aves y las verdeantes llanuras, hundiendo en todos los pechos el blando aguijón del amor, los hace afanosos de propagar las generaciones, cada uno en su especie.
Nacimiento de Afrodita. Mosaico de época imperial

Paulo, Epítome de Pompeyo Festo p. 45 Lindsay (Traducción Grupo Tempe)
"Citerea" es Venus, por la ciudad de Citera. Concebida en el mar, se dice que fue llevada primero en una concha a esta ciudad.
Afrodita y Peithó, "Persuasión", crátera, s. IV a.C.

Eurípides, Hipólito 443-450
(Traducción Grupo Tempe)
Cipris resulta irresistible cuando se lanza con todo su poder. Pues con dulzura va en pos del que cede ante ella, mas al que encuentra engreído y soberbio, se apodera de él y lo aniquila. Va y viene ella por el éter y está en las olas del mar, Cipris, y todo ha nacido de ella. Ella es la que siembra y otorga el amor, del cual nacemos todos los que sobre la tierra estamos.

Nacimiento de Afrodita, Pelike ático, ca. 370-360 a.C.
Homero Ilíada V, 426 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
...Sonrióse el padre de
los hombres y de los dioses, y llamando a la dorada Afrodita, le dijo:
—A ti, hija mía, no te han sido asignadas las acciones bélicas: dedícate a los
dulces trabajos del himeneo, y el impetuoso Ares y Atenea cuidarán de aquéllas.
Diomedes, sostenido por Atenea, ataca a Eneas que es salvado por Afrodita, crátera, ca. 490-480 a.C.

Homero Ilíada V, 364 ss. (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
Afrodita subió al carro, con el corazón afligido; Iris se puso a su lado, y tomando las riendas avispó con el látigo a aquellos, que gozosos alzaron el vuelo. Pronto llegaron a la morada de los dioses, al alto Olimpo; y la diligente Iris, de pies ligeros como el viento, detuvo los caballos los desunció del carro y les echó un pasto divino. La diosa Afrodita se refugió en el regazo de su madre Dione; la cual, recibiéndola en los brazos y halagándola con la mano, le dijo:
—¿Cuál de los celestes dioses hija querida, de tal modo te maltrató, como si a su presencia hubieses cometido alguna falta?
Respondióle al punto la
risueña Afrodita:
— Hirióme el hijo de Tideo, Diomedes soberbio, porque sacaba de la liza a mi
hijo Eneas carísimo para mí más que otro alguno. La enconada lucha ya no es sólo
de teucros y aqueos, pues los dánaos se atreven a combatir con los inmortales.
Contestó Dione divina entre las diosas:
— Sufre el dolor, hija mía, y sopórtalo aunque estés afligida; que muchos de los
moradores del Olimpo hemos tenido que tolerar ofensas de los hombres, a quienes
excitamos para causarnos, unos dioses a otros, horribles males.
Venus de Milo, ca. 150-100 a.C.

(Traducción Grupo Tempe)
Todos sabemos que no hay Afrodita sin amor. En el caso, pues de que fuera única habría tan sólo un Amor, pero como existen dos, necesariamente habrá dos amores. ¿Y cómo negar que son dos las diosas? Una de ellas no tuvo madre y es hija de Urano, por lo cual le damos el nombre de Urania; la otra es hija de Zeus y de Dione y la llamamos Pandemo. De ahí que sea necesario también llamar con propiedad al Amor que colabora con esta última Pandemo y al otro Uranio.
Sobre Amor Sacro y Amor Profano véase
Venus de Cnido, copia romana de un original de Praxíteles, ca. 350-340 a.C.
Venus de Viena. Copia romana de un original griego, ca. 350 a.C.

Heródoto I, 199 (Traducción Grupo Tempe)
La
costumbre más ignominiosa que tienen los babilonios es la siguiente; toda mujer
del país debe, una vez en su vida, ir a sentarse a un santuario de Afrodita y
yacer con un extranjero. Muchas mujeres toman asiento en el recinto sagrado de
Afrodita con una corona de cordel en la cabeza. Y entre las mujeres quedan unos
pasillos; por ellos circulan los extranjeros y hacen su elección. Una mujer no
regresa a casa hasta que algún extranjero le echa dinero en el regazo y yace con
ella en el interior del santuario. La cantidad de dinero puede ser la que se
quiera; a buen seguro que no la rechazará, pues no está permitido: sigue al
primero que se lo echa sin despreciar a nadie.
Como
es lógico, todas las mujeres que están dotadas de belleza y buen tipo se van
pronto, pero aquellas que son poco agraciadas esperan mucho tiempo sin poder
cumplir la ley. Por cierto que, en algunos lugares de Chipre, existe también una
costumbre muy parecida a ésta
Justino, Epítome de las historias filípicas de Pompeyo Trogo XVIII 5, 4 (Traducción Grupo Tempe)
Era costumbre de los chipriotas hacer ir a la playa, en determinados días antes de celebrarse las bodas, a las jóvenes a ellas destinadas, con objeto de que se ganasen con sus personas el dinero de sus dotes, y para asegurarse así, pagando a Venus las primicias de su virginidad, su futura castidad conyugal.
Venus Capitolina, s. III-II a.C.
Afrodita rodeada por Erotes. Kylix, ca. 490-480 a.C.

Estrabón, Geografía VIII 6, 20
(Traducción Grupo Tempe)
Y el templo de Afrodita poseía más de mil siervas sagradas, prostitutas, ofrendadas a la diosa por hombres y mujeres. Y era por las tales por lo que la ciudad hormigueaba y se enriquecía; así, por ejemplo, los armadores de barcos se gastaban todo su dinero, y por eso dice el refrán: “No todo el mundo puede navegar a Corinto”
W. A.
Bouguereau, Nacimiento de Venus, 1879
Himno Homérico V a Afrodita, 1ss. (Traducción A. Bernabé)
Cuéntame, Musa, las acciones de la muy áurea Afrodita, de Cipris, que despierta en los dioses el dulce deseo y domeña las estirpes de las gentes mortales, a las aves que revolotean en el cielo y a las criaturas todas, tanto a las muchas que la tierra firme nutre, como a cuantas nutre el ponto. A todos afectan las acciones de Citerea, la bien coronada.
Tres corazones hay, sin embargo, a los que no puede persuadir ni engañar…. (Atenea, Ártemis, Hestia)
(36ss.) Ella le arrebata el sentido incluso a Zeus que se goza con el rayo… Engañando cuando quiere sus sagaces mentes, lo une con la mayor facilidad a mujeres mortales, haciéndolo olvidarse de Hera…
(45ss.) Pero también a ella misma (a Afrodita) Zeus le infundió en su ánimo el dulce deseo de unirse a un varón mortal, para que, cuanto antes, ni siquiera ella misma estuviese alejada de un lecho mortal, y así no pudiera decir, jactanciosa, entre todos los dioses, sonriendo dulcemente la risueña Afrodita, que había unido a los dioses con hombres mortales, y que les habían parido hijos mortales a los inmortales, y que asimismo había unido a diosas con hombres mortales.
A. Glaize, El baño de Venus. 1845

Así que le infundió en el ánimo el dulce deseo de Anquises, que por entonces en los elevados montes del Ida, pródigo en veneros, apacentaba sus vacas, semejante por su porte a los inmortales. Nada más verlo, la risueña Afrodita se enamoró de él, y desaforadamente se apoderó de su ánimo el deseo.
Encaminándose a Chipre penetró en su fragante templo en Pafos, donde tiene un recinto y un altar perfumado. Allí empujó al entrar las resplandecientes puertas y allí las Gracias la bañaron y la ungieron con el divino aceite que cubre a los dioses que por siempre existen, de ambrosía, exquisito, que se había perfumado para ella. Preciosamente ataviada con toda su hermosa vestimenta sobre su cuerpo, y adornada de oro, la risueña Afrodita se encaminó presurosa a Troya, tras abandonar el huerto fragante, haciendo raudamente su camino por las alturas, entre nubes.
Llegó al Ida pródigo en veneros, madre de fieras, y se encaminó en derechura al aprisco, monte a través.
Afrodita, Briton Briviere

Tras ella, haciéndole halagos, marchaban grisáceos lobos, leones de feroz mirada, osos y veloces panteras, insaciables de corzos. Y ella al verlos regocijó su ánimo en su fuero interno e infundió el deseo en sus pechos, así que todos a una aparearon en los valles umbríos.
Llegó ella a las bien construidas cabañas. Y encontró allí a Anquises, que se había quedado solo, lejos de los demás, al héroe que poseía de los dioses la hermosura. Todos a la vez habían seguido a las vacas por los hermosos pastizales, pero él, que se había quedado solo en los apriscos, lejos de los demás, iba y venía de un lado a otro tañendo su cítara con sones penetrantes.
Se detuvo ante él la hija de Zeus, Afrodita, tomando la apariencia en talla y figura de una virginal doncella, no fuera que se espantara al percibirla con sus ojos. Anquises, al verla, la examinaba y admiraba su figura, su talla y sus resplandecientes vestidos. Pues iba ataviada con un peplo más brillante que el resplandor del fuego. Llevaba retorcidas espirales y brillantes pendientes en forma de flor. Primorosos eran los collares en torno a su delicada garganta, hermosos, de oro, totalmente cincelados. Como la luna resplandecía en sus delicados pechos, maravilla de ver. De Anquises se adueñó el amor, y se dirigió a ella con estas palabras:
El espejo de Venus, E. Burne-Jones, 1875

-Salve, Señora, alguna de las Bienaventuradas sin duda, que llegas a estas moradas: Ártemis o Leto o la áurea Afrodita, o Temis, la bien nacida, o la de ojos de lechuza, Atenea. O quizás tú que has llegado hasta aquí seas alguna de las Gracias, que a los dioses todos acompañan y se proclaman inmortales, o alguna de las Ninfas que frecuentan las hermosas arboledas o de las Ninfas que habitan ese hermoso monte, los veneros de los ríos y las herbosas praderas. En un altozano, en un lugar conspicuo, te haré un altar y celebraré en tu honor hermosos sacrificios en todas las estaciones. Así que tú con talante benigno otórgame ser un varón distinguido entre los troyanos y concédeme para el futuro una florida progenie, así como que yo mismo por largo tiempo viva feliz y vea la luz del sol, rico entre mi pueblo, y llegue hasta el umbral de la vejez.
Venus y Anquises. A. Carracci

A él le respondió entonces la hija de Zeus, Afrodita:
-Anquises, el más glorioso de los hombres que sobre la tierra existen. No soy una diosa. ¿Por qué me comparas a las inmortales?...
Dicho esto, la diosa infundió en su ánimo el dulce deseo..
(145 ss. Habla Anquises:)
-Si eres mortal,… ninguno de los dioses me detendrá hasta que me una en amor contigo, ahora en seguida. Ni siquiera si el propio Certero Flechador, Apolo, lanzara con su arco de plata lamentables dardos. De buen grado, mujer semejante a las diosas, después de haber subido a tu lecho, penetraría en la morada de Hades.
Dicho esto, la tomó de la mano…
Venus y Anquises. Sir W. Blake Richmond (1842-1891)
(172 ss.) Una vez
completamente ataviada con todos su
s
vestidos en torno a su cuerpo, la divina entre las diosas se irguió en la cabaña
y su cabeza tocaba el techo bien construido. Resplandecía en sus mejillas una
belleza divina, como la que es propia de Citerea, coronada de violetas.
Le despertó del sueño y le dirigió la palabra, diciendo:
-¡Levanta, Dardánida! ¿Por qué duermes con sueño tan profundo? Y dime si te parece que soy semejante a la que antes viste ante tus ojos.
Así dijo, y él, saliendo inmediatamente de su sueño, le prestó oídos. Mas cuando vio el cuello y los hermosos ojos de Afrodita se espantó y volvió sus ojos en otra dirección. Ocultó luego de nuevo en el cobertor su hermoso rostro y, suplicándole, dijo aladas palabras:
-En cuanto te vi por vez primera con mis ojos, diosa, reconocí que eras una divinidad, mas tú no me hablaste sin engaño. Pero te suplico, por Zeus egidífero, que no me dejes impotente habitar vivo entre los hombres, sino apiádate de mí, puesto que no llega a una vida vigorosa el varón que yace con diosas inmortales.
G. Lorenzo Bernini, Anquises, Eneas y Ascanio, 1618-1619

A él le respondió en seguida la hija de Zeus, Afrodita:
-Anquises, el más glorioso de los hombres mortales. Ten ánimo y nada temas en tu corazón en demasía. Pues no hay temor de que vayas a sufrir mal alguno, al menos de parte mía ni de los demás Bienaventurados, pues en verdad eres amado de los dioses. Tendrás un hijo que reinará entre los troyanos y les nacerán hijos a sus hijos, sin cesar. Su nombre será Eneas, porque terrible es la aflicción que me posee por haber venido a caer en el lecho de un varón mortal.
Servio, Comentarios a Eneida II, 649
(Traducción Grupo Tempe)
Se cuenta que cuando Anquises comía con sus compañeros se jactó de haber tenido amores con Venus. Venus, habiéndose quejado de ello a Júpiter, consiguió que se lanzaran rayos contra Anquises; pero Venus, al ver que él podía ser aniquilado por un rayo, se compadeció del joven y desvió el rayo hacia otra parte; Anquises sin embargo alcanzado por el hálito del fuego celeste quedó tullido el resto de su vida.
Venus y Eneas. Fresco Pompeyano

Virgilio, Eneida XII, 411 ss.
(Traducción A. Espinosa Pólit)
Venus entonces, conmovida como madre por el indigno dolor de su hijo, recoge el díctamo en el Ida cretense, el tallo de hojas rugosas que en una flor acaba de púrpura; no desconocen esta hierba las cabras agrestes cuando se clavan en su lomo las flechas voladoras. Venus, con la figura escondida en una oscura nube, lo trajo y con él tiñe el agua vertida en un brillante cuenco, curando en secreto, y la riega con los jugos de la salutífera ambrosía y con la pánace olorosa. Fomenta con este brebaje la herida el longevo Yápige, sin saberlo, y de pronto escapa de su cuerpo todo dolor, dejó de manar sangre la herida profunda. Y salió al fin la flecha siguiendo sin que nadie la forzase la mano y volvieron de nuevo a su sitio las antiguas fuerzas.
«Rápido, las armas del héroe. ¿Por qué estáis parados?» exclama Yápige y enciende el primero los ánimos contra el enemigo. «No salen estas cosas de humanos recursos ni de un arte magistral, y no es mía, Eneas, la mano que te cura. Alguien mayor lo hace y un dios, de nuevo, te envía a empresas mayores.»
Afrodita favorece a los amantes
Afrodita sobre un ganso, kylix, ca. 470-460 a.C.

Safo, Himno a Afrodita (Traducción A. Luque)
Inmortal Afrodita de polícromo trono,
Hija de Zeus que enredas con astucias, te imploro, no domines con penas y torturas, soberana, mi pecho;
mas ven aquí, si es que otras veces antes, cuando llegó a tu oído mi voz desde lo lejos, te pusiste a escuchar y, dejando la casa de tu padre, viniste,
uncido el carro de oro. Veloces te traían los hermosos gorriones hacia la tierra oscura con un fuerte batir de alas desde el cielo, atravesando el éter:
de inmediato llegaron. Tú, feliz, con la sonrisa abierta en tu rostro inmortal, preguntabas qué sufro nuevamente, y por qué nuevamente en invoco
y qué anhelo ante todo alcanzar en mi pecho enloquecido: ¿A quién seduzco ahora y llevo a tu pasión? ¿Quién es, oh Safo, la que te perjudica?
Pues si hoy te rehuye, pronto habrá de buscarte; si regalos no acepta, en cambio los dará, y si no siente amor, pronto tendrá que amarte aunque no quiera ella.
Ven a mí también hoy, líbrame de desvelos rigurosos y todo cuanto anhela mi corazón cumplir, cúmplelo y sé tú misma mi aliada en esta lucha.
Afrodita y Helena, ánfora ca. 430 a.C.

Hesíodo, Teogonía 203-206
(Traducción Grupo Tempe)
Desde el comienzo esta área de influencia tiene y este destino ha alcanzado entre los hombres y los dioses inmortales: las intimidades con doncellas, las sonrisas, los engaños, el dulce placer, el afecto y la mansedumbre.
Afrodita defiende a Paris frente a Menelao asistido por Ártemis. Kylix ca. 485 a.C.

Homero Ilíada III, 365-394 (Traducción de Luis Segalá y Estalella)
(Habla Menelao)
—¡Padre Zeus, no hay dios más funesto que tú! Esperaba castigar la perfidia de Alejandro, y la espada se quiebra en mis manos, la lanza resulta inútil y no consigo vencerle.
Dice, y arremetiendo a Paris, cógele por el casco adornado con espesas crines de caballo y le arrastra hacia los aqueos de hermosas grebas, medio ahogado por la bordada correa que, atada por debajo de la barba para asegurar el casco, le apretaba el delicado cuello. Y se lo hubiera llevado, consiguiendo inmensa gloria, si al punto no lo hubiese advertido Afrodita, hija de Zeus, que rompió la correa, hecha del cuero de un buey degollado: el casco vacío siguió a la robusta mano, el héroe lo volteó y arrojó a los aqueos, de hermosas grebas, y sus fieles compañeros lo recogieron. De nuevo asaltó Menelao a Paris para matarle con la broncínea lanza; pero Afrodita lo arrebató con gran facilidad, por ser diosa, y llevóle, envuelto en densa niebla, al oloroso y perfumado tálamo. Luego fue a llamar a Helena, hallándola en la alta torre con muchas troyanas; tiró suavemente de su perfumado velo, y tomando la figura de una anciana cardadora que allá en Lacedemonia le preparaba a Helena hermosas lanas y era muy querida de ésta, dijo la diosa Afrodita:
—Ven. Te llama Alejandro para que vuelvas a tu casa. Hállase, esplendente por su belleza y sus vestidos, en el torneado lecho de la cámara nupcial. No dirías que viene de combatir, sino que va al baile o que reposa de reciente danza.
Baco y Ariadna por Tiziano, 1523-1524.

Higino, Astronómicas II 5, 1 (Traducción Grupo Tempe)
Se cree que ésta [la Corona Boreal] fue de Ariadna, colocada por el padre Líber entre las estrellas. En efecto, se dice que cuando Ariadna se casó con Líber en la isla de Día, recibió en primer lugar como regalo esta corona de Venus y de las Horas, cuando todos los dioses aportaban sus regalos de boda.
Eratóstenes, Catasterismos 5 (Trad. A. Guzmán Guerra)
...la novia se coronó con ella... El autor de las Créticas cuenta que era obra de Hefesto, labrada en oro fundido y empedrada de pedrería de la India. También narra que gracias al brillo con el que refulgía consiguió Teseo escapar del laberinto.... La Corona posee nueve estrellas dispuestas en forma de círculo...
Sir Edward Burne-Jones. The Heart Desires. Las Series de Pigmalión. 1868-70. Joseph Setton Collection. París.

Sir Edward
Burne-Jones. The Hand Refrains. The Pygmalion Series .
Ovidio, Metamorfosis X, 243-297 (Traducción E. Leoetti Jungl)
Pigmalión, que las había visto llevar una vida vergonzosa, ofendido por los múltiples defectos que la naturaleza había dado a la mente de las mujeres, vivía célibe, sin esposa, y durante mucho tiempo su lecho se había visto privado de una consorte. Un día talló felizmente, con admirable talento, una escultura de níveo marfil, le dio una belleza con la que ninguna mujer podría llegar a nacer, y se enamoró e su propia obra. Su aspecto era el de una muchacha de verdad, y se habría dicho que estaba viva y que, de no impedírselo el pudo, se habría movido; hasta tal punto el arte se disimulaba bajo el arte. Pigmalión está embelesado, y en su pecho se enciende el amor por ese cuerpo falso. Muchas veces pone sus manos sobre la estatua y la toca para ver si aquello es un cuerpo o es marfil, y aún así diría que no es marfil. Le da besos y cree que le son devueltos, le habla, le abraza, y le parece que sus dedos se hunden en sus miembros cuando los toca, y teme que al apretar sus brazos se formen moratones. Unas veces la halaga con ternura, y otras le lleva regalos de los que gustan a las muchachas, como conchas, lisos guijarros, pajaritos y flores de mil colores, lirios, bolas decoradas y lágrimas caídas del árbol de las Helíades.
Sir Edward
Burne-Jones. Pygmalion and the Image
A. Bronzino, Galatea y Pigmalión

También adorna sus miembros con ropas: pone gemas en sus dedos y en su cuello largos collares, de sus oídos cuelgan ligeros pendientes, y sobre su pecho cintas. Y desnuda no es menos bella. La tiene sobre cobertores teñidos de púrpura de Sidón, la llama compañera de su lecho y recuesta su cuello sobre blandos cojines de plumas, como si ella pudiera notarlo.
Había llegado el día de la fiesta de Venus, la más celebrada en toda Chipre. Las novillas de amplios cuernos vendados de oro habían caído golpeadas en la blanca cerviz y el incienso desprendía volutas de humo, cuando Pigmalión, tras cumplir los ritos obligados, se paró ante el altar y tímidamente: “Oh dioses, si todo lo podéis conceder, deseo que sea mi esposa”, y sin atreverse a decir “la muchacha de marfil”, dijo, “una parecida a la mía de marfil”. Venus, que asistía en persona a su fiesta, entendió cuál era el significado de esos ruegos, y en señal de la benevolencia de su divinidad, una llama se encendió tres veces y elevó su punta por el aire.

Fr. Boucher, Pigmalión y Galatea, 1767

Cuando regresó fue a buscar la estatua de su amada muchacha, y reclinándose sobre el lecho la besó: le pareció que estaba tibia. Vuelve a acercar sus labios, y con las manos le palpa también el pecho: al tocarlo el marfil se ablanda, y perdiendo su rigidez se hunde y cede bajo los dedos; de igual forma la cera del Himeto se reblandece al sol, y cuando es trabajada con el pulgar se moldea tomando muchas formas distintas, y el propio trato la hace más tratable. Mientras se asombra y se alegra tímidamente, temeroso de que no sea cierto, una y otra vez vuelve a tocar el enamorado el objeto de su deseo: ¡es un cuerpo! Las venas palpitan bajo la presión del pulgar. Entonces sí que el héroe de Pafos pronunció sonoras palabras para dar gracias a Venus, y por fin su boca ya no besó una boca falsa. La virgen sintió los besos que le daba y se sonrojó, y alzando hacia sus ojos y hacia la luz su tímida mirada, a la vez vio el cielo y a su amante. La diosa estuvo presente en la boda que ella misma había hecho posible. Cuando los cuernos de la luna habían completado nueve veces el disco, ella dio a luz a Pafos, de quien la isla recibe su nombre.
Sir Edward Burne-Jones. The Soul Attains. The Pygmalion Series. 1868-70. Oil on canvas. Joseph Setton Collection, Paris, France
H. C. Danger, Afrodita y Eros, 1917

Virgilio, Eneida I, 657 ss. (Traducción A. Espinosa Pólit)
Pero la
Citerea
nuevas mañas, nuevos planes urde en su pecho, para que con la
cara y el cuerpo del dulce Ascanio
Cupido se presente y encienda
con sus regalos la pasión de la reina, y meta el fuego en sus huesos. Y es que
teme a una casa ambigua y a los tirios de dos lenguas;
la abrasa feroz Juno y aumenta por la noche su cuidado.
Así que con estas palabras se dirige al alígero Amor: «Hijo mío, mi fuerza, mi
gran poder, el único que despreciar puede los dardos tifeos de tu excelso
padre, en ti me refugio y suplicante tu ayuda reclamo. Que tu hermano
Eneas anda
en el mar sacudido por todas las costas a causa del odio de la acerba Juno, lo
sabes muy bien y a menudo de nuestro dolor te doliste.
Ahora lo retiene la fenicia Dido y lo entretiene con blandas palabras, y me temo
a dónde puede conducirle la hospitalidad de Juno: no dejará pasar ocasión como
ésta. Por eso estoy planeando conquistar antes a la reina con engaños y ceñirla
de fuego, para que no cambie por algún otro dios y conmigo se vea atada con un
gran amor a Eneas. Escucha ahora mi plan para que puedas lograrlo.
Por
orden de su querido padre se dispone a acudir a la ciudad
sidonia el niño real, el objeto mayor de mis cuitas, llevando consigo los
presentes rescatados al mar y a las llamas de Troya;
voy a ocultarlo, profundamente dormido, en las cumbres de Citera o en la sagrada
morada de la Idalia, para que enterarse no pueda de mis engaños o interponerse.
Tú, por no más de una noche, toma su aspecto con engaño, y, niño, como eres,
viste los conocidos rasgos del niño
de modo que, cuando te tome en su regazo felicísima Dido entre las mesas reales
y el licor llieo, cuando te dé sus abrazos y te llene de dulces besos, le
insufles sin que lo advierta tu fuego y la engañes con tu droga.»
Obedece Amor las palabras de su madre querida y las alas deja y toma gozoso los
andares de Julo.
G. B. Tiepolo, "Eneas presenta a Dido a Cupido vestido como su hijo Ascanio" 1757
Zeus, Afrodita y Eros, lutróforo, ca. 350-340 a.C.

Ovidio, Metamorfosis XIV, 581 ss. (Traducción E. Leoetti Jungl)
La virtud de Eneas ya había obligado a todos los dioses, y entre ellos a la misma Juno, a deponer su ira, y estando ya bien asentado el creciente poder de Iulo, el héroe citereo ya estaba en sazón para el cielo. Venus había asediado a los dioses con sus súplicas, y abrazada al cuello de su padre le había dicho: “¡Padre, tú que en ningún momento has sido duro conmigo, ahora deseo que seas más benévolo que nunca: a mi Eneas, quian, al ser de mi sangre, te hizo abuelo, otórgale, oh grandísimo, la majestad divina, aunque sea sólo un poco. Ya basta con que haya visto una vez el desapacible reino de los muertos y que haya cruzado una vez los ríos estigios”. Los dioses dieron su consentimiento, y la consorte real no mantuvo un rostro impasible, sino que asintió con semblante apaciguado. Entonces el padre Júpiter: “Sois dignos del don del cielo, tanto tú que los solicitas como aquel para quien lo solicitas: recibe, hija, lo que deseas”. Ella se alegra y da las gracias a su padre, y transportada a través del aire por palomas uncidas al yugo se dirige a la costa laurentina, donde el Numicio, serpenteando oculto entre las cañas, vierte sus aguas fluviales en el cercano mar. A éste le ordena que lave todo aquello de Eneas que esté sujeto a la muerte y que lo arrastre hasta las profundidades del mar con su taciturna corriente. El cornígero río ejecuta las órdenes de Venus y purifica todo lo que en Eneas era mortal, bañándolo en sus aguas: sólo quedó su parte mejor. Cuando estuvo purificado, su madre ungió su cuerpo con un ungüento divino y puso en sus labios ambrosía mezclada con dulce néctar, y lo convirtió en un dios, al que el pueblo de Quirino llama Indiges y honra con un templo y con altares.
Fr. Boucher, Apoteosis de Eneas, 1746

Júpiter vaticina el traslado al Olimpo de Julio César
Ovidio, Metamorfosis XV, 807 ss. (Traducción E. Leoetti Jungl)
“¿Tú sola, hija, pretendes cambiar el destino inevitable? ¡Entra si quieres tú misma en la morada de las tres hermanas! Allí verás en una inmensa mole de bronce y de sólido hierro el archivo del mundo, que no teme ni las sacudidas del cielo ni la ira del rayo, ni, seguro y eterno, ninguna otra ruina. Allí encontrarás el destino de tu descendencia grabado en metal indestructible. Yo mismo lo he leído y lo grabé en mi memoria. Éste por quien tú te afanas, Citerea, ha llegado al fin de su tiempo, una vez cumplidos los años que le debía a la tierra. Accederá al cielo convertido en dios y ocupará un lugar en los templos por obra tuya y de su hijo, quien, heredero de su nombre, sostendrá el solo la carga que la sido impuesta, y, poderosísimo vengador de la muerte de su padre, nos tendrá a su lado en la guerra.
Afrodita castiga a quienes no la honran
Alegoría con Venus y el Tiempo. J. B.Tiépolo, 1754-58. National Gallery, Londres

Eurípides, Hipólito 10 ss. (Trad. A. Medina González)
El hijo de Teseo y de la Amazona, alumno del santo Piteo, es el único de los ciudadanos de esta tierra de Trocén que dice que soy la más insignificante de las divinidades, rechaza el lecho y no acepta el matrimonio. En cambio, honra a la hermana de Febo, a Ártemis... Yo no estoy celosa por ello. ¿Por qué iba a estarlo? En cambio, por las faltas que ha cometido contra mí, castigaré a Hipólito hoy mismo; la mayor parte de mi plan lo tengo muy adelantado desde hace tiempo, no tengo que esforzarme mucho.
En una ocasión... al verle la noble esposa de su padre, Fedra, sintió su corazón arrebatado por un amor terrible, de acuerdo con mis planes. y antes de que ella regresara a esta tierra de Trozén.. fundó un templo de Cipris, encendida de amor por el extranjero. Y al erigirlo, le ponía el nombre de la diosa en recuerdo de Hipólito. Y cuando Teseo abandonó la tierra de Cécrope.. hizo una travesía hasta este país, resignándose a un año de destierro. Desde entonces, entre gemidos y herida por el aguijón del amor, la desdichada se consume en silencio. Ninguno de los de la casa conoce su mal. Pero este amor no debe acabar de este modo. Se lo revelaré a Teseo y saldrá a la luz. y su padre matará a nuestro joven enemigo, con una de las maldiciones que Posidón, señor del mar, concedió a Teseo como regalo: que no en vano suplicaría a la divinidad hasta tres veces. Aunque sea con gloria, Fedra también ha de morir, pues yo no tendré en tanta consideración su desgracia hasta el punto de que mi enemigo no deba pagarme la satisfacción que me parezca oportuna.
Fedra con su nodriza. Fresco pompeyano

Eurípides, Hipólito 391 ss. (Trad. A. Medina González)
(Habla Fedra:)
... Voy a comunicarte el camino que ha recorrido mi mente: cuando el amor me hirió, buscaba el modo de sobrellevarlo lo mejor posible. Comencé por callarlo y ocultar la enfermedad... En segundo lugar, me propuse soportar mi locura con dignidad, venciéndola con la cordura. En tercer lugar, como no conseguí con estos medios vencer a Cipris, me pareció que la mejor decisión era morir -nadie lo negará.
(Habla la nodriza:)
... Estás enamorada. ¿Qué hay de extraño en esto? Le sucede a muchos mortales. ¿Y por este amor vas a perder tu vida? ¡Menudo beneficio para los enamorados de ahora y los del futuro, si tienen que morir! Cipris es irresistible, si se lanza sobre nosotros con fuerza. Al que cede a su impulso se le presenta con dulzura, pero al que encuentra altanero y soberbio, apoderándose de él -¿puedes imaginártelo?- lo maltrata. Ella camina por el éter y está en las olas del mar y todo nace de ella. Es la que siembra y concede el amor, del cual nacemos todos los que habitamos en la tierra. Cuantos conocen los escritos de los antiguos y están siempre en compañía de las Musas saben que Zeus una vez ardió en deseos de unirse con Sémele y saben que la Aurora, de hermoso resplandor, raptó una vez a Céfalo a la morada de los dioses, y lo hizo por amor. Y, sin embargo, habitan en el cielo y no tratan de huir de los dioses, sino que se resignan, así lo creo, a aceptar su destino. ¿Y tú no vas a aceptar el tuyo?
Jovencita defendiéndose de Eros. A. W. Bouguereau, 1880

(Coro v. 525 ss.)
¡Amor, amor, que por los ojos destilas el deseo, infundiendo un dulce placer en el alma de los que sometes a tu ataque, nunca te me muestres acompañado en la desgracia ni vengas discordante! Ni el dardo del fuego ni el de las estrellas es más poderoso que el que sale de las manos de Afrodita, de Eros, el hijo de Zeus
En vano, en vano junto al Alfeo y en el santuario Pítico de Febo, Grecia acumula sacrificio de toros, si a Eros, tirano de los hombres, que tiene las llaves del amadísimo tálamo de Afrodita, no reverenciamos, al dios devastador que lanza al hombre por todos los caminos de la desgracia, cuando se presenta.
A la potrilla de Ecalia, no uncida al yugo del lecho, sin conocer antes varón ni tálamo nupcial, desunciéndola de la casa de Éurito, como una Náyade fugitiva y una Bacante, entre sangre, entre humo e himnos de muerte, Cipris se la entregó al hijo de Alcmena, ¡desdichada por su boda!
¡Oh muro sagrado de Tebas, fuente de Dirce, sois testigos de cómo se presentó Cipris! Pues uniendo a la madre de Baco, nacido dos veces, con el trueno rodeado de fuego, la durmió en el sueño fatal de la muerte. Pues terrible lanza su soplo por todas partes y revolotea cual una abeja.
Fedra. - (Que está escuchando junto a la puerta del palacio). ¡Callad, mujeres! ¡Estammos perdidas!
Fedra e Hipólito. P. N. Guérin (1744-1833)

v. 601 ss.
Hipólito. -¡Oh tierra madre y rayos del sol, qué palabras he oído que ninguna voz se atrevería a pronunciar!
Nodriza. -Calla, hijo, antes de que nadie oiga tus gritos.
Hipólito. -No es posible callar, después de haber oído cosas terribles.
Nodriza.- Calla, te lo suplico por tu bella diestra.
Hipólito.- No avances tu mano, ni toques mis vestidos.... ¡Oh Zeus! ¿Por qué llevaste a la luz del sol para los hombres ese metal de falsa ley, las mujeres? Si deseabas sembrar la raza humana, no debías haber recurrido a las mujeres para ello, sino que los mortales, depositando en los templos ofrendas de oro, hierro o cierto peso de bronce, debían haber comprado la simiente de los hijos, cada uno en proporción a su ofrenda y vivir en casas libres de mujeres.
Hipólito conduce su carro, debajo de los cabellos se aprecia el toro de Posidón. Ca. 340 a.C.

v. 1161 ss.
Mensajero. - Hipólito ya no existe, por así decirlo. Ve aún la luz, pero su vida está pendiente de un hilo.
Teseo. -¿Quién lo mató? ¿Alguien llevado por el odio, por haber violado a su esposa, como a la de su padre?
Mensajero. -Su propio carro lo ha matado y las maldiciones de tu boca que habías dirigido a tu padre, señor del mar, contra tu hijo.
... llegábamos a un paraje desierto, en donde, más allá de esta tierra, una costa escarpada, se extiende hasta el golfo sarónico. De allí surgió un rumor de la tierra, cual rayo de Zeus, profundo bramido, espantoso de oír. Los caballos enderezaron sus cabezas y sus orejas hacia el cielo y un fuerte temor se apoderaba de nosotros al buscar de dónde procedía el ruido. Y mirando a las costas azotadas por el mar, vimos una ola enorme que se levantaba hacia el cielo, hasta el punto de impedir a mis ojos ver las costas de Escirón y ocultaba el Istmo y la roca de Asclepio. Y luego, hinchándose y despidiendo en derredor espuma a borbotones por el hervor del mar, llega hasta la costa en donde estaba la cuadriga. Y en el momento de romper con estruendo, la ola vomitó un toro, monstruo salvaje. Y toda la tierra, al llenarse de su mugido, respondía con un eco tremendo.
Muerte de Hipólito. P. P. Rubens, 1611. National Gallery, Londres

A aquellos que la veían la aparición resultaba insoportable a su mirada. Al punto un miedo terrible se abate sobre los caballos. Nuestro amo, muy práctico en la forma de comportarse con los mismos, agarra las riendas con ambas manos y tira de ellas, como un marinero tira hacia la empuñadura del remo, echando todo el peso de su cuerpo hacia atrás al tirar de las correas. Y las yeguas, mordiendo, el freno forjado a fuego con las quijadas, se lanzan con ímpetu, sin preocuparse de la mano del piloto, ni de las riendas ni del carro bien ajustado. Y si dirigiendo el timón hacia la llanura, conseguía enderezar la carrera, el toro se ponía delante haciéndole dar la vuelta, enloqueciendo a la cuadriga de temor. Mas si, despavoridas en su ánimo, se lanzaban hacia las rocas, acercándose en silencio seguía al parapeto del carro, hasta que le hizo perder el equilibrio y volcó, lanzando la rueda del carro contra una roca. Todo era un montón confuso: los cubos de las ruedas volaban hacia arriba y los pernos de los ejes, y el mismo desdichado, enredado entre las riendas, es arrastrado, encadenado a una cadena inextricable, golpeándose en su propia cabeza contra las rocas y desgarrando sus carne, entre gritos horribles de escuchar: "¡Deteneos, yeguas criadas en mis cuadras, no me quitéis la vida! ¡Oh desdichada maldición de mia padre! ¿Quién quiere venir a salvar a este hombre excelente?". A pesar de que muchos lo pretendíamos, llegábamos con pie tardío. Pero él, liberándose de la atadura, de las riendas, hechas de recortes de cuero, no sé de qué modo, cae al suelo, respirando aún un débil hálito de vida; los caballos y el monstruo desdichado del toro desaparecieron no sé en qué lugar de las rocas.
Yo soy un esclavo de tu palacio, señor, pero yo nunca podré creer que tu hijo es un malvado, ni aunque la raza entera de las mujeres se ahorcara, ni aunque alguien llenara de incisiones acusadoras todos los pinares del Ida, pues sé bien que es un hombre noble.
Jasón arriba a la isla de Lemnos, St. Lynch 2007

Apolodoro, Biblioteca II, 5, 3 (Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda)
Éstos [los argonautas], con Jasón como navarca, se hicieron a la mar y arribaron a Lemnos. Entonces Lemnos no tenía hombres y su reina era Hipsípila, hija de Toante por lo siguiente: las lemnias no honraban a Afrodita y ella les infligió una fetidez que impulsó a sus maridos a tomar cautivas de la cercana Tracia para yacer con ellas. Las lemnias desdeñadas mataron a sus padres y maridos; sólo Hipsípila salvó a su padre Toante escondiéndolo. Cuando los argonautas llegaron a Lemnos, entonces en poder de las mujeres, se unieron con ellas. Hipsípila yació con Jasón y tuvo hijos, Euneo y Nebrófono.

Eratóstenes, Catasterismos XLIII (trad. A. Guzmán Guerra)
Las cinco estrellas que llamamos Planetas poseen movimiento propio. Se dice que pertenecen a cinco dioses... El cuarto se llama Fósforo y pertenece a Afrodita, es de color blanco y la mayor de todas estas estrellas; lo llaman tanto Fósforo como Héspero.
Venus como el "Día Viernes". Mosaico procedente de Suiza. s. III d.C.
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Ártemis frente a Afrodita. Afrodita Detalle de una crátera de volutas. ca. 365 a.C.

(Traducción A. Medina González – J. A. López Férez)
(1 ss.) Afrodita. –Soy una diosa poderosa y no exenta de fama, tanto entre los mortales como en el cielo, y mi nombre es Cipris. De cuantos habitan entre el Ponto y los confines del Atlas y ven la luz del sol tengo en consideración a los que reverencian mi poder y derribo a cuantos se ensoberbecen contra mí. En la raza de los dioses también sucede esto: se alegran con las honras de los hombres. Voy a mostrar muy pronto la verdad de estas palabras. El hijo de Teseo y de la Amazona, alumno del santo Piteo, es el único de los ciudadanos de esta tierra de Trozén que dice que soy la más insignificante de las divinidades, rechaza el lecho y no acepta el matrimonio. En cambio honra a la hermana de Febo, a Ártemis, hija de Zeus, teniéndola por la más grande de las divinidades. Por el verdoso bosque, siempre en compañía de la doncella, con rápidos perros extermina los animales salvajes de la tierra, habiendo encontrado una compañía que excede a los mortales.
Ártemis con un cisne. Lecito. Ca. 500 a.C.
(73 ss.) Hipólito. –A
ti, oh diosa, te traigo, después de haberla adornado, esta corona trenzada con
flores de una pradera intacta, en la cual ni el pastor tiene digno apacentar sus
rebaños, ni nunca penetró el hierro; sólo la abeja primaveral recorre este prado
virgen. La diosa del Pudor lo cultiva con rocío de los ríos. Cuantos nada han
adquirido por aprendizaje, sino que con el nacimiento les tocó en suerte el don
de ser sensatos en todo, pueden recoger sus frutos; a los malvados no les está
permitido. Vamos, querida soberana, acepta esta diadema para tu áureo cabello
ofrecida por mi mano piadosa. Yo soy el
único de los mortales que poseo el
privilegio de reunirse contigo e intercambiar palabras, oyendo tu voz,
aunque no veo tu rostro. ¡Ojalá pueda doblar el límite de mi vida como la he
comenzado!
(102 ss.) Hipólito. –Desde lejos la saludo (a Afrodita), pues soy casto...
Sirviente. –Hay que honrar a todos los dioses, hijo mío.
Hipólito.- (A sus compañeros) Vamos, compañeros, entrad en casa y preocupaos de la comida... Hay que almohazar a los caballos, para que, después de uncirlos al carro y saciarme yo de comida, los entrene en los ejercicios oportunos (Dirigiéndose al mismo siervo y haciendo un gesto a la estarua de Afrodita) En cuanto a tu Cipris, le mando mis mejores saludos.
(113 ss.) Sirviente. –(Habla solo, dirigiéndose a la estatua de Afrodita) En lo que a mí respecta – a los jóvenes con semejante arrogancia no se debe imitar -, con el lenguaje que cuadra a los esclavos te suplico ante tu imagen, soberana Cipris: debes perdonar que alguno, por su juventud, a impulsos de su vigoroso corazón, te dirija palabras insensatas. Haz como si no la oyeras, pues los dioses deben ser más sabios que los mortales.
Estatua de Ártemis Efesia. Museo Arqueológico de Éfeso.

Plinio, Historia Natural XXXVI 95-97 (Traducción Grupo Tempe)
Monumento verdaderamente admirable de la grandeza de lo hecho por los griegos es el templo que se conserva de la Diana de Éfeso, edificado a lo largo de veinte años por obra del Asia entera. Lo hicieron sobre un suelo pantanoso, para que estuviera libre de notar terremotos y de tener grietas; y, por lo mismo, para que sus cimientos no descansaran en terreno deslizante y movedizo, los calzaron gracias a un lecho de carbones apisonados y, encima, de pieles de oveja con la lana sin esquilar. El templo en su conjunto tiene 425 pies de largo y 225 de ancho, y 127 columnas de 60 pies de altura, cada una de ellas construida por un rey, y de entre ellas 36 con relieves, una de ellas de Escopas. Dirigió la obra el arquitecto Quersifón. Lo más prodigiosos de todo es que pudieran izarse arquitrabes de peso tan colosal. Lo consiguió Quersifón utilizando espuertas llenas de arena, que, amontonándolas unas sobre otras, formaban una ligera pendiente por sobre las cimas de las columnas, y vaciando poco a poco las espuertas situadas en la parte más inferior, hasta lograr que insensiblemente la obra acabase por reposar en el sitio previsto. Lo más difícil fue alcanzar este resultado en el dintel, cuando estaba intentando colocarlo precisamente sobre la puerta. En efecto, aquel bloque era el de máximo peso, y no encajaba en el asiento que se le había destinado, con lo que el artista, angustiado, pensó en el suicidio como último recurso. Cuentan que agotado por la preocupación, durante la noche vio en sueños a la diosa en cuyo honor se estaba construyendo el templo, y que, apareciéndosele, le animó a seguir viviendo, manifestándole que ya ella misma había colocado la piedra. Y así resultó ser al día siguiente; sin duda la piedra por su propia gravedad vino a ajustarse en su sitio exacto. El resto de las bellezas del edificio daría materia para llenar muchos libros, pues no contienen imitación alguna de la naturaleza.
Reconstrucción del Artemision de Éfeso

Antípatro de Sidón, Antología Palatina IX 58 (Traducción Grupo Tempe)
Yo había contemplado las murallas, sobre las que corren los carruajes, de la escarpada Babilonia, y el Zeus junto al Alfeo, y la colgadura de los jardines, y el coloso del Sol, y la obra grandiosa de las altísimas pirámides, y el sepulcro gigantesco de Mausolo; pero cuando vi el templo de Ártemis que se lanza hasta las nubes, todo aquello se me quedó borrado, y dije: “Mira, no siendo el Olimpo, todavía no ha iluminado el Sol nada que se le parezca”.
Nacimiento de Apolo y Ártemis. Ánfora procedente de Capua. Ca. 475 a.C.

Hesíodo, Teogonía 918-920
(Trad. Grupo Tempe)
Leto uniéndose amorosamente a Zeus, portador de la égida, dio a luz a Apolo y a la flechadora Ártemis, hijos encantadores por encima de todos los Uránidas.
Diana de Versalles. Copia romana de original helenístico.

Himnos Homéricos XXVII a Ártemis
(Traducción A. Bernabé)
Canto a la tumultuosa Ártemis, la de áureas saetas, la virgen venerable, cazadora de venados, diseminadora de dardos, la hermana carnal de Apolo el del arma de oro, la que por los montes umbríos y los picachos batidos por los vientos, deleitándose con la caza, tensa su arco todo él de oro, lanzando dardos que arrancan gemidos. Retiemblan las cumbres de los elevados montes y retumba terriblemente el bosque umbrío por el rugido de las fieras. Se estremece también la tierra y el mar pródigo en peces. Pero ella, que tiene un ardido corazón, se dirige de un lado a otro, arruinando la raza de las fieras.
Y cuando se ha complacido la diosa que ojea las fieras, la diseminadora de dardos, y ha deleitado su espíritu, tras aflojar su flexible arco, se dirige a la espaciosa morada de su hermano, Febo Apolo, el espléndido pueblo de Delfos, disponiendo allí el hermoso coro de las Musas y las Gracias.
Tras colgar allí su elástico arco y las saetas, dirige los coros, iniciando el canto con encantador aderezo sobre su cuerpo.
Y ellas, dejando oír una voz imperecedera, celebran a Leto, la de hermosos tobillos: cómo parió hijos, con mucho los mejores de los inmortales por su voluntad y sus hazañas.
¡Salve, hijos de Zeus y Leto, de hermosa cabellera, que yo me acordaré de vosotros en otro canto!
Ártemis en la gigantomaquia, bajo ella Deméter. Ánfora ca. 400 a.C.

Calímaco, Himno III a Ártemis, 1-41 (Traducción Jordi Redondo)
A
Ártemide cantamos – pues no resulta a los aedos fácil echarla en el olvido - , a
aquella a la que el arco y la montería ocupan, y el coro bien nutrido, y el
juego en la montaña, empezando por cuando, sentada como estaba en las rodillas
paternas, niña que aún crecía, esto dijo a su padre: “Concédeme, papá, guardar
eterna doncellez, y también una profusión de nombres porque conmigo no rivalice
Febo; y concédeme arco y dardos... Déjalo, padre, que no te pido ya una aljaba y
un gran arco; en breve tiempo para mí forjarán los Cíclopes saetas, para mí un
bien cimbrado arco. Antes bien, que se porten antorchas, y que me ciña yo hasta
la rodilla un quitón recamado, para que vaya a matar bestias salvajes.
Concédeme
también sesenta Oceaninas que completen un coro, todas de nueve años, niñas
todas aún sin ceñidor. Concédeme también como criadas veinte ninfas amnísides,
para que cuiden bien de mis sandalias, y, cuando ya no dispare contra linces ni
ciervos, de mis veloces canes. Concédeme también los montes todos; y asígname,
por fin, una ciudad, no importa cuál, la que tú quieras: de cierto que será muy
rara vez cuando descienda Ártemis a una ciudad; moraré en las montañas, y me
confundiré en las poblaciones de los hombres tan sólo cuando invoquen las
mujeres, agobiadas por agudos dolores de parto, a su valedora; a mí me
encomendaron las Moiras, al pronto ya, al tiempo que nacía, que les diera
socorro, porque además mi madre no padeció al darme a luz ni cuando me llevaba
en su seno, sino que sin fatiga alguna me liberó de sus entrañas."
Diana después de la caza. Fr. Boucher (1703-1770). Musée Cognacq-Jay, Paris
Leto, Apolo y Ártemis. Ánfora ática. Época clásica temprana

Himnos Homéricos III a Apolo 14-18 (Traducción A. Bernabé)
¡Salve, Leto bienaventurada, porque pariste hijos ilustres: Apolo soberano y Ártemis, diseminadora de dardos, a la una en Ortigia, al otro en la rocosa Delos, cuando te apoyaste en la gran montaña y en la altura del Cinto, muy cerca de la palmera, cabe las corrientes del Inopo!
Leto, la palmera de Delos, Ártemis, Apolo, quizás Asteria. Crátera, ca. 420 a.C.

Servio, Comentarios a Eneida III, 73
(Traducción Grupo Tempe)
Se dice que Diana, al nacer, prestó el servicio de comadrona a su madre cuando estaba dando a luz a Apolo: de donde viene que, aunque Diana sea virgen, sea invocada sin embargo por las parturientas.
Ártemis en su carro tirado por ciervos. Crátera. ca. 450 a.C.

Virgilio, Eneida X, 215 s. (trad. Grupo Tempe)
Y ya el día había dejado el cielo y la madre Febe recorría el centro del Olimpo con noctámbulo carro.

Cicerón, Naturaleza de los dioses 2, 68 (trad. Grupo Tempe)
El nombre de Apolo es desde luego griego, y pretenden que Apolo es el sol; también se cree la gente que Diana y la luna son una misma; la luna tiene ese nombre porque luce; pues también es ella Lucina, y, del mismo modo que entre los griegos a Diana y a la vez Lucífera se la invoca en los partos, así entre nosotros a Juno Lucina. También se la llama Diana errabunda, no por la caza sino porque se la incluye entre los siete astros errabundos; se la ha llamado Diana porque por la noche produce una especie de día. Y se la reclama en los partos porque éstos llegan a sazón al cabo de, algunas veces, siete, o, usualmente, nueve órbitas de la luna, órbitas que se llaman meses porque constituyen tramos medidos.
Ártemis. N. Cann
Apolo y Diana. Lucas Cranach (1472-1553). Royal Collection, Windsor

Horacio, Poema Secular 1-16 y 33-36
(Trad. Grupo Tempe)
¡Oh Febo y Diana, soberana de los bosques, gloria brillante del cielo, oh siempre venerables y venerados! Concedednos lo que os pedimos en el tiempo sagrado, tiempo en que los versos sibilinos aconsejaron que escogidas doncellas y castos donceles dijeran un canto a los dioses a los que pluguieron las siete colinas.
¡Nutricio sol que con fulgente carro sacas el día y lo escondes, y naces otro y el mismo! Nada puedes contemplar más ilustre que la ciudad de Roma.
¡Ilitía, que sabes sin dolor según las reglas abrir los partos maduros!, protege a las madres, ya si consientes en que se te invoque como Alumbradora, ya si como Engendradora.
Guardado tu dardo, Apolo, escucha, afable y sereno, a los jóvenes que te suplican; reina bicorne de las estrellas, Luna, escucha tú a las muchachas.
Leto y la Fuente de las Ranas. Palacio de La Granja, San Ildefonso (Segovia)

Ovidio, Metamorfosis VI, 339-381 (trad. Grupo Tempe)
Y ya en el territorio de la Licia, un sol inclemente quemaba los campos, y la diosa sintió sed; y sus hijos hambrientos habían agotado la provisión de leche de sus pechos. Vio entonces en el fondo de un valle un lago de no mucha agua: unos campesinos cogían allí espesos mimbres, juncos y ovas. Se acercó y doblando la rodilla se apoyó en la tierra con la intención de coger y beber el fresco líquido. El grupo de campesinos se los impide; la diosa habló así a los que se le oponían: "¿Por qué me rehusáis el agua? El uso de las aguas es público. La naturaleza no ha hecho particular ni el sol ni el aire ni las ondas suaves; no obstante yo os pido humildemente que me lo concedáis. Que os muevan también éstos que tienden hacia mi pecho los bracitos". ¿A quién no habrían podido mover las palabras suaves de la diosa?

Sin embargo aquellos hombres persisten en su negativa, añadiendo amenazas, si no se aleja, e insulto además. Y no les basta; con los pies y las manos agitan las aguas y desde el fondo del lago esparcen en todas direcciones un blando cieno.La cólera aplazó la sed; la hija de Ceo no suplica ya y levantando a los astros sus manos dijo: "Que eternamente viváis en esa laguna". Se cumplen los deseos de la diosa: les gusta estar bajo las agua y sumergir unas veces el cuerpo entero en la charca que les cubre, sacar otras veces la cabeza, o nadar en la superficie del abismo, el cuello se les hincha y llena de aire y sus mismos ronquidos ensanchan aún más la enorme abertura de sus bocas. Las espaldas están contiguas a la cabeza, los cuellos parecen haber sido suprimidos, el dorso es verde, el vientre, que es la parte más grande del cuerpo, blanco, y en medio de la cenagosa charca saltan convertidos en flamantes ranas.
Diana y sus ninfas. Domenichino. 1616-1617. Galleria Borghese. Roma

Odisea VI, 102-109
(Traducción L. Segalá Estalella)
Apenas las esclavas y Nausícaa se hubieron saciado de comida, quitáronse los velos y jugaron a la pelota; y entre ellas Nausícaa, la de los níveos brazos, comenzó a cantar. Cual Artemis, que se complace en tirar flechas, va por el altísimo monte Taigeto o por el Erimanto, donde se deleita en perseguir a los jabalíes o a los veloces ciervos, y en sus juegos tienen parte las ninfas agrestes, hijas de Zeus que lleva la égida, holgándose Leto de contemplarlo; y aquella levanta su cabeza y su frente por encima de los demás y es fácil distinguirla, aunque todas son hermosas: de igual suerte la doncella, libre aún, sobresalía entre las esclavas.
Ártemis y Apolo dan muerte a los Nióbidas. Crátera. Ca. 475-425 a.C. Museo del Louvre, París

Ilíada XXIV, 599 ss. (Traducción L. Segalá Estalella)
(Aquiles se dirige a Príamo:)
—Tu
hijo, oh anciano, rescatado está, como pedías: yace en un lecho, y cuando asome
el día podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar; pues hasta
Níobe, la
de hermosas trenzas, se acordó de tonar alimento cuando en el palacio murieron
sus doce vástagos: seis hijas y seis hijos florecientes. A éstos Apolo, airado
contra Níobe, los mató disparando el arco de plata; a aquéllas dióles muerte
Ártemis, que se complace en tirar flechas, porque la madre osaba compararse con
Leto, la de hermosas mejillas, y decía que ésta sólo había dado a luz dos hijos,
y ella había parido muchos; y los de la diosa, no siendo más que dos, acabaron
con todos los de Níobe. Nueve días permanecieron tendidos en su sangre, y no
hubo quien los enterrara, porque el Cronión había convertido a los hombres en
piedras; pero al llegar el décimo, los celestiales dioses los sepultaron. Y
Níobe, cuando se hubo cansado de llorar, pensó en el alimento. Hállase
actualmente en las rocas de los montes yermos de
Sipilo, donde, según
dicen, están las grutas de las ninfas que bailan junto al
Aqueloo; y aunque
convertida en piedra, devora aún los dolores que las deidades le causaron. Mas,
ea, cuidemos también nosotros de comer, y más tarde, cuando hayas transportado
el hijo a Ilión, podrás hacer llanto sobre el mismo. Y será por ti muy llorado.
Heracles con la cierva cerinitia. Ártemis. Ánfora arcaica. British Museum, Londres.

Apolodoro, Biblioteca II, 5, 3
(Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda)
Como tercer trabajo le ordenó (Euristeo a Heracles) traer viva a Micenas a la cierva cerintia. Tenía cuernos de oro y estaba en Énoe consagrada a Ártemis; por eso Heracles no quería matarla ni herirla, y la persiguió un año entero. Cuando la cierva fatigada por el acoso huyó al monte llamado Artemisio, y desde allí al río Ladón, al ir a cruzarlo, Heracles, flechándola, se apoderó de ella y la transportó sobre sus hombros a través de Arcadia. Pero Ártemis, acompañada por Apolo, se encontró con él, quiso arrebatársela y le reprochó haber atentado contra un animal consagrado a ella. Heracles, alegando su obligación e inculpando a Euristeo, aplacó la cólera de la diosa y llevó el animal vivo a Micenas.
Diana y
Acteón. Jean-Baptiste-Camille Corot (Paris 1796–1875). Robert Lehman Collection,
1975.

Ovidio, Metamorfosis III, 152-252
(Traducción Grupo Tempe)
Había un valle consagrado a Diana, la de corto vestido, en cuyo más apartado rincón hay una gruta. A la derecha murmura un manantial de delgada y límpida corriente. Aquí solía la diosa de las selvas, cuando estaba fatigada de la caza, bañar en el cristalino líquido sus miembros virginales.
Cuando llegó allí, entregó a una de sus ninfas, que cuidaba sus armas, la jabalina, la aljaba y el arco destensado; otra recogió en los brazos el vestido que la diosa se ha quitado; otras dos le desatan el calzado; y, más diestra que aquellas, la Isménide Crócale reúne en un moño los cabellos que caían sueltos por el cuello de la diosa, bien que ella misma los llevaba flotantes.
Diana y Acteón. Tiziano. 1559 National Gallery of Scotland, Edinburgh

Sacan el líquido Néfele, Híale y Ránide, así como Psécade y Fiale, y lo vierten de sus voluminosas urnas.
Y mientras allí se baña la Titania en sus aguas acostumbradas, he aquí que el nieto de Cadmo, errando a la ventura por un bosque que no conoce, llega a aquella espesura. Tan pronto como penetró en la fruta las ninfas, al ver un hombre, desnudas como estaban, se golpearon los pechos, llenaron de repentinos alaridos todo el bosque, y rodeando entre ellas a Diana la ocultaron con sus cuerpos;
Diana y Acteón. F. Albani, 1625-1630.Gemäldegalerie, Dresden

pero la diosa es más alta que ellas y les saca a todas la cabeza. El color que suelen tener las nuebes cuando las hiere el sol de frente, o la aurora arrebolada, es el que tenía Diana al sentirse vista sin ropa. Aunque a su alrededor se apiñaba la multitud de sus compañeras, todavía se apartó ella a un lado, volvió atrás la cabeza, y como hubiera querido tener a mano sus flechas, echó mano a lo que tenía, el agua, regó con ella el rostro del hombre, y derramando sobre sus cabellos el líquido vengador, pronunció además estas palabras que anunciaban la inminente catástrofe:
“Ahora te está permitido contar que me has visto desnuda, si es que puedes contarlo”.
Ártemis, Acteón atacado por sus perros y
Ninfa en su fuente.
Ca. 350 -340 a.C. Harvard
University Art Museums, Cambridge, Massachusetts, USA

Acteón transformado en ciervo, atacado por sus perros. Ca. 400-350 a.C.Badisches Landensmuseum, Karlsruhe, Alemania

Y sin más amenazas, le pone en la cabeza que chorreaba unos cuernos de longevo ciervo, le prolonga el cuello, le hace terminar en punta por arriba sus orejas, cambia en pies sus manos, en largas patas sus brazos, y cubre su cuerpo de una piel moteada. Añade también un carácter miedoso; huye el héroe hijo de Autónoe, y en su misma carrera se asombra de verse tan veloz. Y cuando vio en el agua su cara y sus cuernos, “¡Desgraciado de mí!”, iba a decir, pero ninguna palabra salió; dio un gemido, y éste fue su lenguaje; unas lágrimas corrieron por un rostro que no era el suyo, y sólo su primitiva inteligencia le quedó.

¿Qué podría hacer? Mientras vacila, lo han visto los perros. Toda la jauría lo persigue, ansiosa de botín, por rocas y peñascos, por riscos inaccesibles, por donde el camino es difícil, por donde no existe camino. Huye él a través de parajes por los cuales muchas veces había él perseguido, ¡ay! Huye de sus propios servidores. Anhelaba gritar: “Yo soy Acteón, reconoced a vuestro dueño”. Pero las palabras no acuden a su deseo; atruenan al aire los ladridos. Por todas partes le acosan, y con los hocicos hundidos en su cuerpo despedazan a su dueño bajo la apariencia de un engañoso ciervo. Y dicen que no se sació la cólera de Diana, la de la aljaba, hasta que acabó aquella vida víctima de heridas innumerables.
Ártemis y la muerte de Acteón.
Crátera
ca. 470 a.C.Museum of Fine Arts, Massachusetts, Boston, USA
Ártemis y los Alóadas. Crátera. Ca. 450 a.C. Antiken-museum und Sammlung Ludwig, Basel, Alemania

Apolodoro, Biblioteca I, 7, 4 (Trad. M. Rodríguez de Sepúlveda)
Aloeo se casó con Ifimedea, hija de Tríope, pero ella se enamoró de Posidón, tuvo dos hijos, Oto y Efialtes, llamados los Alóadas. Éstos crecían cada año un codo de anchura y una braza de altura. Cuando cumplieron los nueve años, con una anchura de nueve codos y una talla de nueve brazas, decidieron luchar contra los dioses; habiendo puesto el monte Osa sobre el Olimpo y el Pelión sobre el Osa, amenzaban con subir por estas montañas hasta el cielo, y decían que colmando el mar con los montes lo convertirían en tierra firme, y a la tierra en mar. Efialtes pretendió a Hera, Oto a Ártemis; además ataron a Ares, pero Hermes lo rescató furtivamente. Ártemis mató a los Alóadas en Naxos con una treta: transformada en cierva saltó entre ellos y al querer alcanzarla se atravesaron con sus flechas.
Apolo, Leto atacada por Ticio y Ártemis. Crátera ca. 470 a.C. Museo del Louvre, París.

Odisea 11, 576 ss. (trad. L. Segalá y Estalella)
Vi también a Titio, el hijo de la augusta Gea, echado en el suelo, donde ocupaba nueve yugadas. Dos buitres, uno de cada lado, le roían el hígado, penetrando con el pico en sus entrañas, sin que pudiera rechazarlos con las manos; porque intentó hacer fuerza a Leto, la gloriosa consorte de Zeus, que se encaminaba a Pito por entre la amena Panopeo.
Píndaro, Píticas IV, 90 ss. (Trad. E. Suárez de la Torre)
Y sin duda
a Ticio le dio alcance una flecha rauda de Ártemis, sacada de su invencible
aljaba, para que sólo aspiremos a alcanzar los amores posibles.

Escolios a Arato, Fenómenos v. 636, Martin p. 350 (Trad. Grupo Tempe)
Y teniendo consigo a Ártemis en una cacería intentó indebidamente violarla; pero ella hizo que la colina de la isla se rasgara y surgiera un escorpión que hizo perecer a Orión con su aguijón. Y fue catasterizado tanto él como el escorpión. Igualmente Orión en el cielo temeroso de él huye permanentemente, y cuando aquél sale Orión se oculta, y cuando el escorpión se oculta Orión sale.
Apolodoro, Biblioteca I, 4, 5 (Trad. M. Rodríguez de Sepúlveda)
Orión, según algunos, fue muerto porque desafió a Ártemis a lanzar el disco, mientras que según otros la diosa lo asaeteó por haber violado a Opis, una de las doncellas venida de los Hiperbóreos.
Ártemis como pótnia therón "señora de las bestias". Crátera. Ca. 570 Museo Archeologico Nazionale di Firenze, Italia.

Homero, Ilíada IX, 527-605 (Traducción L. Segalá)
(Habla Fénix:)
Todos hemos oído contar hazañas de los héroes de antaño, y sabemos que cuando estaban poseídos de feroz cólera eran placables con dones y exorables a los ruegos. Recuerdo lo que pasó en cierto caso no reciente, sino antiguo, y os lo voy a referir, amigos míos.
Curetes y bravos etolos combatían en torno de Calidón y unos a otros se mataban, defendiendo aquéllos su hermosa ciudad y deseando éstos asolarla por medio de las armas. Había promovido esta contienda Artemis, la de áureo trono, enojada porque Eneo no le dedicó los sacrificios de la siega en el fértil campo: los otros dioses regaláronse con las hecatombes, y sólo a la hija del gran Zeus dejó aquél de ofrecerlas, por olvido o por inadvertencia, cometiendo una gran falta. Airada la deidad que se complace en tirar flechas, hizo aparecer un jabalí de albos dientes, que causó gran destrozo en el campo de Eneo, desarraigando altísimos árboles y echándolos por tierra cuando ya con la flor prometían el fruto. Al fin lo mató Meleagro, hijo de Eneo, ayudado por cazadores y perros de muchas ciudades —pues no era posible vencerle con poca gente, ¡tan corpulento era!, y ya a muchos los había hecho subir a la triste pira—, y la diosa suscitó entonces una clamorosa contienda entre los curetes y los magnánimos aqueos por la cabeza y la hirsuta piel del jabalí.
Sacrificio de Ifigenia. Fresco Pompeyano. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, Italia.

Apolodoro, Epítome 3, 21
(Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda)
Los griegos zarparon de Argos y llegaron a Áulide por segunda vez, pero al falta de vientos retenía la flota. Calcante declaró que no podrían navegar si no ofrecían en sacrificio a Ártemis la más hermosa de las hijas de Agamenón, pues la diosa estaba encolerizada con él porque habiendo alcanzado a un ciervo había dicho “ni Ártemis”, y también porque Atreo no le había sacrificado la oveja de oro. Recibido este oráculo, Agamenón envió a Odiseo y Taltibio ante Clitemestra para pedir a Ifigenia, con el pretexto de que la había prometido en matrimonio a Aquiles en recompensa por sus servicios. Así, Clitemestra la dejó ir, y cuando Agamenón se disponía a degollarla sobre el altar, Ártemis poniendo en su lugar una cierva, arrebató a Ifigenia y la consagró a su sacerdocio en el país de los Tauros; algunos dicen que la hizo inmortal.
Las Erinias persiquen a Orestes. Orestes purificado por Apolo. Ártemis. Crátera, ca. 380 a.C. Museo del Louvre, París

Eurípides, Ifigenia en Táuride 1445 ss. (Grupo Tempe)
“Y tú, Orestes (pues escuchas la voz de la diosa aunque no estés aquí), ahora que conoces mis deseos, marcha llevando la imagen [de Ártemis] y a tu hermana.
Cuando llegues a Atenas, construida por los dioses, en el último extremo del Ática, junto al monte Caristio, hay un lugar sagrado al que mi pueblo ha dado el nombre de Halas. Allí construirás un templo e instalarás la imagen dándole el nombre de la tierra Táurica y de los sufrimientos que padeciste recorriendo la Hélade bajo el aguijón de las Erinies.
En el futuro los hombres celebrarán a Ártemis tonel nombre de diosa Taurópola. Establece este rito: cuando el pueblo celebre tu rescate de la muerte, que pongan un cuchillo sobre el cuello de un hombre y dejen correr su sangre para purificación y a fin de que la diosa reciba sus honras.
Y tú, Ifigenia, has de ser la clavera de esta diosa en los bancales sagrados de Braurón. Allí serás enterrada cuando mueras, y te dedicarán en ofrenda los sutiles peplos bordados que las mujeres dejan en su casa cuando mueren en el parto”.
Diana y Calisto. P. Vecchio, 1525
Ovidio, Fastos II, 155-164, 167 s., 171-177 y 181 s. (Trad. Grupo Tempe)
Entre las Hamadríadas y la flechadora Diana tenía Calisto una parte del coro sagrado. Tocó ella el arco de la diosa y dijo: "que el arco que toco sea testigo de mi virginidad". Cintia la felicitó y añadió: "Cumple el pacto que has hecho, y serás la primera de mi comitiva". Habría cumplido el pacto si no hubiera sido hermosa. Pudo mantener a raya a los hombres, pero el delito le vino de Júpiter. Febe regresaba de cazar mil alimañas en las selvas cuando el sol estaba poco más o menos a mitad de su carrera.
Dijo:
"Vamos a bañarnos aquí, en la selva, virgen tegea". La otra se sonrojó por el
falso nombre de virgen. Ella misma se traicionó cogida in fraganti con la
hinchazón del vientre y la propia denuncia de su carga. La diosa le dijo: "Hija
perjura de Licaón, abandona la reunión de las vírgenes y no manches las aguas
pudorosas". La luna había llenado por diez veces con sus cuernos el disco nuevo:
la que había pasado por virgen era madre. Juno, zaherida, se enfureció y cambió
la figura de la muchacha. Como diosa desidiosa vagaba por los montes desolados
la que poco antes había sido amada por Júpiter supremo.
Calisto convirtiéndose en osa. Ca. 370 a.C. Malibu. Paul Getty Museum
Vista aérea del Santuario de Ártemis Ortia en Esparta

Pausanias III 16, 7-11 (Traducción Grupo Tempe)
El lugar llamado Limeño está consagrado a Ártemis Ortia. Dicen que la xóana es aquella que un día Orestes e Ifigenia robaron del país Táurico. Pero los lacedemonios dicen que fue traída al suyo cuando reinaba allí Orestes; y a mí me parece que su versión es más probable que la de los atenienses. Le fue dado [a los lacedemonios] el oráculo según el cual deberían llenar el altar de sangre humana. Era sacrificado aquel al que le tocase por suerte, pero Licurgo lo cambió por azotes a los efebos, y por esto está lleno el altar con sangre humana. La sacerdotisa está en pie sosteniendo la xóana.
Por lo demás,
ésta es ligera, porque es pequeña, pero si los que azotan golpean un día con
miramientos a causa de la belleza o la dignidad de un efebo, entonces la xóana
se vuelve pesada y ya no es fácil para la mujer llevarlo, que acusa a los que
azotan y dice que está oprimida por su causa.
De este modo se ha mantenido para la imagen su complacencia en la sangre humana desde los sacrificios en el país Táurico.
Ártemis se complace en el sacrificio. Pelike ático. Ca. 380 a.C.
Bosque de Diana en Aricia

Servio, Comentarios a Eneida IV 511
(Traducción Grupo Tempe)
Orestes, después de asesinado el rey Toante en la región de los tauros huyó con su hermana Ifigenia, y la imagen de Diana sustraída de allí la colocó no lejos de Aricia.
Asclepio resucita a Hipólito. Cl. Lorrain

Pausanias II, 27, 4 (Trad. Grupo Tempe)
Dicen los de Aricia que Asclepio resucitó a Hipólito que había muerto por las maldiciones de Teseo; y cuando vivió de nuevo no quiso perdonar a su padre y, despreciando sus súplicas se marchó a Italia junto a los de Aricia, fue rey allí, y ofrendó un recinto sagrado a Ártemis donde hasta mi época el premio para el vencedor en combate singular era también el sacerdocio de la diosa. Al sacerdocio no podía concurrir ningún hombre libre, sino los esclavos que habían escapado de sus señores.

Ovidio, Fastos III, 271-275 (Trad. Grupo Tempe)
Consagrado por una antigua veneración hay en el valle de Aricia un lago al que rodea una espesa selva. Es en ella donde se oculta Hipólito, a quien destrozaron las riendas de sus caballos. (De ahí que a los caballos les está prohibida la entrada en el bosque.) Los largos setos están ocultos por las cintas que de ellos penden, y hay también numerosas tablillas votivas ofrecidas a la diosa en acción de gracias. A menudo las mujeres que han visto cumplidos los deseos que manifestaban en sus plegarias acuden desde Roma con la frente ceñida de coronas y llevando en sus manos antorchas encendidas.
Diana en el baño. J.-A. Watteau, 1721
Veleyo Patérculo, Historia de Roma II 25, 4 (Traducción Grupo Tempe)
Después de su victoria Sila -pues fue cuando subía el monte Tifata cuando se encontró con G. Norbano- cumplió su voto de agradecimiento a Diana, a la cual está consagrada aquella región; y consagró a la diosa las aguas, famosas por su salubridad y sus capacidades curativas, y todos los campos. Una inscripción clavada en la puerta del templo y una tablilla de bronce dentro del templo atestiguan hoy el recuerdo de este grato acto de piedad.
P. Batoni, "Ártemis rompe el arco de Eros", 1761

Pausanias VII 19, 1-4 (Traducción Grupo Tempe)
Los jonios que vivían en Ároe, Antea y Mesatis tenían en común un recinto sagrado y un templo de Ártemis Triclaria, y los jonios celebraban en su honor todos los años una fiesta y un festival nocturno. Una doncella desempeñaba el sacerdocio de la diosa hasta que iba a casarse.
Pues bien, dicen que un día sucedió que era sacerdotisa una doncella, Cometo, y que de ella estaba enamorado precisamente Melanipo. Y Melanipo la pidió en matrimonio a su padre. Es consecuencia de la vejez la insensibilidad respecto a los enamorados. Así, nada agradable obtuvo Melanipo, que quería entonces casarse con Cometo, que también lo quería. El amor destruye las leyes de los hombres y trastorna el culto de los dioses, puesto que Cometo y Melanipo cumplieron el deseo de su amor en el mismo santuario de Ártemis, y en adelante habían de utilizar el santuario como tálamo nupcial. Pero la cólera de Ártemis comenzó a destruir a sus habitantes, y como la tierra no produjese ningún fruto, tuvieron enfermedades inusuales, y como consecuencia de ellas mayor número de muertes que antes.
Acudieron al oráculo de Delfos, y la Pitia acusó a Melanipo y a Cometo. Llegó una orden del oráculo de que los sacrificaran a Ártemis y que cada año sacrificaran a la diosa a la doncella y al joven de figura más hermosa, y que a causa de este sacrificio el río que está junto al santuario de Triclaria fue llamado Amílico.
Diana y Endimión.
Jean-Honoré Fragonard c.
1753/1755
Timken Collection. National Gallery of Art. Londres

Apolodoro Biblioteca I, 7, 5
(Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda)
De Cálice y Aetlio nació un hijo, Endimión, quien con eolios sacados de Tesalia fundó Élide; algunos dicen que era hijo de Zeus. Por su extraordinaria belleza, Selene se enamoró de él, y Zeus le concedió lo que quisiera. Él eligió dormir por siempre, joven e inmortal.
Diana y Endimión. F. Cr. Jannek

Cicerón, Tusculanas I 92
(Traducción Grupo Tempe)
Ahí tienes a Endimión, que, si damos oídos a los mitos, desde que se durmió, no sé cuándo, en el Latmos, que es un monte de Caria, todavía, tengo entendido, no se ha despertado. ¿Piensas tú que a él le importa algo cuando se eclipsa la Luna, que es la que, según se cree, lo aletargó para besarlo mientras duerme?
"A dream of Latmos" por Sir J. N. Paton, 1878-1879

Luciano, Diálogos de los dioses 19 (11) (Trad. J. L. Navarro González)
Afrodita. - ¿Qué es eso, Selene, que dicen que haces? ¿Que cada vez que bajas a Caria detienes el carro y te quedas plantada dirigiendo tu mirada a Endimión que duerme al raso, como pastor que es, y que en alguna ocasión bajas a su lado desde la mitad del camino?
Selene. -Pregunta, Afrodita, a tu hijo, que es para mí el culpable de todo eso.
Afrodita. -¡Quita!, que es un insolente... Pero dime ¿es guapo Endimión? Porque en este caso tu desgracia resulta inexorable.
Selene. -A mí me parece guapísimo, Afrodita, sobre todo cuando extendiendo sobre la piedra la clámide se acuesta sosteniendo en la izquierda los dardos que se le escapan de la mano, en tanto que su diestra ligeramente arqueada en torno a la cabeza, se adapta al rostro; él entonces desmadejado por el sueño, exhala un aliento de ambrosía. Yo entonces bajo sin hacer ruido, caminando de puntillas para no despertarle y que se asuste. Ya sabes, pero... ¿a qué contarte lo que viene después? En una palabra; que me muero de amor.
Hécate. Estatua conservada en Basel, Sammlung Ludwig © Sammlung Ludwig, Basel

Servio, Comentarios a Eneida IV 511
(Traducción Grupo Tempe)
Algunos llaman Lucina, Diana, Hécate a la misma por una razón, porque asignan a una sola diosa tres facultades, la de nacer, la de tener salud, la de morir: e incluso dicen que Lucina es la diosa de nacer, Diana la de tener salud, Hécate la de morir; por esta triple potestad la representan triforme y triple, por eso ponen en las encrucijadas templos suyos.
Afrodita, Ártemis y Apolo. Relieve del Tesoro de los Sifnios en Delfos. Ca. 525 a.C.
Catulo,
Poesía 34, 1-16
(Traducción Grupo Tempe)
Estamos bajo la protección de Diana, jóvenes y doncellas vírgenes: cantemos a Diana, jóvenes y doncellas vírgenes. Hija de Latona, poderosa descendencia del omnipotente Júpiter, a quien tu madre alumbró cerca del olivo Delio, para que fueras la señora de los montes, de los bosques verdeantes, de los recónditos sotos y de los ritos sonoros: A ti te invocan como Juno Lucina las mujeres en los dolores del parto, a ti te invocan como Trivia poderosa y como Luna de luz prestada.
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Isla de Delos, antiguamente llamada Asteria

Calímaco, Himno IV a Delos, 55 ss. (Traducción Jordi Redondo)
Ni siquiera temblaste ante la inquina de Hera: ésta bramaba de una forma horrible contra todas aquellas que en el lecho alumbraban a sus hijos para gloria de Zeus, pero sobremanera a Leto, porque ella estaba presta, única entre las diosas, a dar a luz un hijo más caro a Zeus que a Ares. Por esta razón, pues, ella en persona estaba alerta desde lo más profundo de la bóveda celeste... La rehuía Arcadia, la rehuía el Partenio, la montaña sagrada de Auge...

(v. 198 ss.) ...entonces Asteria... te consumiste porque en terrible fuego ardías al tener a la vista a aquella desgraciada, oprimida como estaba por el dolor del parto: “Cuanto te plazca, Hera, házmelo; pues no tengo cuidado de vuestras amenazas; cara a mí, Leto, cara a mí”...
(Leto) se soltó el ceñidor y recostóse hacia atrás, sobre el hombro, contra el tronco de una palmera... un húmedo sudor corría por su cuerpo; dijo al fin, exasperada: “¿Por qué razón afliges, hijo mío, a tu madre? Esta es, hijo querido, date cuenta, la isla que sobre el mar navega: nace, hijo mío, nace, y suave sal por fin de mi regazo”...
Apolo con la lira.
Crátera
de volutas. Época clásica. The J Paul Getty Museum, Malibu,
California.

(v. 249 ss.) Y entonces, los cisnes servidores del dios que entona el canto describieron un círculo, tras de dejar atrás el Pactolo meonio, hasta por siete veces en derredor de Delos, y con sus melodías el nacimiento embelesaron las aves de las Musas, aves las más canoras de las que el aire surcan; de ahí que el niño atara a la lira, más tarde, tantas cuerdas cual veces cantaron los cisnes durante los dolores de parto de su madre. Ya no cantaron una octava vez, pues él surgió a la luz.
Vista general del Santuario de Apolo en Delfos. © Hellenic Ministry of Culture

Diodoro Sículo, Biblioteca Histórica XIV, 26 (Traducción Grupo Tempe)
Se dice que en época antigua unas cabras encontraron el lugar profético. Se cuenta que hay una sima en ese lugar en donde ahora está el lugar llamado prohibido (ádyton) del santuario, y que mientras pacían las cabras alrededor de él porque áun los delfios no se habían asentado allí, la que en cada momento se acercaba a la sima y se asomaba a su interior daba unos saltos maravillosos y emitía un sonido distinto del que antes solía proferir. Y el que estaba a cargo de las cabras se maravilló del extraño fenómeno y acercándose a la sima y mirando hacia abajo para ver cómo era le sucedió lo mismo que a las cabras; pues aquéllas hacían cosas parecidas a los que están poseídos por la divinidad, y también ése predecía lo que iba a suceder. Después de eso, cuando se difundió entre los lugareños el rumor sobre lo que sucedía a los que se acercaban a la sima, eran más los que se acercaban al lugar, y como todos hacían una prueba, a causa de sus efectos maravillosos quedaban poseídos por la divinidad los que en cada ocasión se acercaban. Por estas razones el oráculo se convirtió en un espectáculo maravillosos y empezó a ser considerado como el santuario donde profetiza la Tierra. Y durante un tiempo los que deseaban recibir el oráculo se acercaban a la sima y unos a otros se daban las respuestas proféticas. Pero después de eso, como muchos saltaban dentro de la sima porque estaban poseídos y todos desaparecían, los habitantes del lugar decidieron, para que nadie corriera peligro, nombrar a una mujer como profetisa única para todos y que los oráculos se recibieran a través de ella.
Apolo sentado con la lira en la mano, mientras celebra una libación. Kylix, Ca. 470 a.C. Museo Arqueológico de Delfos

Jámblico, Sobre los misterios III, 11
(Traducción Grupo Tempe)
La profetisa de Delfos tanto si es gracia a un soplo sutil e ígneo exhalado de alguna fisura de la gruta por lo que vaticina a los hombres, como si profetiza porque se sienta en el lugar llamado “prohibido” (ádyton) sobre el taburete de bronce que tiene tres patas, en todo caso se entrega así al soplo divino y se deja iluminar por el rayo del fuego divino. Y cuando el fuego exhalado de la gruta, denso y abundante, la rodea por todas partes en círculo, se llena de su claridad divina; y cuando se instala en la sede del dios se acopla a la capacidad mántica estable del dios: gracias a estos dos preparativos es entera del dios. Entonces se presenta ante ella separadamente el dios y la ilumina, siendo distintos del fuego, del soplo, de la sede particular y de todos los preparativos tanto naturales como sagrados que se manifiestan en el lugar.
Sibila Délfica. Miguel Ángel. Capilla Sixtina. Roma

Plutarco, Sobre los oráculos de la pitia 396 F- 397 A
(Traducción Grupo Tempe)
Pronto seguramente censuraremos a la pitia porque no emite sonidos más armoniosos que Glauca, la citarista, porque no desciende al lugar de los oráculos ungida con bálsamos ni revestida con mantos de púrpura, y porque no quema canela, láudano ni incienso, sino laurel y harina de cebada.
Ónfalos. Delfos.

Eurípides, Ión 457ss.
(Traducción Grupo Tempe)
"¡Oh bienaventurada Nike, ven a la morada pítica, volando, desde los dorados tálamos del Olimpo, a estas calle donde el hogar de Febo, en el ombligo que es el centro de la tierra, junto al trípode celebrado con coros, emite oráculos infalibles."
Pausanias, Descripción de Grecia X, 24, 6
(trad. Mª C. Herrero Ingelmo, Madrid, Gredos, 1994)
Saliendo del templo [de Apolo en Delfos] y girando a la izquierda, hay un recinto, y en él al tumba de Neoptólemo, hijo de Aquiles. A él le hacen sacrificios los delfios cada año. Subiendo desde el sepulcro, hay una piedra pequeña. Diariamente derraman sobre ella aceite de oliva y, en cada fiesta, lana sin trabajar. Hay respecto a ella la creencia de que le fue entregada a Crono la piedra en lugar del niño y que Crono la vomitó.
Apolo sentado sobre el trípode amenaza con sus flechas a Piton, lecito, ca. 470 a.C.

Higino, Fábulas 140 (Traducción Grupo Tempe)
Pitón era una
enorme serpiente, hija de la Tierra. Antes de Apolo, ella solía dar las
respuestas del oráculo en el monte Parnaso. Su destino era que habría de morir a
consecuencia del parto de Latona. Cuando Pitón se enteró de que estaba
embarazada de Júpiter, comenzó a perseguirla para matarla. El viento Aquilón
tomó a Latona por orden de Júpiter y la llevó hasta Neptuno. Éste la salvó.
Pitón, al no haberla encontrado, volvió al Parnaso.
Cuatro
días después de haber nacido, Apolo vengó los sufrimientos de su madre, pues
llegó al Parnaso y mató a Pitón con sus flechas, por lo que es llamado Pitio.
Echó sus huesos en un trípode que colocó en su templo e instituyó unos juegos
fúnebres que son llamados Píticos.
Apolo y Pitón. Cornelis de Vos, 1636-1638. Museo del Prado, Madrid
Apolo con el laurel. Crátera, ca. 405 a.C. Museo Nacional Arqueológico de Tarento.

Himno homérico III a Apolo 387 ss. (Traducción A. Bernabé)
Fue entonces también cuando en su fuero interno calculó Febo Apolo a qué hombres llevaría allí como oficiantes que celebraran su culto en la rocosa Pito. Mientras le daba vueltas a esta idea vio sobre el vinoso ponto un raudo bajel. En él había muchos y valerosos hombres, cretenses, de la minoica Cnoso, que celebran los ritos en honor del Soberano y anuncian los oráculos de Febo Apolo, el del arma de oro: todo lo que diga vaticinando desde el laurel, al pie de las gargantas del Parnaso.
Ellos, por su negocio y ganancias, navegaban en una negra nave hacia Pilos, la arenosa… Mas les salió al encuentro Febo Apolo.
Fresco de los delfines en el Megarón de la Reina. Palacio de Knossos.

Se lanzó por el mar, asemejando su cuerpo a un delfín, sobre el raudo bajel y quedó tendido en él, prodigio grande y espantoso. A cada uno de ellos, que en su fuero interno pensaba gritar una orden, lo sacudía por todas partes, y zarandeaba las maderas de la nave.
Así que ellos permanecían en la nave en silencio, atemorizados…
No obedecía a gobernalles la nave bien construida… Con el soplo del viento, el Certero Soberano, Apolo, la dirigía con facilidad… Llegaron a la conspicua Crisa, tierra de viñedos, a su puerto. Y la nave surcadora de ponto encalló en las arenas.
Vía sagrada en el Santuario de Delfos. @Hellenic Ministry of Culture

Allí saltó del navío el Certero Soberano, Apolo, asemejándose a un astro en pleno día. Revoloteaban de su cuerpo múltiples centelleos y el resplandor llegaba hasta el cielo. Penetró en el santuario a través de los preciadísimos trípodes. Allí mismo prendió la llama, haciendo brillar sus dardos y a Crisa entera la envolvió en resplandor… Desde allí de nuevo se echó a volar como el pensamiento, semejante a un varón vigoroso y robusto…
..dijo el Certero Apolo:
-Extranjeros, que antes habitabais Cnoso, la bien arbolada, pero que ahora no os veréis ya más de regreso a tan encantadora ciudad, cada uno a sus hermosas moradas y con sus amadas esposas, sino que aquí ocuparéis un espléndido templo, el mío, honrado por numerosos hombres.
Apolo con la cítara junto a un altar. Ánfora ca. 475 a.C. University Museum. University of Pensylvania

Yo soy el hijo de Zeus, Apolo me glorío de ser. A vosotros os traje aquí por cima de la gran hondura de la mar sin albergar malas intenciones, sino que aquí ocuparéis un espléndido templo, el mío, muy honroso para los hombres todos; conoceréis las determinaciones de los inmortales y por la voluntad de éstos seréis por siempre continuamente honrados por el resto de vuestros días…
Así como yo al principio en la mar nebulosa, asemejándome a un delfín, salté sobre el raudo bajel, así invocadme con el nombre de delfinio. Y el propio altar será el “delfeo”, conspicuo por siempre. Tomad comida luego, junto al raudo bajel negro, y ofreced una libación a los dioses bienaventurados que ocupan el Olimpo. Mas cuando hayáis satisfecho el deseo del delicioso alimento, caminad junto a mí y entonad el ié peán hasta que lleguéis al lugar en el que ocuparéis mi espléndido templo.
Apolo se enfrenta a Heracles por la posesión del trípode. Época clásica

Apolodoro, Biblioteca II, 6, 2
(Trad. Grupo Tempe)
Afligido (Hércules) por una terrible enfermedad provocada por el asesinato de Ífito, arribó a Delfos para preguntar sobre la manera de liberarse del mal. Al no darle la Pitia ninguna respuesta, decidió saquear el templo, llevarse el trípode y montar su propio oráculo. Pero Apolo luchó con él y Zeus arrojó un rayo en medio de ambos; separados de esta forma, Hércules obtuvo un vaticinio que afirmaba que conseguiría liberarse de la enfermedad si era vendido, servía como criado durante tres años y pagaba una suma a Éurito (padre de Ífito) como indemnización por su crimen.
Apolo flechador. Crátera ca. 475 a.C. Museo del Louvre.

Homero, Ilíada I, 33-52
(Traducción L. Segalá y Estalella)
El anciano sintió temor y obedeció el mandato. Sin desplegar los labios, fuése por la orilla del estruendoso mar, y en tanto se alejaba, dirigía muchos ruegos al soberano Apolo, hijo de Leto, la de hermosa cabellera:
—¡Oyeme, tú que llevas arco de plata, proteges a Crisa y a la divina Cila, e imperas en Ténedos poderosamente! ¡Oh Esmintio! Si alguna vez adorné tu gracioso templo o quemé en tu honor pingües muslos de toros o de cabras, cúmpleme este voto: ¡Paguen los dánaos mis lágrimas con tus flechas!
Tal fue su plegaria. Oyóla Febo Apolo, e irritado en su corazón, descendió de las cumbres del Olimpo con el arco y el cerrado carcaj en los hombros; las saetas resonaron sobre la espalda del enojado dios, cuando comenzó a moverse. Iba parecido a la noche. Sentóse lejos de las naves, tiró una flecha, y el arco de plata dio un terrible chasquido. Al principio el dios disparaba contra los mulos y los ágiles perros; mas luego dirigió sus mortíferas saetas a los hombres, y continuamente ardían muchas piras de cadáveres.

Calímaco, Himno II a Apolo, 32 ss. (Traducción Jordi Redondo)
Áurea vestimenta es la de Apolo, áureo el broche que la ajusta a sus hombros, como es áurea su lira y su arco lictio y su carcaj; áureas también son sus sandalias: pues Apolo es inmenso en oro y bienes; en Pito lo podrás comprobar. Además, es siempre hermoso, siempre joven también.
Ni
una vez sola a las mejillas gráciles de Febo asomó ni tanto así sombra de vello.
Sus rizos en tierra rocían aromas colmados de esencias. Destilan las hebras de
Apolo no ungüento, sino la panacea misma: en aquella ciudad donde a tierra
cayeran eas gotas, todo se ha vuelto inasequible a la Parca.
Nadie por su destreza hay que abarque lo que Apolo: él ha reunido en sí al arquero y al aedo –a Febo, a no dudarlo, así el arco como el canto se encomiendan–, suyos son profetisas y adivinos; por gracia, en fin, de Febo, han aprendido los médicos la dilación de la muerte.
Apolo de Belvedere. Copia romana del original griego de Leócares, ca. 200 a.C. Pio-Clementine Museum, The Vatican, Vatican City State
Homero, Ilíada XXI, 435-467 (Traducción L. Segalá y Estalella)
Y el soberano Poseidón, que sacude la tierra, dijo entonces a Apolo:
—¡Febo Apolo! ¿Por qué nosotros no luchamos también? No conviene abstenerse, una vez que los demás han dado principio a la pelea. Vergonzoso fuera que volviésemos al Olimpo, a la morada de Zeus erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues eres el menor en edad y no parecería decoroso que comenzara yo, que nací primero y tengo más experiencia. ¡Oh necio, y cuán irreflexivo es tu corazón! Ya no te acuerdas de los muchos males que en torno de Ilión padecimos los dos, solos entre los dioses, cuando enviados por Zeus trabajamos un año entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la promesa de darnos el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cerqué la ciudad de los troyanos con un muro ancho y hermosísimo, para hacerla inexpugnable; y tú, Febo Apolo, pastoreabas los bueyes de tornátiles pies y curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en valles abundoso.
Apolo delante de su templo. Ca. 380 a.C.

Mas cuando las alegres Horas trajeron el término del ajuste, el soberbio Laomedonte se negó a pagarnos el salario y nos despidió con amenazas. A ti te amenazó con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas; aseguraba además que con el bronce nos cortaría a entrambos las orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el ánimo irritado porque no nos dio la paga que había prometido. ¡Y todavía se lo agradeces, favoreciendo a su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y sus castas esposas!
Contestó el soberano flechador Apolo:
—¡Batidor de la tierra! No me tendrías por sensato si combatiera contigo por los
míseros mortales que, semejantes a las hojas, ya se hallan florecientes y
vigorosos comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren.
Abstengámonos, pues, de combatir y peleen ellos entre sí.
Apolo, G. Arton o Pellegrini, 1719

Homero, Ilíada XXII, 1-37 (Traducción L. Segalá y Estalella)
Los teucros, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto, los aqueos se iban acercando a la muralla, protegiendo sus hombros con los escudos. El hado funesto sólo detuvo a Héctor para que se quedara fuera de Ilión, en las puertas Esceas.
Y Febo Apolo dijo al Pelida:
— ¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carrera, siendo tú mortal, a un
dios inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa tu deseo de
alcanzarme. Ya no te cuidas de pelear con los teucros, a quienes pusiste en
fuga; y éstos han entrado en la población, mientras te extraviabas viniendo
aquí. Pero no me matarás, porque el hado no me condenó a morir.
Muy indignado le respondió Aquileo, el de los
pies ligeros:
— ¡Oh Flechador, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste, trayéndome
acá desde la muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra antes de
llegar a Ilión. Me has privado de alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado
con facilidad a los teucros, porque no temías que luego me vengara. Y
ciertamente me vengaría de tí, si mis fuerzas lo permitieran.
Dijo, y muy alentado, se encaminó apresuradamente a la ciudad, como el corcel vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo; tan ligeramente movía Aquileo pies y rodillas.
… Héctor continuaba inmóvil ante las puertas y sentía vehemente deseo de combatir con Aquiles.
Higino, Fábulas 107, 1 (Traducción Grupo Tempe)
Una vez sepultado Héctor, Aquiles vagaba alrededor de las murallas de los troyanos y decía que él solo sometería Troya. Apolo, irritado, tomó la forma de Alejandro Paris y le hirió con una flecha en el talón mortal que, según se dice, tenía, y lo mató.
Muerte de Aquiles, de la serie dedicada a Aquiles por P. P. Rubens
Apolo y Calíope.
Pelike,
ca. 430 a.C. Antikensammlungen,
Munich, Alemania

Tácito, Anales II 54
(Traducción Grupo Tempe)
Tras visitar Ilio, volvió a recorrer Asia y se dirigió a Colofón para consultar el oráculo de Apolo Clario. Allí no es una mujer, como en Delfos, sino un sacerdote traído por regla general de Mileto y perteneciente a determinadas familias quien se limita a oír la categoría y el nombre de quienes hacen la consulta. Entonces, retirándose a una gruta, sacando agua de una fuente misteriosa y sin saber casi nunca nada de literatura ni de poesía, responde en verso a los asuntos que cada uno tiene en su mente. Se contaba que, por medio de rodeos como es la costumbre de los oráculos, había vaticinado a Germánico una muerte inmediata.
Apolo llega montado sobre un cisne para competir con Marsias, a la derecha. Unas musas contemplan la escena. Crátera, ca. 380 a.C. British Museum, Londres

Apolodoro, Biblioteca I, 4, 2
(Traducción M. Rodríguez de Sepúlveda)
Apolo mató también al hijo de Olimpo, Marsias.
Éste encontró la flauta que Atenea había rechazado porque le afeaba el rostro, e
intentó emular a Apolo en el arte musical. Habiendo convenido que el vencedor
dispondría del vencido a su antojo, llegada la prueba, Apolo compitió con la
cítara invertida e invitó a Marsias a hacer lo mismo.

Como no pudo, Apolo fue considerado ganador, por lo que colgó a Marsias de un alto pino y lo hizo perecer desollándolo.
Apolo y Marsias. Grabado.
Casandra. Max Klingler (1857-1920)

Apolodoro, Biblioteca III, 12, 5
(Trad. Grupo Tempe)
Tras él (Paris), Hécuba dio a luz hijas, Creúsa, Laódice, Políxena y Casandra; deseoso Apolo de yacer con ésta, prometió enseñarle la mántica, pero cuando ella hubo aprendido, no se unió a él, por lo que Apolo privó a sus profecías de la capacidad de persuadir.
Sibila de Cumas. Miguel Ángel. Capilla Sixtina. Roma

Ovidio, Metamorfosis XIV 128 ss. (Traducción Grupo Tempe)
(Habla Eneas): "Fundaré para ti un templo, y te ofrendaré los honores del incienso". La adivina se vuelve a él y después de exhalar profundos suspiros, dice: "Ni soy diosa, ni debes tú tributar a una persona humana el honor del sagrado incienso; y para que no yerres por ignorancia, sabe que se me ofreció gozar eternamente del reino de la luz, exento de término, si mi virginidad se hacía accesible al amor de Febo. Pero él, con esa esperanza, y con el anhelo de seducirme con dádivas, me dijo: "Elige lo que tú quieras, doncella de Cumas, gozarás de lo que desees". Yo cogí y le mostré un puñado de polvo; le pedí, insensata, alcanzar tantos cumpleaños como granos tenía el polvo; me olvidé de solicitar que aquellos años fuesen también jóvenes hasta el fin. Pero también eso, una eterna juventud, estaba él dispuesto a concedérmelo si yo hubiera tolerado el amoroso yugo; desdeñé aquel presente de Febo y permanezco doncella; pero ya la edad feliz se dio la vuelta, y ya con pasos temblorosos está llegando la triste vejez; y por mucho tiempo tengo que soportarla. Son ya siete siglos los que han pasado por esta que estás viendo; y aún me queda, por igualar el número del polvo, ver otras trescientas cosechas y otras trescientas vendimias.
Ovidio, Metamorfosis I 452-474, 539-558 (Traducción Grupo Tempe)
El primer amor de Apolo fue Dafne, la hija de Peneo, y no fue producto del ciego azar, sino de la violenta cólera de Cupido: “Aunque tu arco atraviese todo lo demás, el mío te va a atravesar a ti”. Dijo y sacó de su aljaba portadora de flechas dos dardos de diferente efecto; el uno hace huir el amor, el otro lo produce. El que lo produce es de oro, y resplandece su afilada punta; el que lo hace huir es romo y tiene la caña guarnecida de plomo.
Apolo y Dafne. H.D. Johnson

J. W. Waterhouse, 1908

Éste fue el que clavó el dios en la ninfa del Peneo, mientras que con el otro hirió hasta la médula de Apolo después de atravesarle los huesos. En el acto queda el uno enamorado; huye la otra hasta el nombre del amor. Corren veloces el dios y la muchacha, él por la esperanza, ella por el temor. Sin embargo el perseguidor es más rápido, acosa la espalda de la fugitiva. Agotadas sus fuerzas, palideció; vencida por la fatiga de tan acelerada huida, mira las aguas del Peneo y dice: “Socórreme, padre; si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura por la que he gustado en demasía”. Apenas acabó su plegaria cuando un pesado entorpecimiento se apodera de sus miembros; sus suaves formas van siendo envueltas por una delgada corteza, sus cabellos crecen transformándose en hojas, en ramas sus brazos; sus pies un momento antes tan veloces quedan inmovilizados en raíces fijas; una arbórea copa posee el lugar de su cabeza; su esplendente belleza es lo único que de ella queda. Y el dios le habla así: “Está bien, puesto que ya no puedes ser mi esposa, al menos serás mi árbol”.
Apolo y Dafne. Ph. Connard, ca. 1925. Royal Academy of Arts

Pausanias X 5, 5 (Trad. Mª C. Herrero Ingelmo)
"En efecto, dicen que en los tiempos más antiguos el oráculo (de Delfos) pertenecía a Gea y que ella nombró profetisa a Dafnis, que era una de las ninfas del monte".
Pausanias X 5, 9 (Trad. Mª C. Herrero Ingelmo)
"Dicen que el templo más antiguo de Apolo fue hecho de laurel, y que las ramas fueron llevadas del laurel del Tempe. Este templo habría tenido la forma de cabaña. Dicen los delfios que el segundo templo fue hecho por las abejas de la cera de las abejas y de plumas, y que fue enviando a los hiperbóreos por Apolo".
Muerte de Jacinto. G. B. Tiépolo. 1752-1753. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Luciano, Diálogos de los dioses XIV (Traducción Grupo Tempe)
Hermes: ¿Por qué están tan malhumorado, Apolo?
Apolo: Porque tengo mala suerte en mis amores, Hermes.
Hermes: Una cosa así desde luego es motivo de tristeza. Pero ¿en qué consiste tu mala suerte? ¿Estás todavía apenado por Dafne?
Apolo: No; me lamento por mi amado, el laconio hijo de Ébalo.
Hermes: Dime, ¿ha muerto Jacinto?
Apolo: Así es, ciertamente.
Hermes: ¿Quién lo mató, Apolo? ¿Quién fue tan odioso que pudo dar muerte a aquel hermoso muchacho?
Apolo: Lo hice yo con mis propias manos.
Hermes: ¿Acaso enloqueciste?
Muerte de Jacinto. J. Broc, 1801

Apolo: No, sino que ocurrió una desgracia
involuntaria.
Hermes: ¿Cómo ocurrió? Me gustaría oírlo.
Apolo: Él estaba aprendiendo a tirar el disco y yo lo lanzaba con él, cuando Céfiro, el más aborrecible de todos los vientos, que estaba enamorado de él hacía mucho tiempo sin ser correspondido, y no podía soportar sus desprecios, al disparar yo, según costumbre, el disco al aire, él se puso a soplar desde el Taigeto, dirigió el disco y lo hizo caer sobre la cabeza del muchacho, con tanta fuerza que, a consecuencia del golpe, brotó mucha sangre y el muchacho murió en el acto. Yo entonces me vengué de él hiriéndole con mis flechas y le perseguí en su fuga hasta la montaña. Al muchacho he levantado un túmulo en Amiclas, en el mismo lugar en que lo derribó el disco, y he hecho que de su sangre la tierra haga brotar una flor muy hermosa, Hermes, la más delicada de todas, con una inscripción que contiene el lamento funerario del muerto.

Amyklaion. Santuario de Apolo Amicleo en honor de Jacinto en Esparta.

Ateneo, Banquete de los eruditos IV, 17-37 (Traducción Grupo Tempe)
El sacrificio de las Jacintias los laconios lo celebran durante tres día y a causa de la pena que hay por Jacinto ni se coronan en los banquetes ni llevan trigo ni otros pasteles. En medio de estos tres días hay un espectáculo variopinto y una romería notable y muy grande. Pues los niños tocan la cítara y cantan al dios con tono agudo. Toda la ciudad se pone en movimiento. Ninguno falta al sacrificio sino que sucede que la ciudad se vacía para ir al espectáculo.

Servio, Comentario a Eneida III, 64 (Traducción Grupo Tempe)
Teniendo el niño Cipariso gran afecto a un ciervo y siendo él mismo amado por Apolo, mató a su ciervo con la jabalina sin darse cuenta; mientras lo llora y despreciando el consuelo de Apolo se consume de dolor. Para que permaneciera su recuerdo fue transformado en un árbol fúnebre, esto es, en ciprés, que acompaña a los difuntos.
Apolo y Faetonte. G. da San Giovanni, 1635

Ovidio, Metamorfosis II 30 ss. (Traducción E. Leonetti Jungl)
Con los ojos con los que mira todas las cosas, el Sol en persona, desde su lugar en el centro, vio al joven asustado por todas esas cosas nuevas y preguntó: “¿Cuál es la causa de tu venida? ¿Qué has venido a buscar a esta fortaleza, Faetón, hijo de quien un padre nunca renegaría?” Él respondió: “¡Oh luz común al inmenso mundo, padre Febo, si es que me permites emplear esta palabra y Clímene no ha ocultado alguna culpa bajo una mentira: dame una prueba con la que pueda demostrar que soy realmente tu hijo, y borra esta duda de mi corazón!”. Esas fueron sus palabras. Entonces su padre se quitó los rayos que centelleaban alrededor de su cabeza y le ordenó que se acercara, y después de abrazarle le dijo: “Ni tú mereces que yo reniegue de ti, ni Clímene mintió respecto a tu nacimiento. Y para que no queden dudas, pídeme el regalo que desees y yo te lo daré. Pongo por testigo de mi promesa a la laguna por la que juran los dioses, que mis ojos nunca han visto.
Apenas había acabado de hablar cuando Faetón le pidió su carro, y poder guiar y dirigir durante un día los caballos de pies alados. Se arrepintió entonces su padre de haber jurado...
Helios o Faetonte conduce su carro. Crátera ática, época clásica. British Museum, Londres

Eurípides, fragmento Faetón 214s.
(Traducción Grupo Tempe)
“¡Oh Sol de hermosos rayos!, ¡Cómo me has destruido, a mí y a éste! Con razón te llaman Apolo los mortales".
El carro de Apolo. O. Redon, 1805-1914

Ovidio, Metamorfosis II, 381-397
(Trad. Grupo Tempe)
Después de que Zeus ha fulminado a Faetonte
"Entretanto el padre de Faetón, desaliñado y despojado de su esplendor como suele estar cuando se eclipsa para el mundo, ofia la luz, se odia a sí mismo y al día, entrega su espíritu al duelo, y al duelo añade la cólera y niega al mundo sus servicios. "Bastante afanosa", dice, "ha sido mi suerte desde el principio de los tiempos, y harto estoy de mis fatigas sin término y sin recompensa. ¡Que otro cualquiera conduzca el carro portador de la luz! Si no hay nadie que lo haga y todos los dioses confiesan que son incapaces, que lo conduzca él (Júpiter), para que, al menos mientras prueba mis riendas, abandone alguna vez los rayos que dejan a los padres sin hijos. Entonces se enterará, cuando haya experimentado las fuerzas de los caballos que llevan el fuego, de que no merece la muerte quien no sepa gobernarlos". Mientras tales cosas dice el Sol, le rodean todas las divinidades y le piden con palabras suplicantes que no vaya a cubrir de tinieblas el mundo; el mismo Júpiter se excusa de haber lanzado el rayo y a sus súplicas añade amenazas propias de un soberano.

Apolonio Rodio, Argonáuticas III, 595ss. (Trad. M. Valverde Sánchez)
"La nave (Argo) se apresuró lejos hacia delante con las velas, y penetraron muy adentro en el curso del Erídano, donde una vez, golpeado en su pecho por un ardiente rayo, Faetonte cayó medio abrasado del carro de Helios en las aguas de una laguna muy profunda; la cual todavía ahora exhala un pesado vapor de su herida quemada, y ningún ave, tendiendo sus alas ligeras, puede cruzar por encima de aquel agua, sino que en medio de su vuelo se precipita a la llama.
Cl. Lorrain,
Harbour Scene with Grieving Heliades, c. 1640.Wallraf-Richartz
Museum, Colonia

En derredor las
jóvenes Helíades, batidas por el viento en sus elevados álamos, gimen las
desdichadas con un triste llanto; y de sus párpados vierten al suelo brillantes
gotas de ámbar, que con el sol se secan sobre las arenas y, cuando las aguas de
la sombría laguna bañan las orillas bajo el soplo del rumoroso viento, entonces
todas en masa ruedan hacia el Erídano con la undosa corriente.
Los
celtas forjaron la leyenda de que son de Apolo el Letoida esas lágrimas
arrastradas en los remolinos, las que antaño derramara incontables cuando
llegaba al sagrado pueblo de los hiperbóreos, tras dejar el radiante cielo por
la amenaza de su padre, e irritado a causa de su hijo, al que la divina Corónide
alumbrara en la espléndida lacería junto a las corrientes del Ámiro. Y así se
cuenta esto entre aquellas gentes.
Apolo y los Hiperbóreos
Apolo en su trespiés. Hidria, época clásica. Museo Gregoriano Etrusco, Ciudad del Vaticano

Píndaro, Píticas X, 29ss. (Trad. E. Suárez de la Torre)
..."mas ni con naves ni a pie podrías encontrar el maravilloso camino que lleva hasta el lugar de reunión de los Hiperbóreos. Convidado fue de ellos una vez Perseo, conductor de pueblos, cuando en su morada penetró tras encontrarlos sacrificando gloriosas hecatombes de asnos al dios. Por sus festejos y cultos extraordinario gozo siente Apolo sin cesar y ríe al ver la insolencia sonora de las bestias. La Musa no está ausente de sus costumbres: por doquier giran los coros de las mozas, las voces de las liras y el estruendo de las flautas. Con áureo laurel se atan sus cabellos y participan en el festín alegremente. Ni las enfermedades ni la vejez maldita afectan a esta raza sagrada; viven sin fatigas ni luchas, fuera del alcance de la intransigente Némesis."
Apolo. Fresco romano, época imperial romana. Museo Palatino, Roma

Baquílides, Epinicios 3, 59ss. (Trad. F. García Romero)
"Entonces Apolo, el nacido en Delfos, llevándose al anciano al país de los Hiperbóreos, lo estableció allí con sus hijas de finos tobillos, por causa de su piedad, porque los mayores dones de entre los mortales a la muy divina Pito había enviado."
La Historia de Arión
Plutarco,
Banquete de los siete sabios 160F y ss.
(Trad. C. Morales Otal - J. García López)
Antes de poder adivinar lo que se acercaba por su rapidez, se vieron unos delfines, unos agrupados, dando vueltas en derredor, otros iban delante en dirección a la parte más abordable de la playa y otros detrás como si fueran su escolta. Y en medio se levantaba sobre el mar una masa incierta y confusa de un cuerpo que era llevado por los delfines, hasta que ellos, reuniéndose en un mismo sitio y poniéndose juntos en la playa, colocaron sobre la tierra a un hombre que respiraba y se movía, mientras, regresando de nuevo hacia el promontorio, saltaban más alto que antes, jugando y brincando, al parecer de alegría. "Muchos -continuó Gorgo-, asustados, huyeron de la playa, pero unos pocos, entre los que estaban yo, armándonos de valor, nos acercamos y reconocimos a Arión, el citaredo; él mismo pronunció su nombre y lo reconocidmos fácilmente por el vestidoo, pues casualmente llevaba el atuendo ceremonial, que él usaba cuando cantaba, acompañándose con la cítara.
Arion. G. Moreau, 1891, Museo del Petit Palais, Francia

Así pues, después de llevarlo a una tienda, como no le pasaba nada, sino que a causa de la velocidad y del ruido estrepitoso del viaje parecái débil y cansado, e