El Final de Troya

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1. Aquiles y Pentesilea

 

Aquiles y Pentesilea

 

 

 

Apolodoro, Epítome 5, 1-2 (trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

 Pentesilea, hija de Otrere y Ares que había dado muerte involuntariamente a Hipólita, fue purificada por Príamo. Mató a muchos en combate, entre ellos a Macaón, pero más tarde murió a manos de Aquiles; éste, enamorado de la amazona después de muerta, mató a Tersites por haberse burlado de él.

La madre de Hipólito fue Hipólita, llamada también Glauce y Melanipe. Cuando se celebraban las bodas de Fedra se presentó armada y amenazó con matar a los convidados de Teseo, pero fue muerta en la pelea, ya involuntariamente por su aliada Pentesilea, ya por Teseo o por quienes lo rodeaban, que al ver la actitud de las amazonas cerraron rápidamente las puertas y apresándola la mataron.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquiles y Pentesilea. Detalle

Diodoro II, 46, 5 (trad. F. Parreu Alasà, Madrid, Gredos, 2001)

Tras la campaña de Heracles, pocos años después, durante la guerra troyana, afirman que Pentesilea, la reina de las Amazonas supervivientes, que era hija de Ares, después de haber cometido un asesinato familiar, huyó de su patria por el crimen. Aliada con los troyanos después de la muerte de Héctor, eliminó a muchos griegos y, después de distinguirse en el combate, perdió heroicamente la vida, eliminada por Aquiles. Dicen, pues, que ésa fue la última de las Amazonas que destacó con valentía; en adelante, el pueblo fue disminuyendo y se debilitó totalmente; por tanto, en las épocas más recientes, cuando algunos tratan de su valentía, lo contado sobre las Amazonas en la antigüedad se considera mitos inventados.

 

 

Aquiles y Pentesilea

 

Etiópida, Resumen de Proclo (trad. A. Bernabé, Fragmentos de épica griega arcaica, Madrid, Gredos, 1979, p. 141 s.)

La amazona Pentesilea, hija de Ares, tracia de origen, llega junto a los troyanos, dispuesta a combatir como aliada de ellos. Cuando destacaba en la batalla, la mata Aquiles y los troyanos la sepultan.

Aquiles mata a Tersites, al ser objeto de las injurias de éste y por haberle echado en cara su supuesto amor por Pentesilea. Después de eso surge una disputa entre los aqueos a propósito de la muerte de Tersites.

Después de eso, Aquiles se embarca en dirección a Lesbos y tras haber celebrado un sacrificio en honor de Apolo, Ártemis y Leto, es purificado del crimen por Ulises.

Memnón...

Luego entierran a Antíloco y exponen el cadáver de Aquiles.

Tetis, llegada con las Musas y sus hermanas, entona el planto por su hijo. Después de eso, Tetis, tras arrebatar a su hijo de la pira, se lo lleva a la isla Leuca (“Blanca”).

Los aqueos levantan un túmulo e instituyen juegos. A propósito de las armas de Aquiles sobreviene una disputa entre Ulises y Áyax.

 

 

 

 

 

 

 

2. Aquiles y Memnón

 

Aquiles y Memnón

 

Apolodoro, Epítome 5, 3-4 (trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

Memnón, hijo de Titono y Eos, que había llegado a Troya con una gran fuerza de etíopes contra los helenos, mató a muchos y también a Antíloco, pero a él le dio muerte Aquiles. Éste, cuando perseguía a los troyanos, fue herido en el talón con una flecha por Alejandro y Apolo junto a las puertas Esceas. Entablado combate por su cadáver, Áyax mató a Glauco, entregó las armas para que las llevasen a las naves y, aunque, hostigado por las flechas, cogió el cuerpo y lo transportó a través de los enemigos, mientras Odiseo rechazaba a los atacantes.

 

 

 

 

Eos se lleva el cadáver de su hijo Memnón


Etiópida, Resumen de Proclo (trad. A. Bernabé, Fragmentos de épica griega arcaica, Madrid, Gredos, 1979, p. 141 s.)

Memnón, hijo de la Aurora, provisto de panoplia forjada por Hefesto, llega junto a los troyanos, dispuesto a ayudarlos. Tetis le predice a su hijo lo que se refiere a Memnón.

Al producirse un choque, Antíloco muere a manos de Memnón. Luego, Aquiles mata a Memnón. La Aurora le concede la inmortalidad, tras habérselo suplicado a Zeus.

 

 

 

 

Colosos de Memnón en Egipto

 

 

3. Muerte de Aquiles

 

Aquiles y su tendón

Homero, Ilíada XIX, 408 ss.
((Traducción de Luis Segalá y Estalella)

(Janto, el caballo de Aquiles, se dirige a su amo)

—Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquileo; pero está cercano el día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y el hado cruel.

Homero, Ilíada XXI, 273 ss.
((Traducción de Luis Segalá y Estalella)

(Habla Aquiles)

—¡Padre Zeus! ¿Cómo no viene ningún dios a salvarme a mí, miserando, de la persecución del río; y luego sufriré cuanto sea preciso. Ninguna de las deidades del cielo tiene tanta culpa como mi madre que me halagó con falsas predicciones: dijo que me matarían al pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas de Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto Héctor, que es aquí el más bravo! Entonces un valiente hubiera muerto y despojado a otro valiente. Mas ahora quiere el destino que yo perezca de miserable muerte, cercado por un gran río; como el niño porquerizo a quien arrastran las aguas invernales del torrente que intentaba atravesar.


G. Hamilton, "Muerte de Aquiles":

 

 

Homero, Ilíada XXII, 355 ss.
((Traducción de Luis Segalá y Estalella)

Contestó [a Aquiles], ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco:
— ¡Bien te conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho un corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que Paris y Febo Apolo te harán perecer, no obstante tu valor, en las puertas Esceas.

 

 

 

 

Rubens, "Muerte de Aquiles": Paris dispara guiado por Apolo

Filóstrato, Heroico 51 (trad. F. Mestre, Madrid, Gredos 1996)

 La muerte de Aquiles se produjo tal como da a entender Homero, pues cuando dice que va a morir a manos de Paris y de Apolo, es porque sabía lo que había pasado en el templo de Apolo Timbreo y cómo, mientras hacía sacrificios y juramentos teniendo a Apolo por testigo, cayó muerto a traición. En cuanto al sacrificio de Políxema sobre el túmulo de Aquiles y el amor que hubo entre ambos, del que suelen hablar los poetas, esto es lo que hay: Aquiles amaba a Políxena y obtuvo permiso para realizar la boda, a condición de que persuadiera a los aqueos de levantar el sitio de Troya; Políxena también amaba a Aquiles. Se habían visto uno al otro cuando el rescate de Héctor, pues Príamo fue a casa de Aquiles e hizo que su hija, la más joven de las que le había dado Hécuba, lo condujera de la mano –porque eran siempre los hijos más jóvenes los que acompañaban los pasos de los padres–. Ciertamente, Aquiles era tan respetuoso con la justicia que, a pesar de estar muy enamorado, no intentó raptar a la muchacha cuando se encontraba en su casa, sino que se puso de acuerdo con Príamo para poder casarse con ella, depositando en él su confianza aun cuando Príamo quería aplazar la boda.

Así que, al morir sin armas en el transcurso de aquellos juramentos, se dice que, aunque las troyanas huyeron del santuario y los troyanos se dispersaron –no habían podido aguantar la caída de Aquiles sin sentir miedo–, Políxena desertó y huyó al campo de los griegos; la llevaron a casa de Agamenón donde vivió con mucha dignidad y prudencia, como una hija en casa de su padre; pero cuando ya hacía tres días que yacía Aquiles, se fue corriendo, de noche, a su túmulo y se dejó caer sobre su espada, profiriendo lamentos por su boda frustrada, y rogando a Aquiles que siguiera amándola y que la llevara para no traicionar su promesa de matrimonio.

 

 

Tetis y Nereidas lloran a Aquiles. Museo del Louvre

 

J. H. Schönfeld, "Alejandro visita la tumba de Aquiles", ca. 1630

Apolodoro, Epítome 5, 5-7 (trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

 La muerte de Aquiles llenó de consternación al ejército. Lo enterraron con Patroclo en la isla Leuca, mezclando los huesos de ambos.

Se dice que después de muerto Aquiles, habitó con Medea en las islas de los Bienaventurados. En los juegos celebrados en su honor Eumelo venció en la carrera de carros, Diomedes en la pedestre, Áyax con el disco y Teucro con el arco. Las armas de Aquiles se ofrecieron como premio al más valiente, y por ellas rivalizaron Áyax y Odiseo. Los jueces fueron los troyanos, o según algunos los aliados. Fue elegido Odiseo, y Áyax, perturbado por el despecho, planeó un ataque al ejército durante la noche; pero Atenea lo enloqueció y lo dirigió, armado con una espada, contra los rebaños. Furioso, mató reses y pastores, creyéndolos aqueos; más tarde, al recobrar la razón, se suicidó. Agamenón prohibió incinerarlo y así es el único de cuantos murieron en Ilión que yace en un sarcófago; su tumba está en Reteo.

 

 

4. Muerte de Ayante

 

Ayante carga a sus hombros el cadáver de Aquiles

Filóstrato, Heroico 18 (trad. F. Mestre, Madrid, Gredos 1996)

...Todo el ganado que se pierde, es por culpa de Áyax, por aquella leyenda de que enloqueció y la emprendió con los rebaños; dicen que los descuartizó, creyendo que asesinaba a aqueos, concluida ya la contienda. Ya nadie lleva sus rebaños a pastar cerca de su túmulo, por miedo a que la hierba crezca infectada y sea venenosa para los animales.

También se suele contar que, una vez, los pastores troyanos se portaron insolentemente con Áyax porque sus reses estaban enfermas; se pusieron alrededor de su túmulo y llamaban al héroe “enemigo de Héctor”, “enemigo de Troya y de sus greyes”; el uno aseguraba que había estado loco, el otro que aún lo estaba y el más desvergonzado de los pastores exclamaba: “Áyax ya no resistió...”, interrumpiendo aquí el verso, como si se tratara de un cobarde. Pero Áyax, profiriendo un grito terrorífico desde su tumba, “¡todavía resisto!”, exclamó. Entonces, dicen, hacía ruido con las armas, como solía hacerlo en las batallas. No debe extrañarnos lo que les pasó, después de esta experiencia, a aquellos infelices; aunque troyanos, no eran más que pastores y estaban aterrados por si Áyax los atacaba. Unos se cayeron al suelo, otros temblaban sin parar, otros corrieron huyendo hacia donde estaban los rebaños. A pesar de todo, Áyax es digno de admiración: pues no mató a ninguno, sino que soportó las ofensas que le hicieron, y se contentó con mostrarles que los había oído. En cambio, Héctor... el año pasado le violentó un muchacho, un jovencito, al parecer, con poca cultura; se abalanzó sobre él y lo mató en medio del camino, encargándole el trabajo a un río.

 

Exequias, "Ayante prepara la espada para su suicidio".

Sófocles, Áyax 815 ss. (trad. A. Alamillo, Madrid, Gredos, 2000)

Áyax. –La que me ha de matar está clavada por donde más cortante podrá ser, si alguno tiene, incluso, la calma de calcularlo. Es un regalo de Héctor, el que me es más aborrecible de mis huéspedes, y el más odioso a mi vista. Está hundida en tierra enemiga, en la Tróade, recién afilada con la piedra que roe el hierro. Yo la he fijado con buen cuidado, de modo que, muy complaciente para este hombre, cuanto antes le haga morir. Y así bien equipados vamos a estar.

Después de estos preparativos, tú el primero, ¡oh Zeus!, como es justo, socórreme. No te pido alcanzar un gran privilegio: que envíes un mensajero que lleve la noticia fatal a Teucro, a fin de que él, el primero, me levante, cuando haya caído en esta espada, con la sangre aún reciente, y no suceda que, reconocido antes por alguno de mis enemigos, me dejen expuesto, presa y botín de perros y aves de rapiña. Esto es lo que te suplico, oh Zeus, y a la vez invoco a Hermes, el que conduce al mundo subterráneo, que bien me haga dormir, después que, sin convulsiones y en rápido salto, me haya traspasado el costado con esta espada.

Invoco también en mi ayuda a las siempre vírgenes, que sin cesar contemplan los sufrimientos de los mortales, a las augustas Erinis, de largos pasos, para que sepan cómo yo perezco, desdichado, por culpa de los Atridas. ¡Ojalá los arrebaten a ellos, malvados, del peor modo, destruidos por completo, igual que ven que yo caigo muerto por mi propia mano! ¡Así perezcan aniquilados por sus más queridos familiares! Venid, rápidas y vengadoras Erinis, hartaros, no tengáis clemencia con ninguno del ejército.

Y tú también, oh Sol, que el inaccesible cielo recorres en tu carro, cuando veas mi tierra patria, sujeta la rienda dorada y anuncia mi desgracia y mi destino a mi anciano padre y a mi desgraciada madre. De seguro que la infeliz, cuando oiga esta noticia, un gran gemido lanzará por toda la ciudad. Pero no es provechoso lamentarse en vano de estas cosas, sino que hay que poner manos a la obra cuanto antes.

Ayante se arroja sobre la espada

¡Oh Muerte, muerte!, ven ahora a visitarme. Pero a ti también allí te hablaré cuando viva contigo, en cambio a ti, oh resplandor actual del brillante día, y a ti,el auriga Sol, os saludo por última vez y nunca más lo haré de nuevo. ¡Oh luz, oh suelo sagrado de mi tierra de Salamina!, ¡oh fuentes y ríos de aquí, llanura troyana!, a vosotros os hablo y os digo adiós, ¡oh vosotros que habéis sido alimento para mí! Esta palabra es la última que os dirijo, las demás se las diré a los de abajo en el Hades.

 

Ib. 897 ss.

Tecmesa. –Áyax yace aquí, se nos acaba de sacrificar atravesado por la espada que está oculta.

Coro. –¡Ay de mi regreso! ¡Ay, has matado a la vez, oh señor, a este compañero de travesía, oh desgraciado de mí! ¡Oh desdichada mujer!...

 

Tecmesa cubre el cadáver de Ayante, su esposo.

Tecmesa. –No está para ser visto. Yo lo cubriré con este manto que le abarca por completo, ya que nadie, ni siquiera un amigo, podría soportar verle expulsando negra sangre por las narices y de su mortal herida por su propio suicidio. ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿Quién de tus amigos te levantará? ¿Dónde está Teucro? ¡Qué a punto vendría, si llegara, para ayudarme a enterrar a su hermano! Aquí yaces muerto, ¡oh infortunado, Áyax!, siendo cual ere, ¡En qué estado te encuentras, que te hace merecedor de alcanzar lamentos, incluso, de tus enemigos!...

Palas, la terrible diosa hija de Zeus, ha causado, sin embargo, tal dolor para agrado de Odiseo.

Coro. –Sin duda que el muy osado varón se ensoberbece en su sombrío corazón y ríe por estos frenéticos males con estentórea carcajada, ¡ay, ay! y juntamente los dos soberanos Atridas al escucharlo.

Tecmesa. –Pues bien, ¡que ellos se rían y se regocijen con las desgracias de éste! Que, tal vez, aunque no le echaban de menos mientras vivía, le lamenten muerto por la necesidad de su lanza. Los torpes no conocen lo valioso, aun teniéndolo en sus manos, hasta que se lo arrebatan... A los dioses concierne su muerte, no a aquéllos, no... Áyax no existe ya para ellos, se ha ido dejándome penas y lamentos.

 

 

 

5. El destino de Filoctetes

 

Sófocles, Filoctetes 261 ss.

Yo soy aquel de quien tal vez has oído decir que es dueño de las armas de Heracles, Filoctetes, el hijo de Peante, al que los caudillos y el rey de los cefalonios [Odiseo] abandonaron vergonzosamente, indefenso, cuando me consumía por cruel enfermedad, atacado por sangrienta mordedura de una víbora matadora de hombres. En compañía de mi mal, hijo, aquellos me dejaron aquí solo y se marcharon una vez que atracaron aquí con la flota naval procedentes de la marina Crisa.

Entonces, tan pronto como vieron que yo estaba durmiendo después de la fuerte marejada, junto a la orilla, en una abovedada gruta, contentos me abandonaron y se fueron tras dejarme, como para un mendigo, unos pocos andrajos y también algo de alimento. ¡Mínima ayuda que ojalá obtengan ellos!

Filoctetes en la isla de Lemnos

v. 1018 ss.

Y ahora, respecto a mí, desgraciado, tienes intención de sacarme atado de este promontorio en donde tú me arrojaste antes, sin amigos, abandonado, sin patria, como un muerto entre vivos. ¡Ah! ¡Ojalá perezcas! En muchas ocasiones he pedido esto para ti, pero los dioses nada agradable me conceden, y, mientras tú disfrutas de vivir, yo me atormento por eso mismo, porque vivo entre abundantes desgracias, miserable, siendo objeto de burla por parte tuya y de los dos jefes hijos de Atreo, de quienes ahora tú estás cumpliendo órdenes...

Y ahora, ¿por qué me conducís? ¿Por qué me lleváis? ¿Con qué objeto? A mí, que nada soy y estoy muerto para vosotros desde hace tiempo. ¿Cómo es, oh ser aborrecido por los dioses, que ahora ya no me consideráis un cojo pestilente? ¿Cómo podréis quemar ofrendas a los dioses si yo voy en la travesía? ¿Cómo hacer libaciones? Pues éste era para ti el pretexto para arrojarme. ¡Así pereciérais infamemente! Y pereceréis por haber sido injustos conmigo, si es que a los dioses les preocupa la justicia. Y sé que les preocupa, en efecto, ya que en otro caso nunca hubiérais hecho esta expedición por causa mía, desdichado, a no ser que un aguijón de origen divino os hubiera guiado en mi busca.

Pero, ¡oh tierra paterna y dioses que todo veis!, castigadlos, castigadlos, aunque tarde, a todos ellos, si sentís alguna compasión por mí. Porque vivo lastimosamente, pero, si pudiera verlos muertos, me parecería que me habría liberado de mi dolencia.

 

 

Apolodoro, Epítome 5, 8 (trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

En el décimo año de la guerra los helenos estaban desanimados y Calcante les advirtió que Troya no podría ser tomada sin el concurso de las armas de Heracles. Al oír esto Odiseo se dirigió con Diomedes a Lemnos, ante Filoctetes, y después de adueñarse del arco y las flechas mediante engaños, lo convenció para que navegase a Troya. Filoctetes llegó y, una vez curado por Podalirio, flechó a Alejandro.

 

 

6. Las profecías de Héleno.

 

Reconstrucción de la Toma de Troya según Polignoto

 

Odiseo entrega las armas a Neoptólemo o Pirro, hijo de Aquiles

Apolodoro, Epítome 5, 9-10 (trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

Al morir éste (Alejandro), Héleno y Deífobo disputaron por casarse con Helena. Como fuese preferido Deífobo, Héleno abandonó Troya y se marchó a vivir al Ida. Cuando Calcante dijo que Héleno conocía los oráculos que protegían a la ciudad, Odiseo, mediante una emboscada, lo hizo prisionero y lo condujo al campamento.

Héleno fue obligado a decir cómo se podría tomar Ilión: primero si traían los huesos de Pélope, segundo si Neoptólemo luchaba a su lado, y tercero si el Paladio caído del cielo era robado, pues mientras estuviera dentro la ciudad sería inexpugnable.

 

Apolodoro, Epítome 5, 11-12 (trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

Cuando los helenos oyeron esto, hicieron traer los huesos de Pélope y enviaron a Odiseo y Fénix ante Licomedes en Esciros para persuadirlo de que dejase ir a Neoptólemo. Éste llegó al campamento, tomó las armas de su padre, cedidas voluntariamente por Odiseo, y mató a muchos troyano. Más tarde llegó como aliado de los troyanos Euripilo, hijo de Télefo, con gran contingente de misios; y después de realizar actos heroicos pereció a manos de Neoptólemo.

 

 

 

Diomedes y Odiseo roban el paladio, ca. 350 a.C.

Apolodoro, Epítome 5, 13 (trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)

Odiseo fue de noche hasta la ciudad con Diomedes, dejó a éste esperándolo y mientras él, desfigurado y vestido con ropas humildes, entró inadvertido en la ciudad como mendigo; allí fue reconocido por Helena, y con su ayuda, tras dar muerte a gran número de los que custodiaban el Paladio, lo robó y con Diomedes lo llevó a las naves.

 

Homero, Odisea IV, 237 ss.
((Traducción de Luis Segalá y Estalella)

(Habla Helena)
 

No podría narrar ni referir todos los trabajos del paciente Odiseo y contaré tan sólo esto, que el fuerte varón ejecutó y sobrellevó en el pueblo troyano donde tantos males padecisteis los aqueos. Infirióse vergonzosas heridas, echóse a la espalda unos viles andrajos, como si fuera un siervo, y se entró por la ciudad de anchas calles donde sus enemigos habitaban. Así, encubriendo su persona, se transfiguró en otro varón, en un mendigo, quien no era tal ciertamente junto a las naves aqueas. Con tal figura penetró en la ciudad de Troya. Todos se dejaron engañar y yo sola le reconocí e interrogue, pero él con sus mañas se me escabullía. Mas cuando lo hube lavado y ungido con aceite, y le entregué un vestido, y le prometí con firme juramento que a Odiseo no se le descubriría a los troyanos hasta que llegara nuevamente a las tiendas y a las veleras naves, entonces me refirió todo lo que tenían proyectado los aqueos. Y después de matar con el bronce de larga punta a buen número de troyanos, volvió a los argivos, llevándose el conocimiento de muchas cosas. Prorrumpieron las troyanas en fuertes sollozos. y a mí el pecho se me llenaba de júbilo porque ya sentía en mi corazón el deseo de volver a mi casa y deploraba el error en que me había puesto Afrodita cuando me condujo allá, lejos de mi patria, y hube de abandonar a mi hija, el tálamo y un marido que a nadie le cede ni en inteligencia ni en gallardía...
 

Odiseo con el Paladio

Eurípides, Hécuba 239 ss.(trad. J. A. López Férez, Madrid, Gredos, 2000)

Hécuba. –¿Recuerdas cuando viniste como espía a Ilión, deforme con andrajos y te goteaban por la barba hilillos de sangre de tus ojos?

Ulises. –Lo recuerdo. Pues me sentí herido en lo hondo del corazón.

Hécuba.